Relaciones laborales

Relaciones laborales 1      RELACIONES LABORALES

     Hay quien piensa que es el dinero el motor del mundo. Otros, en cambio, apuestan por el ansia de conocimiento o la voluntad divina. Algunos se decantan por el amor, el deseo o el poder. Pues bien, mi encargado creía firmemente que son los gritos los que mueven el mundo, y que le bastaba plantarse a primera hora de la mañana en la sección de la fábrica donde trabajo y lanzar un par de berridos para que las tuercas se ajustasen, las correas se tensaran y las máquinas funcionasen a pleno rendimiento.

    Y es que mi encargado era todo un ejemplar: de origen rural, cincuentón, putero, cazador, cofrade de Semana Santa, facha y, por supuesto, un absoluto incompetente. El cómo había llegado aquel espécimen de eslabón perdido a dirigir una sección en una fábrica de la industria química tiene su explicación: un cuñado bien situado. No podía ser de otro modo. Y si hablo en pasado es por una razón elemental: ya no está entre nosotros. Desapareció un Domingo de Resurrección. Y solo yo sé cómo, y me propongo contarlo.

     Antes de nada, os pongo en situación: tengo cincuenta y muchos años y llevo media vida haciendo el mismo trabajo cansado y aburrido en la misma fábrica, y haciéndolo bien. No es que mi sección sea precisamente un acelerador de partículas, pero vaya, tiene su aquel. Trabajo tres de cada cuatro fines de semana, a turnos, noches incluidas. Si sumamos a esto que la crisis económica ha llevado las condiciones laborales a un nivel, digamos, decimonónico, y lo que es peor, eliminado las prejubilaciones, se podrá entender mejor de qué humor estaba yo aquella espléndida tarde de abril cuando apareció él, a escondidas y por la puerta trasera, con la poco loable intención de pillarme en falta.

     Lo que me dispongo a explicar ahora no es una excusa: es la simple exposición de unos hechos que condujeron a un final lógico y a mi entender, predecible. No juzgo: expongo. Poneos, pues, en situación: con todo lo que ya os he dicho que llevaba a cuestas, y mientras peleaba, llave inglesa en mano, con una pieza bloqueada, me aparece el elemento este, vestido con un chándal “Habibas” recién planchado, mocasines relucientes y el pelo engominado a conciencia, hábilmente distribuido para tapar el cartonaje, palillo móvil en la boca, y soltando eructos con retrogusto a JB.

     A ver, no pretendo justificar lo que hice, si no explicarlo. Lo que pasó fue algo absolutamente previsible y natural. Me explico. Imaginad un edificio mal diseñado y peor construido utilizando materiales de ínfima calidad, con un mantenimiento nulo, sometido a lluvias, huracanes y calorazos, utilizado a temporadas en exceso, y otras, abandonado. Si en este antro entrase un inconsciente y diese un martillazo en una viga maestra, ¿a quién aplastaría el consiguiente derrumbe? Exacto. Al cretino del martillo. Y en esas estábamos, yo, harto de todo, y aquel elemento, dándome la espalda, brazos en jarras y soltando a gritos una retahíla de frases rancias sobre Dios, los moros, Venezuela, el Madrid y las mujeres.

     Y entonces sucedió. Con el último tópico racista, dio el martillazo a la viga. Y cedió. Vaya si cedió. Creo haber dicho que tenía yo una llave inglesa en la mano. Veintidós pulgadas y cuatro kilos de acero al cromo-vanadio, una maravilla de la siderurgia nacional, equilibrada y fiable que llevaba doce años conmigo. Sólo tuve que flexionar muy ligeramente las piernas y girar la cintura con fuerza al tiempo que iba extendiendo el brazo, y por ende, la llave, un poco de abajo a arriba, concentrando en el cabezal toda la fuerza producida por el movimiento de mis muchos kilos de peso. Física pura. Le alcanzó en la base del cráneo, a la izquierda, a un par de centímetros de la oreja: un golpe sordo, un crujido seco, un hipo corto, y cayó de bruces. Mejor dicho, de morros.

