Acerca de Honorato J. Ruiz

HONORATO J. RUIZ Mira cine Profesor de Historia y Arte. Escribidor a tiempo parcial sobre educación, cine, arte, teatro… Aprendiz de “bon vivant”. Mirador compulsivo. hono@losojosdemirar.com

Truman

     Truman 1“TRUMAN”, QUIEN TIENE UN AMIGO TIENE UN TESORO

     Truman 2La última película de Cesc Gay, Truman, es una de las mejores cosas que le ha pasado al cine español en los últimos tiempos. Una aproximación naturalista que cuenta el reencuentro de dos amigos en una situación muy delicada en la vida de uno de ellos. Narrada con sobriedad, con una buena banda sonora y con unos intérpretes en estado de gracia, Javier Cámara y Ricardo Darín, Truman es, ante todo, una película que gira en torno a dos ejes fundamentales: cómo afrontar la propia muerte y la Amistad, así, con mayúsculas. Su principal virtud sería cómo teniendo todos los ingredientes para ser una película lacrimógena, evita caer en ello gracias a la naturalidad, el humor y los sutiles matices de sus actores. Conmueve sin trampa ni cartón.

     Nada más verla me puse a recordar otras películas en las que la amistad era la parte esencial del guión, no un simple elemento complementario. Esa clase de films que se solían definir en las reseñas cinematográficas de antaño con la frase: “la historia de una gran amistad”.

     Si bien, la infancia y la adolescencia suelen ser los territorios en los que los amigos lo llenan todo, no es de esa amistad de la que versa la película de Cesc Gay. El cine ha tratado con acierto la incondicional entrega de la primera amistad: Cuenta conmigo (1986) de Rob Reiner, con el viaje iniciático de cuatro muchachos; los tres amigos de Barrio (1998) de Fernando León de Aranoa y sus sueños de huida de la periferia urbana; o Adiós, muchachos (1987) de Louis Malle, autobiográfico film ambientado en un colegio católico en la Francia ocupada de 1944 que narra la amistad entre un muchacho católico y un recién llegado chico judío.

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     En seguida me vienen a la cabeza historias de amistades femeninas, tejidas con mimbres diferentes a las masculinas, más cómplices, quizás, más solidarias en la adversidad cotidiana y más espontáneas en la demostración física del afecto. Magnolias de Acero (1989) de Herbert Ross o Thelma y Lousie (1991) de Ridley Scott serían buenos ejemplos de ello. Llegados a este punto habría que preguntarse aquello de si es posible la verdadera amistad entre un hombre y un mujer. Aunque creo firmemente que sí, resulta difícil encontrar ejemplos cinematográficos exentos de tensión sexual, siempre presente en el cine romántico de Hollywood. En el terreno resbaladizo las relaciones a tres, generalmente de dos chicos y una chica, se han realizado memorables películas que acaban siempre en triángulo amoroso, aunque no necesariamente en tragedia: Jules et Jim (1961) de François TruffautEl Prado (1979) de los Hermanos Taviani o Y tu mamá también (2001) de Alfonso Cuarón.

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     En la amistad entre Julián (Darín) y Tomás (Cámara) tampoco existe ninguna tensión sexual. La reflexión sobre la homosexualidad en el cine, sin duda interesante, se aleja del propósito de estas líneas. Sin embargo, recuerdo perfectamente una película de 1984 Another Country de Marek Kanievska, ambientada en un colegio británico de élite de los años 30, que muestra una verdadera amistad entre un diletante gay interpretado por Rupert Everett y un heterosexual marxista, Colin Firth en sus comienzos.

   Escenas significativas de amistad en el cine existen de muchas clases y de protagonistas muy dispares. Las relaciones de amistad entre un niño y una persona mayor pueden ser el núcleo de películas tan diferentes y entrañables como Cinema Paradiso (1988) de Giuseppe Tornatore con la inolvidable música de Ennio MorriconeUn Mundo Perfecto (1993) de Clint Eastwood o, porqué no, Up (2009), una de las mejores películas de animación de la factoría Pixar. O aquellas amistades forjadas en las condiciones más hostiles, como en la cárcel: la epopeya basada en hechos reales de Papillon (1973) de Schaffner que cuenta la relación entablada entre Henri (Steve Mc Queen) y Louis (Dustin Hoffman) o la no menos conmovedora entre Andrew (Tim Robbins) y Red (Morgan Freeman) en Cadena Perpetua (1994) de Frank Darabont. Entre mis favoritas estaría, sin duda, “Dersu Uzala” (1975) de Akira Kurosawa: la confraternidad entre un oficial del ejército zarista ruso y un cazador mongol en los impresionantes paisajes de la taiga siberiana. ¿Y acaso no es uno de los más desgarradores ejemplos de amistad la de Joe (Jon Voight) y Ratso (de nuevo, Hoffman) en Midnight Cowboy (1969) de John Schlesinger mientras suena la voz de Nilsson en Everybody’s talkin’?

