El álbum familiar

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Ese objeto de deseo fascinante y mágico donde se guardan los recuerdos

Desde mi ventana llevo varios días observando como el fin del mundo amenaza con su llegada. Un viento huracanado azota las palmeras de esta región tropical. El cielo es tan gris y los sonidos tan aterradores que parece que, de un momento a otro, un agujero negro se abrirá en el cielo y nos engullirá a todos sin excepción. Una delicada bolsa de plástico es zarandeada y azotada por el fuerte viento, en contraposición a lo que la rodea, intenta mostrarme algo bello bailando frente a mí. Desde que vi el flm American Beauty esa imagen ha quedado retenida en mi memoria y la idea de capturar aquellos momentos aislados de la vida que suelen pasar desapercibidos, pero que son realmente bellos, poder capturarlos y retenerlos en el tiempo y así poder recordar, recordarme, que la vida también es bella.

Si realmente ahora mismo se acabara el mundo, todos los recuerdos de la Humanidad desaparecerían, incluidas las fotografías. Es cierto que en la actualidad ya no se puede decir que una fotografía sea un documento gráfico que te asegure la realidad o la verdad en sí misma, pero en cambio siguen existiendo fotografías de las que aun podemos decir “esto ha sido” y hablar así de un referente real. Son las fotografías que forman parte de los álbumes familiares. La idea del “esto ha sido” se engloba en estas fotografías y en el propio concepto del álbum familiar en el momento en el que alguien te relata la historia que hay detrás de una de ellas, te habla de sus protagonistas y de quiénes eran o qué hacían. Esto me hace recordar uno de esos momentos memorables que vives con tu familia, un día cualquiera en casa de mis abuelos en el que celebramos mi no cumpleaños. Cuando terminamos de comer, mi abuela sacó todos los álbumes de fotos; para mí fue el mejor momento del día, fue un gesto que compartimos todos juntos. Me gustó ver cómo algunas de las fotografías nos transportaban a recuerdos concretos y pude compartir con ellos esos recuerdos de momentos que desconozco.

También me ponía triste al ver cuando mis abuelos eran jóvenes y sentir, de repente, esa aplastante sensación del paso del tiempo. Como los que eran niños, ya olvidaron lo que fue hace mucho tiempo y saber que gran parte de sus momentos memorables ya habían pasado. Un detalle que echo de menos de esas fotografías es el blanco y negro. Cuando observo imágenes familiares actuales no le encuentro el mismo sentido. Los recuerdos de antes parecen estar fabricados de sueños, las imágenes actuales no consiguen transportarme a grandes recuerdos o a recuerdos aparentemente insignificantes en su día, reconvertidos ahora en memorables. Como en la fotografía de mi padre y mi tía, de un día corriente en sus vidas, cuando una fotógrafa con un flash muy grande se entrometió en sus casas para atemorizarlos con sus fuertes destellos en mitad del pasillo. Dos pobres niños, interrumpidos del juego, son colocados para ser congelados en una imagen por una desconocida. Sus caras atemorizadas y tan diferentes a las de ahora, pero en las que siempre podría reconocerlos.

Me sucedió algo parecido al señor Roland Barthes en su libro La cámara lúcida (1980), en el que a través de diversos mecanismos intenta descifrar aquello que es Universal en la Fotografía a través de la selección de algunas grandes imágenes de la Historia para terminar con un referente que las engloba a todas, la primera fotografía de su madre, cuando era niña, en un invernadero, donde es capaz de reconocer su verdadera esencia, su alma. De ese particular análisis de la fotografía familiar se pueden deducir todos esos aspectos universales que caracterizan a la Fotografía como objeto en sí mismo; “¿No es acaso la Historia ese tiempo en que no habíamos nacido? Así la vida de alguien, cuya existencia ha precedido en poco a la nuestra, tiene encerrada en su particularidad la tensión misma de la Historia, su participación. La Historia es histérica: sólo se constituye si se la mira, y para mirarla es necesario estar excluido de ella”. Excluida de esos momentos que no me pertenecían, en los que yo no existía es cuando pude comprender la gran fuerza y significación que poseen las fotografías de los álbumes familiares.

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Originalmente el álbum familiar surge a partir de 1854 a raíz de las llamadas carte de visite. Estas fotografías consistían en pequeños retratos que se popularizaron gracias a los avances técnicos de la fotografía y a la posibilidad de hacer copias de las imágenes. De este modo comienza la necesidad de conservar y ordenar estas imágenes y reagruparlas en los álbumes fotográficos privados, era habitual no sólo colocar los retratos de las personas cercanas, sino también aquellos de celebridades o incluso las reproducciones de obras de arte.