     Quiero dejar claro que no fue un arrebato. No perdí el control ni me obnubilé, ni nada por el estilo. Aunque no fuera necesario más de un segundo para consumar el hecho, fui plenamente consciente de lo que hacía y controlé minuciosamente mis movimientos para no fallar. Una vez el cuerpo en el suelo, estuve a punto de perder el control. Ojo, que me asustaban las consecuencias, no el acto en si. Y ante una situación de este calibre, un hombre tiene dos opciones: dar la cara, reconocer los hechos y asumir sus consecuencias, o bien esconder el marrón y escaquearse de un merecido castigo. Ni que decir tiene que opté por la segunda. Y a ello me puse. Primero, control de tiempo: cinco horas hasta el relevo, suficientes para un buen operario, experto en el uso de las herramientas y medios de que dispone. Y es que, creedme, no hay nada como la industria química para deshacerse de un cadáver. La industria cárnica -digamos- lo transforma, pero quedan restos y, al menos durante un tiempo, aunque procesado, el difunto sigue de cuerpo presente en congeladores, expositores de supermercados y sacos de pienso para perros. En la construcción, un clásico, un cuerpo no desaparece. Queda escondido, habitualmente, bajo toneladas de hormigón, pero sigue ahí y al cabo de las semanas o los siglos, aparece. En cambio, aquí, desaparece. Os explicare cómo: en primer lugar y con la ayuda de una carretilla elevadora, desplacé el cuerpo hasta un desagüe, y dándole la inclinación adecuada, con la ayuda de una sierra radial, procedí, por así decirlo, a cortar los conductos de circulación de líquidos al objeto de, digamos, vaciarlo de los mismos sin montar una escandalera. Acto seguido le despojé de cualquier objeto metálico (anillos, hebillas, etc.) y los deposité en un recipiente con ácido clorhídrico, para borrar el ADN y volverlos irreconocibles. Después, con la misma bendita radial y buscando cortar por articulaciones y partes blandas, transformé noventaitantos kilos de gañán en media docena de manejables paquetes envueltos en resistentes sacos de plástico para residuos. Contigua a mi sección está la nave de los hornos. Son hornos de fusión para fabricar esmaltes y trabajan a temperaturas que oscilan entre los 1.450º y los 1.800º. Cualquier cosa no mineral o metálica que se introduzca en ellos desaparece literalmente. Se vaporiza. Controlando los movimientos del hornero de guardia no me fue difícil introducir uno a uno los paquetes en los hornos y verlos desaparecer en un instante. Sólo restaba rematar bien la faena: con un bidón de ácido limpié a fondo la zona de trabajo, y un buen caudal de agua se llevó a la depuradora lo que pudiera haber quedado. La sosa cáustica haría el resto. Ni el mismísimo Grissom hubiera podido encontrar ni rastro de ADN. Limpié a fondo (¡bendito ácido!) la llave y los discos de la radial y tiré al contenedor de chatarra el grumo oxidado en que se habían convertido sus pertenencias metálicas.

     Todo listo, y sin desatender mis obligaciones. El deber siempre antes que el placer. Al salir del trabajo busqué su coche por los alrededores, sin éxito. Eso me preocupó un par de días hasta que leí en la prensa que había aparecido desvalijado en una zona de prostitución low cost controlada por veteranos de guerra serbios. La Guardia Civil, que se pasó sin demasiado interés por la fábrica, era del parecer de que uno de estos simpáticos muchachos había tenido un desencuentro con mi ya ex-encargado, y lo había enviado a descansar al fondo de algún pozo.

     Hoy, cuando ha pasado ya un cierto tiempo y las aguas se han asentado, es el momento de recapitular y sacar conclusiones. Por una parte, la viuda cobró un seguro de vida sustancioso, vendió las tierras y se vino a la ciudad a pasear su luto por El Corte Inglés y el bingo del Centro Aragonés. A nosotros nos han puesto un encargado nuevo, un chaval joven y espabilado, capaz de distinguir lo que funciona y lo que no, y que sabe muy bien qué callos no tiene que pisar. Y en cuanto a mí, sigo igual: cansado y con ganas de jubilarme. Pero, mientras llega ese momento, nadie me grita ni me toca las narices más de lo estrictamente necesario, lo cual es muy, pero que muy de agradecer.

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El lector adolescente

lector adolescente 10EL LECTOR ADOLESCENTE

     No guardo precisamente un buen recuerdo de la adolescencia. No es, como la infancia, un paraíso perdido de pureza y luz, ni una explosión de energía brillante, todo futuro, como la juventud, ni pausa, reflexión y saber jugar la carta de la experiencia, como la madurez. Al contrario, es una época caótica, de permanente inseguridad, con la razón anegada por el sentimiento; un tiempo de sufrimiento y duda, dominado por el miedo al rechazo y por una enorme melancolía. Este estado emocional hace de la adolescencia oro puro para la literatura, a mi entender. En primer lugar, por supuesto, del adolescente como protagonista, y valga el muy conocido y justamente admirado “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger como ejemplo y en segundo, pero casi más importante, como lector.