     Truman 6Otras veces las amistades en el cine responden a la frase, “con amigos como éstos, quién necesita enemigos”. Las películas hechas a lo largo de los años por la pareja Jack Lemmon y Walter Matthau demuestran que esa clase de relaciones envenenadas pueden ser una fuente inagotable de humor. Sobre todo cuando se produce la magia de que coincidan unos grandes actores como ellos con un genio como Billy Wilder.

     Grandes películas que están en nuestra memoria poética han tenido como alma la camaradería de dos compañeros de armas, Danny (Sean Connery) y Peachy (Michael Caine) en El Hombre que pudo reinar (1975) de John Huston, o el aprecio más allá de las clases sociales y las circunstancias políticas entre Alfredo (Robert de Niro) y Olmo (Gérard Depardieu) en Novecento (1976) de Bertolucci. El cine nos ha dado sobradas muestras de esa delicada y compleja forma de amor que es la amistad y que poco tiene que ver con la acumulativa virtualidad de las redes sociales.

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     Cesc Gay, Ricardo Darín, Javier Cámara y todo el equipo de Truman, han logrado algo muy difícil: conseguir que la amistad se palpe en la pantalla, se respire, exista en cada plano y sin necesidad de decirla con diálogos impostados.

Blanco y negro, el alma del color

PORTADA-BNBlanco y negro, el alma del color

Si hay una película triunfadora en el 2014, ésta es, sin duda, la polaca “Ida” de Pawel Pawlikowski. Lo ha ganado todo: desde el Félix a la Mejor Película Europea hasta el Óscar a la Mejor Película de habla no inglesa, pasando por el Goya a la Mejor Película Europea, además de decenas de premios por todo el mundo.

“Ida”, ambientada en la Polonia de 1960, cuenta la historia de una joven novicia huérfana que, antes de consagrarse como monja, descubre que tiene un pariente vivo: una hermana de su madre que no quiso hacerse cargo de ella cuando era una niña. Su tía, una jueza desencantada, promiscua y alcohólica, antigua fiscal del Estado, comunista y de pasado antifascista, que le descubre a su sobrina su origen judío y que su familia fue asesinada durante la ocupación nazi. Ambas inician un viaje en coche para tratar de conocer la verdad de lo sucedido.

CARTEL-IDA

Pawlikowski filma una historia triste y amarga, una historia de descubrimientos, de tenso antagonismo entre la fe y el materialismo. Una historia que penetra en los resquicios de la mala conciencia europea, en este caso del colaboracionismo católico polaco en el Holocausto, en las partes sórdidas que cualquier relato oficial pretende hurtar a la memoria.

KULEZSA Y TRZEBUCHOWSKA

Todo ello de la mano de dos actrices en estado de gracia, Agata Trzebuchowska (Anna/Ida) y Agata Kulezsa (Wanda), gigantesca en su papel de mujer atormentada.

Pero si hay algo excepcionalmente subyugante en esta película es su fotografía en blanco y negro. Casi cada uno de sus planos podría ser enmarcado como una fotografía, con toda suerte de composiciones, de las más clásicas a las más rupturistas. Los juegos de luces y sombras, el blanco absoluto de la nieve, le confieren una extraña pátina de misterio y tristeza a toda la cinta. Un acierto total.

Y de eso precisamente es de lo que quería hablar, de la pervivencia del cine en blanco y negro, de su vigencia en el actual mundo de la digitalización y del imperio de los efectos especiales. Más concretamente de los cineastas que eligieron, y eligen, mirar en blanco y negro tras el advenimiento del cine en color.

Si bien en la fotografía, tanto en su vertiente artística como en el fotoperiodismo, el B/N sigue siendo para muchos fotógrafos la mejor manera de expresarse, en el cine no deja de ser algo excepcional y, aparentemente, más propio de circuitos minoritarios, independientes. No en vano, desde hace algunos años, las televisiones sólo emiten cine en B/N, sea de la época que sea, en sesiones de madrugada o en “La 2”. No vaya a ser que no luzcan bien los saturados colorines digitales en las cada vez más grandes pantallas de alta definición.

Autor: Rafa Marco   Fotoperiodismo en blanco y negro.