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Desde esta fecha hasta nuestros días, se puede decir que tanto la estructura como el propio layout del álbum familiar se han mantenido invariables a excepción de los cambios estéticos debido a la evolución técnica o a los cambios en las poses o situaciones retratadas. Desde sus comienzos las fotografías son colocadas cronológicamente y se sigue manteniendo el hecho de añadir fechas o descripciones. Muchas de estas fotografías familiares también eran utilizadas a modo de postal y se escribían cartas por detrás que, a su vez, eran enviadas a los propios familiares. Muchos ejemplos históricos de estos rasgos comunes los encuentro en las fotografías que veo los domingos en el rastro. Voy allí en busca de pequeños tesoros, a rescatar los recuerdos de familias que no conozco. Casi como si de un trabajo de investigación social o antropológica se tratara, las voy recogiendo a lo largo de los años y las guardo en una caja. Muchas de ellas me dicen quienes eran, donde vivían o donde viajaron. Sin duda las que más me gustan son los retratos acompañados con cartas de amor, escritas por detrás de la fotografía.

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Otro aspecto interesante que se puede deducir de estos recuerdos ajenos es el hecho de la pose. Desde los inicios de la fotografía siempre hubo pose y esta ha perdurado hasta nuestros días. La pose por aparentar ante la cámara, por generar recuerdos supuestamente felices en los que todos sonreímos, la pose de crear un concepto de la familia, de familia feliz. Al fin y al cabo, la creación de los álbumes familiares podría compararse al montaje cinematográfico; se hace una selección de imágenes, de buenos momentos y se van colocando sobre las páginas en blanco, creando así la película de tu propia familia. Lo que vemos son momentos congelados, retenidos, sin un antes y un después. Roland Barthes (1980): “En la Fotografía, la inmovilización del Tiempo sólo se da de un modo excesivo, monstruoso: el Tiempo se queda atascado… No tan sólo la Foto no es jamás, en esencia, un recuerdo, sino que además lo bloquea, se convierte muy pronto en un contrarrecuerdo”

Sin embargo también hay fotografías que guardan secretos, están ahí ocultos, latentes, esperando a ser contados. Hasta que un día salen a la luz y nunca más vuelves a ver esas imágenes de la misma manera. Esos protagonistas, sus gestos, sus miradas…, que ahora te dicen lo que sus bocas se callan y algo en ti te punza por dentro, parecido al concepto del punctum de Roland Barthes desarrollado en su libro La cámara lúcida, (1980): “pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)”.

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Horas más tarde la misma bolsa rota y destrozada, después de haber sufrido una metamorfosis, vuelve a mí, cruzando por delante de mi ventana. Y es que el paso del tiempo no perdona, nos cambia, nos transforma y nos deteriora como a las fotografías. La humedad, la luz del sol, el adhesivo de los álbumes generan ese deterioro en las imágenes lentamente, aunque en la actualidad tenemos un enemigo peor, los discos duros. Estos nuevos sistemas llevan a la muerte directa del recuerdo, de miles de recuerdos que generamos constantemente, debido a lo sencillo que es generarlos, pero qué sentido tiene conservar imágenes de móviles o cámaras digitales, qué sentido tiene conservarlas en un formato que es capaz de morir en un instante, ¿no significa entonces que ya no valoramos nuestros recuerdos? Roland Barthes (1980): “Y si la Fotografía perteneciese a un mundo que fuese todavía algo sensible al mito, no podríamos dejar de exultar ante la riqueza del símbolo: el cuerpo amado es inmortalizado por mediación de un metal precioso, la plata (monumento y lujo); a lo cual habría que añadir la idea de que este metal, como todos los metales de la Alquimia, es viviente”.

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Cuando mi madre era joven, cuando monté en un poni, cuando éramos bebés, en las bodas, las comuniones, en los días de domingo, los días de disfraces, los cambios de peinado, los premios, las celebraciones, la luz del sol al atardecer, un día cualquiera…

            Dedicado a mi familia y, en especial, a mi amigo Andrés, que fue quien me motivó enseñándome su propio álbum familiar.

3 pensamientos en “El álbum familiar

  1. Magnifico apunte, profundo real, efímero, al igual que las fotografías pasará a formar parte de un registro digital, y un html (quizás con un vínculo roto).

    Felicitaciones, (eternas)
    Un abrazo

  2. ¡Estupendo artículo! Hace pensar en muchas cosas. Me ha gustado mucho. ¡Felicidades!

  3. Me he emocionado. Es una reflexión profunda de la fotografía como testimonio de la historia y sobre le sensibilidad que producen los recuerdos inmortalizados. Todo ello expresado con una belleza que entra por todos los sentidos.
    Muchos besos, preciosa

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