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      Pocos serán los adolescentes aficionados a leer, de acuerdo, pero a falta de formación o criterio, el lector, a esa edad, está dotado de una sensibilidad extrema que le permite conectar con el fondo de la obra mejor que los demás lectores, más receptivos quizás al continente que al contenido. Supongo que suena raro escuchar que Pío Baroja sea uno de los escritores que mejor conectan con la desorientación y la angustia adolescentes, pero sinceramente así lo creo.

       Su novela “La Busca” relata las andanzas de un adolescente que queda huérfano y solo, al poco de llegar al Madrid, a caballo entre dos siglos. Es una novela dura y lúcida como todo lo que escribió Baroja. La despiadada descripción de la España de finales del XIX es brillante y magistral, y es el escenario brutal donde Manuel, el protagonista, tiene que abrirse camino. Pero es también magistral como describe el estado anímico, las dudas y la angustia del protagonista, sus primeros amores, la confusión que le causan…            Lo leí con 15 años y, aún hoy, me maravilla cómo consigue que se identifiquen con tal claridad lector y protagonista, con un siglo de por medio.

          Aun siendo “La Busca” la única novela de Baroja protagonizada por un adolescente, siempre maravilla la sensibilidad con la que trata la adolescencia en sus relatos, aunque aparezca de modo fugaz. Valga como ejemplo la deliciosa “Las inquietudes de Shanti Andía”, y el relato de las penas de amor de un joven marino. Y de la España del XIX, a la América profunda de los 40.

lector adolescente 3John Kennedy Toole se hizo famoso a título póstumo con la absolutamente fabulosa y descacharrante “La conjura de los necios”, pero poca gente sabe que previamente había escrito una novela corta, que tampoco llegó a publicar: “La Biblia de neón”, que narra las vivencias de un chaval pobre en un pueblo profundo del sur, y como el pastor de la Iglesia y su núcleo de fieles más duros se empeñan en destruir todo lo que de bueno, sano y espontáneo hay en su vida, por pura maldad. Es un relato crudo, notable aunque no sea una obra maestra, pero estremecedor si pensamos que el autor tenía sólo 16 años cuando la escribió. A los 31 años, J.K. Toole se suicidó sin haber visto publicada ninguna de sus obras.

      “La soledad del corredor de fondo”, de Allan Sillitoe, es un relato bastante peculiar. El autor, al igual que la mayoría de los protagonistas de sus historias, nació y creció en una época y en un entorno duros: los barrios obreros de las ciudades industriales inglesas durante la posguerra. Es decir, paro, alcoholismo, violencia, miseria…Vamos, lo que pocos años después los punk adoptarían como lema: “No future”.

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      “La soledad del corredor de fondo” cuenta las andanzas de un joven delincuente, y cómo, después de su detención, ingresa en un reformatorio de ideas muy avanzadas para la época. El director, hombre de clase alta, descubre que es un óptimo corredor de fondo. Con el argumento de que el deporte puede hacer de él un hombre honrado, lo convence para entrenar, y le autoriza a salir todas las madrugadas a correr por el campo para preparar una importante carrera contra el equipo de un prestigioso colegio privado. En estos momentos de soledad, cuando el protagonista corre por senderos helados, antes de amanecer, cuando se siente a la vez como el primer y el último hombre sobre la tierra, reflexiona sobre su vida, su futuro y la honradez. Si gana la carrera, el mundo será suyo, según el director, pero él se siente como un caballo de carreras, mimado y cuidado sólo porque puede dar beneficios. Por fin llega el día. Va en cabeza, destacado. Va a ganar. Pero a la vista de la meta, sus reflexiones cuajan, y decide pararse. Por honradez. Por pura honestidad: es quien es, viene de donde viene, y no tiene, es más, no quiere tener nada que ver con el director y su mundo. Asume las consecuencias. Que, por supuesto, son muy duras.

      Puede que sea una opinión equivocada, pero creo que este libro debería ser texto de lectura obligatoria en los institutos. La honradez no tiene que ser necesariamente seguir las normas. No engañarse a uno mismo, admitir tu realidad y afrontarla a tu manera, con un par, y con una sonrisa en los labios, también puede ser una actitud modélica. Sin contar, por supuesto, con su altísima calidad literaria. A modo de curiosidad, hay una excelente película de Tony Richardson basada en este relato.