Autor: Rafa Marco          Fotoperiodismo en blanco y negro.

Si bien desde sus inicios el cine mudo ya coloreaba de muchas formas, fue la llegada del technicolor lo que supuso el comienzo de la hegemonía del color en la gran pantalla. “La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp) (1935) de Robert Mamoulian es considerada la primera película en technicolor. Pese a que al principio las cámaras resultaran más pesadas y caras, y el revelado más costoso, pronto vinieron las grandes producciones en color como “Lo que el viento se llevó” o “El Mago de Oz” ambas de 1939 y ambas firmadas por Victor Fleming. Durante las décadas de 1940 y 1950 la convivencia entre el color y el B/N fue lo más habitual, tanto en el cine norteamericano como en el de otras latitudes. Bien es verdad que existe un género ligado indefectiblemente desde esas mismas décadas al B/N: el llamado “Cine Negro” o policíaco. El propio carácter oscuro de las tramas, el bajo presupuesto de muchos de sus clásicos, algunos productos de serie B, fijaron una preferencia por la ausencia de color en dicho género, que se mantendrá incluso en décadas posteriores, como la interesante “El hombre que nunca estuvo allí” (2001) de los Hermanos Coen.

“La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp) (1935)

Existían diversas razones por las que un cineasta optaba por correr el riesgo comercial, que no artístico, de filmar en B/N. Podían ser las razones económicas ya apuntadas. Por ejemplo, un joven Orson Wells, por espléndidas cartas de presentación que tuviera, era difícil que contara en 1941 con un gran presupuesto de la RKO para hacer en color su magistral opera prima “Ciudadano Kane”. Aunque parece que a Wells le gustó lo de rodar en B/N puesto que todas sus escasas y posteriores obras maestras fueron filmadas así hasta 1966.

El cine independiente, las vanguardias, lo que en los años 70 se vino a llamar en España “cine de arte y ensayo”, también tenía querencia por el B/N. A ello no es ajena la cuestión presupuestaria, al margen de otras consideraciones artísticas. Muchas de las mejores películas de la Nouvelle Vague fueron rodadas en B/N: “Los Cuatrocientos golpes” (1959) o “Jules et Jim” (1961) de François Truffaut, “Hiroshima mon amour” (1959) de Alain Resnais, “À bout de soufflé” (1960) de Jean-Luc Godard, entre otras. Más adelante Jim Jarmusch, uniendo al escaso presupuesto el aura del cine alejado de los “standars” de Hollywood, rodó monocromáticamente “Stranger in paradise” (1984) y “Down by Law” (1986).

Incluso en producciones de elevado presupuesto dentro del propio star system, algunos directores escogieron fotografiar sus películas en B/N, muchas veces por razones puramente estéticas como en “Rumble Fish”(1983) de Francis Ford Coppola, pero también para dotar de más realismo e historicidad a sus filmaciones. Sería el caso de “Senderos de Gloria” (1957) de Stanley Kubrick, de “Toro salvaje” (1980) de Martin Scorsese o de “La Lista de Schindler” de Steven Spielberg (1993), por citar algunos memorables ejemplos. En ésta última, como pasaba con los peces en la mencionada “Rumble Fish” de Coppola, Spielberg utiliza simbólicamente un solo elemento cromático, el rojo, para destacarlo de un fondo en grises.

Por unas razones u otras, el cine nunca ha abandonado el B/N desde que existe el color. Podría seguir hablando de una lista interminable de ejemplos destacables para recordar este cine: el neorrealismo italiano, las mejores películas de Berlanga o Buñuel, “Los Siete Samurais” (1954) de Kurosawa, “Manhattan” (1979) de Allen y otras de las mejores cintas posteriores del neoyorquino…Hasta un género tan vinculado al color como la animación tiene su propia joya en B/N: “Persépolis”(2007) de Satrapi y Parannaud que lleva con fidelidad la novela gráfica de la iraní al cine.

Win Wenders, quién también sucumbió al B/N “El Cielo sobre Berlín” en 1987, dijo: “Porque la vida ocurre en color, en cambio en blanco y negro las cosas tienen sus límites demarcados. Todo es más real”.

Celebremos, pues, a quienes como Pawlikowski, o Haneke, o Payne, nos cuentan, nos “dibujan” el mundo con luces y sombras. Porque, a la postre, el B/N parece que goza de más salud que otros inventos de feria que pasan con más pena que gloria en el Séptimo Arte.