     Hace ya algunos años, mi entonces muy joven hijo me pidió que le prestara algunos libros para acompañarle en un viaje largo. Él, amante de las pantallas y de la música punk, no había sido nunca lector. ¡Pero, menudo marrón! ¿Qué libros se le recomiendan a alguien de esos gustos y esa edad que le acerquen a la lectura? ¿No le parecerá pesado el relato que a su edad nos impactó de tal manera que todavía nos acompaña? ¿Algo provocativo, que le genere reacciones, dudas, preguntas? ¿Quizás poesía? La zozobra es inevitable. Vaya, al menos, para mí. Tenía clara una cosa: nada, pero nada en absoluto de literatura “para adolescentes”: ni vampiros melancólicos, ni best sellers de sectas secretas ni, con perdón, chorradas del género. Un adolescente no es tonto. No necesita que le demos nada masticado. Tiene que aprender a comer él solito, a escupir lo que no le guste, a paladear lo que le deleite y a pasar alguna que otra indigestión. Cada uno acabará escogiendo lo suyo, lo que le ayudará a convertirse en lo que de adulto haya de ser, para bien o para mal, en suma, en un ser humano único e irrepetible.

      Le dejé a mi hijo, al final, cuatro libros: “Cuentos”, de Baroja, una selección de relatos cortos de Chejov, “La soledad del corredor de fondo”, de Sillitoe, y, no sé por qué, las “Meditaciones”, compilación del pensamiento estoico del emperador romano Marco Aurelio. Si, ése, el que matan al principio de “Gladiator”.

lector adolescente 6     Le gustaron, sobre todo, dos: el de Chejov, del cual comentamos cosas, pero hubo un libro que no me devolvió: las “Meditaciones”, de Marco Aurelio.

   Ya ves, uno rompiéndose la cabeza para encarrilarlo por el buen camino y, al final, escoge un tratado de filosofía con casi 20 siglos encima.

       Lo dicho: No hay mejor lector que un adolescente, aunque lea poco.

Palabros y palabrotas

palabros y palabrotas

   Palabros y palabrotas

      Uno de los principales argumentos esgrimidos por los detractores de la presencia de las Humanidades en nuestro sistema educativo es su falta de utilidad práctica. Pudiera ser, no lo voy a discutir ahora, pero quisiera romper una lanza en favor de, al menos, dos de estas cada vez más relegadas materias: la Gramática y la Literatura, y quisiera hacerlo desde un punto de vista absolutamente utilitarista, porque son excelentes armas de autodefensa. Intentaré explicarme con varios ejemplos prácticos y, desgraciadamente, absolutamente reales, extraídos de mi propia experiencia.

     Hace ya unos años, escuchaba en la radio una entrevista al delegado de Educación de la ciudad en donde habito. Se le preguntaba por la endémica falta de centros escolares de Primaria y Secundaria para atender a la población de varios barrios periféricos. Por aquel entonces quedó vacío un antiguo cuartel militar, y en una rueda de prensa, el susodicho delegado comunicó, palabra más, palabra menos, que “en las antiguas instalaciones del Ministerio de Defensa iba a procederse a la ubicación de un centro funcional de enseñanza para cubrir las necesidades de las áreas de población afectadas”. Un periodista preguntó que qué era exactamente un “centro funcional de enseñanza”, a lo que el preboste, ya mayor y de procedencia rural, respondió en mal tono. “¡Pues eso, collons, que funcionará hasta que encontremos algo mejor!”. Es decir, que si nadie pregunta, y las directivas de las AMPAS no están versadas en Gramática y Literatura, se la meten doblada, con perdón.

    Y es que las palabras complicadas, las frases enrevesadas y las expresiones de nuevo cuño pueden ocultar, en muchos casos, los peores significados. Puede, por ejemplo, confundir mucho, e incluso infundir esperanzas de mejora, el que, en medio de una crisis terrible, el gerente de una fábrica convoque a los representantes de los trabajadores para comunicarles, con tono dinámico y animado, como el que ha descubierto el camino de la salvación, que “la empresa ha decidido, al objeto de ser más competitiva, optimizar la productividad de los recursos humanos fomentando la multitarea y la polifuncionalidad de los operarios, así como la eliminación de los tiempo no productivos a lo largo de la jornada”. Suena de la hostia. Ya estamos al nivel de las fábricas suecas o alemanas. ¡Nuestro es el futuro! Pero no. En realidad está diciendo, más o menos, lo siguiente: “os voy a explotar hasta que lloréis sangre, y de jubilarse, ni hablar: ¡moriréis en vuestro puesto de trabajo!”. Y claro, si no lo sabes traducir, te vas a la cama lleno de fe y esperanza en un nuevo futuro. En cambio, si lo entiendes, te pasas la noche repasando una y otra vez la legislación laboral buscando resquicios para defenderte.

     En realidad, pocos términos de nuevo cuño hay que rechinen más a mi modesto entender que “recursos humanos”. Supone poner por escrito y negro sobre blanco, valga la redundancia, que a los trabajadores se les pone al mismo nivel en una empresa que a la maquinaria, las materias primas, el gas o la administración. Y no es lo mismo. Cuando se “optimiza” una máquina hasta el límite, se repara y listo.

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“Recurso humano” paseando a su perro

     Pero cuando se “optimiza un recurso humano”, el susodicho no puede estar como es debido al tanto de las notas de su hijo adolescente, ni disfrutar de un paseo con su familia, ni leer el tiempo que le gusta. Un “recurso humano” tiene que levantarse a atender a su hijo recién nacido por la noche, acompañar al médico a sus padres, pasear al perro y, en la medida de lo posible, disfrutar de ello. Un “recurso humano” tiene rupturas sentimentales, pérdidas, accidentes…Y os puedo asegurar que todo eso no le pasa a una materia prima, a las fotocopiadoras o a las herramientas del taller. En definitiva, hablar de recursos humanos en lugar de hacerlo de seres humanos denota, para mí, una muy peculiar manera de entender las relaciones laborales.

      No quiero entrar en el campo de la política, porque sería un no parar: ¡esa “movilidad exterior”, Sra. Báñez!, y ¡esos “finiquitos en diferido”, Mari Loli!

      En definitiva: Hay que estudiar y hay que leer mucho. Las palabras no son inocentes. Según cómo y quién las utilice, pueden hacer mucho daño, y hay que conocerlas bien para poder defenderse. Yo, por experiencia, cada vez que escucho a alguien con mando, ya sea primer ministro o encargadillo de sección, decir con sonrisa ufana y pecho henchido aquello de “¡vamos a generar sinergias!”, huyo, rápido y lejos, no sea que me quieran convertir en sujeto pasivo de una relación meramente anal. O sea, que me den, pero bien.

Me gustó más el libro II

Me gustó más el libro 2

        Me gustó más el libro II

Viene de “Me gustó más el libro (I)”

        DERSU UZALA

        En 1976 “Dersu Uzala”, coproducción soviético-japonesa gana el Oscar a la mejor película extranjera. Con todo y ser una de mis favoritas, no supe hasta hace relativamente poco  que estaba basada en un libro del mismo nombre escrito por Vladímir Arséniev, militar, científico y explorador ruso a caballo entre los siglos XIX y XX. Más que una novela es una crónica de sus expediciones, organizadas por el gobierno ruso para conocer los recursos y posibles explotaciones de las regiones siberianas de Amur-Ussuri, territorio inexplorado hasta entonces. Es un  relato de aventuras que gira en torno a la fascinación que sobre el científico europeo ejerce la mirada pura, sencilla y mágica de la naturaleza que tiene el pequeño y humilde Dersu. Es también un libro de aventuras, donde con la sencillez con la que un albañil coloca un ladrillo, Dersu salva las más peligrosas situaciones imaginables.

      Si se le pudiera poner un pero, sería quizás la relativa aridez de los datos geológicos o botánicos, inevitables si tenemos en cuenta que, en realidad, es eso: un diario de expediciones científicas.

    La película es una muy acertada y respetuosa versión en fondo y forma, debido en gran parte a la elección de Maxim Munzuk como protagonista. Nativo siberiano y conocedor del chamanismo y las creencias de los nativos, compone un personaje absolutamente real.

        ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?

         En ocasiones un director consigue, de obras literarias menores, extraer auténticas maravillas. Véase, sino, “Blade Runner”, basada en la novela de Philip K. Dick. “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, una obra que pasó con más pena que gloria, con la que Riddley Scott fabricó una obra maestra, referente de cine de ciencia ficción.

        GUERRA Y PAZ  /  EL QUIJOTE

        En el extremo opuesto, hay libros que por sus dimensiones y contenido no han merecido una adaptación a su altura hasta el momento. “Guerra y Paz” o “El Quijote”, por ejemplo, han sido objeto de numerosas lecturas cinematográficas, pero ninguna lo ha conseguido. Todas se quedan cortas, o simples, o amontonadas, pero no, no llegan. Y quizás porque el cine no sea el medio idóneo para ellas.