A propósito de Mr. Turner

PORTADA-MR-TURNERA propósito de Mr. Turner

La pintura y el cine están estrechamente relacionados, mucho más de lo que sus diferencias evidencian. La pintura nace con la propia humanidad. El cine, en cambio, tiene poco más de cien años, surgió como espectáculo de feria para convertirse más tarde en auténtica aportación del s. XX a la cultura universal. La pintura es por naturaleza estática, aunque en muchas ocasiones tenga vocación de dinamismo. El cine es imagen en movimiento, aunque existan directores que intenten convertir sus planos en auténticas obras pictóricas.

¿Qué tienen en común, más allá de ser lenguajes que apelan al alma humana? En ambos, el manejo de la luz, muchas veces artificial, constituye una parte esencial de la obra. Además, el encuadre que existe en la pintura desde sus orígenes es un elemento fundamental en los diferentes planos cinematográficos.

Lo cierto es que de las películas que se han hecho sobre el mundo de la pintura y de los pintores, muy pocas, al margen de su interés cinematográfico, han servido para comprender o disfrutar mejor de las artes plásticas.

La aproximación a la pintura desde el cine de Hollywood se hace, generalmente, a través de la vida azarosa del genio, ya sea Van Gogh y Cezanne en “El Loco del pelo rojo” (1956) de Vincente Minelli, ya se trate de Michelangelo Buonarroti en “El Tormento y el Éxtasis” (1965) de Carol Reed, ambas películas entretenidas, pero que poco nos aportan sobre el conocimiento de la obra de estos artistas. Nos muestran aventuras, dramas y pasiones con las licencias biográficas que haga falta. Recientemente, películas como “La Joven de la Perla” (2003) de Peter Webber, una virtuosa fotografía consigue convertir algunos de sus encuadres en auténticos cuadros de Vermeer. El director de fotografía, el portugués Eduardo Serra, se convierte en pintor, gracias a su manejo de la luz. Aún así, no deja de ser una hermosa e insustancial manera de acercarse a la obra del pintor holandés.

Dripping

Fotograma de “Pollock”

¿Existen películas cinematográficamente interesantes que nos permitan a la vez aprender sobre un pintor y su contexto? Mencionaré algunas que, desde mi punto de vista, cumplen ambos requisitos. Por ejemplo, “El contrato del dibujante” (1982) y “Ronda de Noche” (2007) del director británico Peter Greenway, que si bien en ocasiones resulta insoportablemente pretencioso, en su filmografía es perceptible la mirada de un realizador formado en las artes plásticas. También está aquella explosión de color, “Cuervos”, uno de los ocho fragmentos de los que consta “Sueños” (1990) de Akira Kurosawa, inmersión onírica del maestro japonés en la obra de Van Gogh. Dentro de los biopic destacaría: “Pollock” (2000) protagonizada y dirigida por Ed Harris, cinta en la que el actor norteamericano aparece pintando con la técnica del dripping (salpicaduras) que usaba el norteamericano y que Harris había conseguido imitar viendo documentales del pintor. Es uno de los pocos casos en los que la propia acción de pintar es una parte importante de la película.

Mr Turner

Fotograma de “Mr. Turner”

Acaba de estrenarse “Mr. Turner” de Mike Leigh, película británica basada en la vida del pintor Joseph Mallord William Turner, considerado por muchos como el más importante paisajista británico del s. XIX. Siguiendo la tradición británica, la película cuenta con una primorosa dirección artística y con una fotografía preciosista que recrea los tonos, las veladuras, los amarillos y los dorados de los cuadros de Turner. Las interpretaciones, tanto de Timothy Spall (Mr. Turner) como de todo el elenco son sobresalientes; cualquier secundario da sobradamente la talla. Sin embargo, una de las cosas que más incomodan de la película es la tosquedad y rudeza con la que Spall encarna a J.M.W Turner. Se muestra al pintor como un ser físicamente desagradable, procaz, primitivo en ocasiones, algo que contrasta con el estiramiento victoriano, propio de otros personajes aristocráticos que aparecen en la película, como John Ruskin, reflejado como un petimetre insoportable y redicho. Parece que a Leigh se le ha ido la mano en este punto, que el Turner real, era una persona más afable. Además, “Mr. Turner” es una película larga, de 2 horas y media, que en algunos momentos decae en su interés.