        YO, CLAUDIO

        En mi modesta opinión, quizás sea la televisión su sitio. Existe un ejemplo modélico. Viejo, pero modélico: “Yo, Claudio”. En los años 70 la BBC adaptó con escasos medios e inmensa profesionalidad las dos novelas en las que el escritor británico Robert Graves relata la vida y miserias del Imperio Romano desde Augusto hasta Claudio: ¡nada menos que cuatro emperadores!. Recomiendo encarecidamente leer las obras en las que se basa: “Yo, Claudio” y “Claudio el dios y su esposa Mesalina”. Graves fue un gran historiador, un enorme erudito del mundo clásico y un notable poeta, pero, por encima de todo, un extraordinario contador de historias, capaz de engancharnos a la vida de los romanos de hace 2000 años, o los griegos de 3000 como nos enganchamos a “Juego de tronos” o “Los Soprano”.

    Buscad también la serie, y maravillaos con lo que pueden hacer un puñado de actores y profesionales de verdad.

        EL GATOPARDO

    Y, por último, están los milagros: Adaptaciones perfectas en fondo, forma, personajes y contenido de grandes obras. El mejor ejemplo, sin duda alguna, “El Gatopardo” de Lucchino Visconti.

    Obra única del italiano Giuseppe Tommasi di Lampedusa, descendiente de nobles sicilianos, narra con extraordinaria clarividencia la decadencia de la aristocracia siciliana y los sucesos que dan lugar a la caída del Reino de Nápoles y la unificación de Italia. A través de los ojos del lúcido y melancólico protagonista, el otrora todopoderoso príncipe de Salina nos muestra la Sicilia que se acaba y la que viene, y lo más importante, la de siempre, la olvidada y explotada. Y lo mira con un inmenso amor y una gran tristeza. Pero es, sobre todo, un libro de los sentidos. El autor nos describe el tiempo y el lugar a través de colores, olores, sonidos y sabores extremadamente intensos, vivo, que revientan el rígido corsé de la sociedad de la época, que vegeta a la sombra de la Iglesia.

    La película es una absoluta lección de cómo adaptar una obra maestra. Tremendamente fiel en fondo, forma y personajes, conducida por un inmenso Burt Lancaster en el papel del príncipe de Salina.

      Pues lo dicho, es  siempre más que interesante descubrir los libros, a veces grandes, a veces menores, que han inspirado películas icónicas. Ahí están, sin ir más lejos, “El Padrino”, “La Naranja  Mecánica”, “2001”, ”El halcón maltés”, “Mystic River”, y un largo etcétera.

    Y una última reflexión: todos tenemos algún libro muy especial que quisiéramos (y tememos) ver llevados al cine. Quizás porque les hemos puesto caras, imaginado paisajes…,y no queremos decepcionarnos.

     En mi caso, estoy esperando al director que tenga lo que hay que tener y se ponga con “La conjura de los necios”. ¿Y tú?

Me gustó más el libro I

Me gustó más el libro / Portada 1

       ME GUSTÓ MÁS EL LIBRO (I)

      Posiblemente sea esta la frase más pronunciada a la salida de un cine donde se haya proyectado la adaptación de un libro de cierto renombre: -“Me gustó más el libro” -“Sí, a mí también me gustó más el libro”.

         Y de eso quisiera hablar hoy: de libros y de cine. O, más bien, de los libros, muchas veces desconocidos que hay detrás de películas famosas. De hecho, a veces ignoramos que films de gran éxito sean adaptaciones literarias. Las hay fieles, traidoras, comerciales, muy personales…  De todo tipo. Así pues, empecemos.

    Una advertencia: esto va de cine y de literatura, así que dejo de lado, muy conscientemente, a los vampiros sensibles, el bondage de mercadillo, los códigos secretos y demás bestseller escritos con la muy poco oculta intención de ser llevados al cine.

        LA ILIADA

      Y por empezar por algún sitio, empecemos por el principio, lejos en el tiempo: “La Ilíada”.

      De todos es conocido a estas alturas el argumento de este grandioso poema que narra los últimos días de la guerra de Troya. Es una obra, lo reconozco, difícil de empezar a leer: en verso, con un lenguaje antiguo, multitud de nombres extraños, etc., pero asimismo es un relato grandioso, árido, violento, lleno de lucha, esfuerzo, sangre y polvo. Valga un ejemplo:

       Le asestó un golpe bajo la oreja Penéleo, y la espada se hundió entera y sólo aguantó la piel; la cabeza quedó colgando y los miembros se desmayaron.

     Los que conozcáis “La Ilíada” y hayáis visto “Troya”, quizás os preguntéis lo mismo que yo: en medio de este universo seco y despiadado de guerreros feroces y dioses  caprichosos y vengativos, ¿qué carajo pinta Brad Pitt depiladito y en minifalda trotando por los llanos de Ilión? ¡Ojalá, Zeus Cronión lo fulminase con su rayo! Esta película es un ejemplo de cómo destrozar una gran obra literaria y convertirla en un mal producto comercial de consumo masivo. De hecho, si Homero levantara la cabeza, creo que  agradecería a los dioses su ceguera.

        EL LIBRO DE LA SELVA

        Y, sin embargo, se puede  traicionar una obra sublime y, al mismo tiempo, hacer una película maravillosa. La mayoría de la gente conoce “El libro de la selva” como una joyita de Disney, y a fe mía que lo es. Confieso que me tiene robado el corazón. Sin embargo, pocos conocen el tremendo libro de Kipling en el que se basa: una obra enérgica, de instintos y contradicciones, de personajes fuertes y apasionados, cazadores y rivales sin escrúpulos que luchan en un ambiente hostil y que menosprecian a los débiles humanos, donde el amor es sólo instinto reproductivo… En definitiva, algo muy alejado de un relato infantil donde los personajes y la trama, siendo los mismos, no son en absoluto iguales.

        EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

        Hay, sin embargo, directores que en apariencia lo cambian todo, pero consiguen conservar lo esencial, el espíritu mismo de la obra literaria. El mejor ejemplo es, a mi entender, “Apocalypsis now”, de F. F. Coppola, su personal adaptación de un gran clásico: “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad. Cambia la época, el continente, la ambientación, pero el libro es perfectamente identificable en ese viaje hacia lo peor de nosotros mismos, hacia ese horror de Kurtz, que estremece igual en lo profundo de África o en las selvas de Asia.

        Sorprende conocer la gran cantidad de películas muy famosas, es más, de clásicos del cine, que están basadas en novelas aparentemente menores o no tan conocidas como las películas que inspiraron. Algunos ejemplos:

        CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO

     “Cazador blanco, corazón negro”, de Clint Eastwood, basada  en la novela homónima de Peter Viertel, amigo y guionista que fuera de John Huston, en la que narra el caótico rodaje de “La Reina de África”, sometido a los caprichos del director, empeñado en cazar un elefante, ¡sin ser rey, ni nada!

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Libros de viajes y viajes de libro II

PORTADA-VIAJES-IILibros de viajes y viajes de libro II

A mi modesto entender, hay otra manera más íntima y fascinante de relacionar literatura y viajes. Consiste en realizar, en lo posible, aquellos viajes que relatan los libros, o bien visitar lugares en los que estos se desarrollan, o peregrinar a los lugares donde habitaron autores y héroes literarios. No me avergüenza confesar que cuando viajé a Londres me faltó tiempo para dirigirme al 221B de Baker Street. Por supuesto, Sherlock Holmes y el Dr. Watson no estaban. Me consta, también, que hay mucha gente que ha dedicado mucho tiempo e ilusión buscando Macondo por la selva. Personalmente, he pasado varias horas tontas oteando los tejados de Notre Dame de París, pero hasta el momento, no he visto ningún jorobado saltando entre gárgolas y pináculos. Paciencia.

221 Baker Street, Londres

221 Baker Street, Londres Viajes de libros

Rusia es una nación que ama a sus escritores como pocas, ideal para viajes literarios. San Petersburgo, por ejemplo, ofrece excursiones guiadas por los escenarios de “Crimen y Castigo”, tras los pasos de Raskolnikov, y en Moscú se pueden visitar los escenarios de “El Maestro y Margarita”, incluso de noche, además de la infinidad de pequeños y grandes museos en las casas donde vivieron muchos de los más conocidos escritores rusos. Especialmente recomendable la visita a la casa-museo de Tolstoi, y muy admirable la atención, paciencia, amabilidad y erudición de sus ancianas cuidadoras. Y muy cerca, la preciosa casita de Turgueniev, y al lado, la de Pushkin… Y así, hasta casi, casi, el infinito.