Volviendo al tema planteado antes, la relación entre la pintura y su traslación al cine, “Mr. Turner” pertenece gozosamente y por pleno derecho a ese escaso grupo de films que realmente profundizan y reflexionan sobre el acto de pintar, sobre el mismo proceso de la creación plástica. Tras ver la película se entiende mejor la obra de Turner, su excepcionalidad. Y se sienten unas incontenibles ganas de coger un avión con destino a Londres e ir inmediatamente a la Tate Britain Gallery, el sancta sanctorum de Turner. Porque en la película se ve a Spall/Turner ensimismado en su trabajo, con su cuaderno de dibujos, tomando incesantemente apuntes. Porque vemos a Spall/Turner en su taller, con cuadros suyos en proceso de ejecución, manipulándolos, difuminando los colores con los dedos. Porque sentimos la tensión artística de aquel momento en las absurdamente abarrotadas salas de las exposiciones de la Royal Academy. Porque vemos como Spall/Turner mira las cosas, como por primera vez intuye la belleza de la locomotora a vapor, de la máquina. En definitiva, el arte y la labor del artista como protagonistas.

Bond y remolcador

Fotograma de “Skyfall”

Y viendo una significativa escena de “Mr. Turner”, uno recuerda con una sonrisa el guiño que el astuto Sam Mendes hizo en “Skyfall” (2012), cuando James Bond se ha citado con Q en la Tate Britain Gallery y aparece el agente sentado frente al cuadro de J.M.W. Turner, “El Temerario remolcado al dique seco”. El pasado remolcando al futuro.

Tráiler de la película:

ANITA Y LA FONTANA

FONTANA-DE-TREVI-portadaEl pasado 11 de enero falleció la actriz Anita Ekberg. Miss Suecia a los 19 años, puede que no fuera la mejor de las actrices, pero su rostro era de una armonía clásica y sus formas, apabullantes; aunque algunos preferimos la belleza de Virna Lisa, otra rubia divina que también nos dejó hace poco. Poco importa. Anita, curioso el diminutivo para tan rotunda mujer, era algo diferente, una diosa escandinava, una madonna nutricia, el imposible objeto del deseo de millones de varones de los años 50 y los 60. Y, sobre todo, forma parte del imaginario de todo cinéfilo al haber protagonizado la secuencia de la Fontana de Trevi junto a Marcello Mastroianni en “La Dolce Vita” (1960) de Federico Fellini.

ANITA-EKBERG

He vuelto a ver la secuencia de una película que he disfrutado varias veces a lo largo de mi vida. Marcello Rubini, Marcello Mastroianni, El Grande, periodista todoterreno en una Roma de contrastes brutales, acompaña en su escapada nocturna a Sylvia, Anita Ekberg, una estrella de Hollywood que acaba de aterrizar en la ciudad. Deambulando por un estrecho y vacío laberinto de calles, Sylvia encuentra un gatito blanco y le pide a Marcello que le busque un poco de leche. Mientras éste busca con desespero un vaso de leche, Sylvia, se encuentra de golpe con la Fontana de Trevi, vacía en todo su esplendor barroco. Cuando Marcello llega a la plaza hecho un pincel, pese a la noche loca que lleva encima, con su vaso de leche en la mano, la estrella se ha descalzado y se ha metido en la balsa de la fuente, contoneándose feliz de su ocurrencia. ¿Quién no ha soñado alguna vez que esa auténtica diosa del Olimpo le animase a seguirla, “Marcello, come here, hurry up!”? ¿Quién no ha sentido la embriagadora mezcla de saber que está cometiendo una locura, pero al mismo tiempo desear llevarse por la tentación?

Fotograma del largometraje "La Dolce Vita"

Fotograma del largometraje “La Dolce Vita”

De esos vértigos y deseos que llenan la vida, quizás me conformaría con el más modesto de ellos: poder estar una noche en la Fontana de Trevi vacía, en soledad o para compartirla con la mejor de las compañías. El cine forja nuestros anhelos más íntimos, modela la forma que nos gustaría que tuvieran nuestros sueños. Las grandes películas son las mejores promotoras de ciudades, paisajes y lugares. A veces planteamos nuestras escapadas de lo cotidiano tratando de visitar lugares que nos han estremecido en la oscuridad de una sala de cine. Aunque luego sea precisamente ese mismo reclamo el que haga que lleguemos a esos lugares deseados y estén repletos de extras que no aparecían en nuestro particular guión. Aunque convertidos en simples turistas, seamos nosotros mismos los que estropeemos a otros soñadores la magia de su momento.

trevi turistas

La Fontana di Trevi repleta de turistas

Siempre que he estado en Roma he ido a esa majestuosa fuente que hizo Nicola Salvi por encargo del Papa Clemente XII. Por supuesto, nunca he podido disfrutarla a solas como hicieron Marcello y Sylvia. Quién sabe si con la suficiente persuasión femenina o si sonase la música de Nino Rota, me atrevería a meterme en ella.