Señal del recorrido de "Margarita y el Maestro"

Señal del recorrido de “El Maestro y Margarita”

Es muy recomendable recorrer los barrios populares de Roma con un ejemplar de los “Cuentos Romanos” de Alberto Moravia. O viajar a Soria en otoño con un ejemplar de “Campos de Castilla” de Machado, que nos guíe en el trayecto a la Laguna Negra es una experiencia impactante, y no muy difícil de realizar. Y no nos olvidemos de las “Leyendas” de Becker cuando, también, en Soria visitemos el hermosísimo y melancólico claustro templario de San Juan.

Pocos viajes hay a lugares sobre los cuales no se haya escrito, incluso los más sorprendentemente cercanos. Paisajes familiares pueden revelársenos bajo otra luz totalmente desconocida. ¿Qué tal, por ejemplo, una excursión fuera de temporada por cualquiera de nuestros fabulosos centros turísticos de playa, después de leer “Crematorio” y “En la orilla”, de Rafael Chirbes? ¡Seguro que ya no los vemos igual!

No he querido citar “La Odisea“, porque creo que es una obra que trasciende con mucho la literatura de viajes. Es un libro en el que todo lo humano está presente: sabiduría y estupidez, soberbia y humildad, crueldad y bondad, fidelidad y traición… Pero quisiera recordar el final: cuando Ulises regresa a su isla, masacra a sus enemigos, recupera casa, esposa y patrimonio, los dioses le ponen una última penitencia para expiar sus pecados: debe cargar con un remo y echar a andar hasta encontrar un pueblo que no conozca para qué sirve. Deberá plantar el remo en tierra, entonces y solo entonces, podrá concluir sus viajes. Es decir, debe seguir viajando, tal y como ellos, los griegos decían: «Vivir no es necesario; navegar, sí».

Libros de viajes y viajes de libro I

PORTADA-VIAJES-ILibros de viajes y viajes de libro I

Tenían los antiguos griegos un proverbio: «Vivir no es necesario; navegar, sí».

Es decir, viajar. Desplazarse, moverse, cambiar de aires. Viajar en busca de algo o de alguien, como perseguido o como perseguidor, por obligación o por simple espíritu aventurero, guiado por una determinación férrea o bien dando tumbos en manos del destino, esperando un feliz arribo o convencidos del trágico fin. Pero, viajar. Y, por supuesto, contarlo.

De los viajes, sea como excusa que como hilo conductor, han salido sin ningún género de dudas algunos de los mejores libros que se hayan escrito jamás. Un buen relato de viajes hace que, poco a poco se desdibujen las paredes de la habitación o desaparezcan los compañeros del vagón del metro de todos los días. Son uno de los mejores remedios conocidos para la monotonía y la rutina.

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Hay escritores que han hecho del relato de viajes una auténtica especialidad. No se puede empezar sin rendir un más que merecido homenaje a Julio Verne, responsable de la creación de tantos adictos a la lectura y, por supuesto, a los viajes. En mi caso, debo confesar que me enganché a ambos recorriendo Siberia a la grupa de Miguel Strogoff, huyendo de las hordas tártaras de Féofar Khan e intentando dar caza al pérfido traidor Iván Ogareff. Libros bellamente ingenuos, los de Verne, pero que permitían conocer todo el ancho mundo, el fondo del mar e incluso el cosmos antes del advenimiento del canal National Geographic. Puede que fuera la mejor manera de evadirse que encontrara aquel manso burgués que apenas salió de su casa, afectado como estaba por unas hemorroides gigantescas y muy dolorosas.

Otro fabuloso autor de libros de viajes fue el británico Robert Graves. No es que fuera muy prolífico, precisamente, pero es un narrador de historias extraordinario, vivaz, dinámico, descriptivo y, por encima de todo, asombrosamente erudito, sobre todo en lo que al mundo clásico respecta. Su mejor y más bella obra de viajes es, sin duda alguna, “El Vellocino de oro”, narración del mítico viaje de Jasón y sus compañeros en busca de la preciada reliquia.

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Robert Graves

Pero Graves no se limita a narrar el viaje. Comienza desde el propio inicio de la civilización griega, nos explica causas, consecuencias y orígenes de sus mitos, dioses y leyendas. Nos describe la vida, costumbres, vicios y virtudes de todos y cada uno de los que intervienen en la historia, ya sean dioses o héroes, reyes o espíritus, ninfas o centauros. Nos narra sus actos y sus consecuencias, nos dirige por las fabulosas naciones que pueblan las orillas del Mar Negro, y todo ello, con la habilidad para fascinar del mejor de los cuenta-cuentos o del más erudito de los profesores. Una auténtica delicia de novela y que, curiosamente, empieza y acaba en Mallorca.

Además, sus relatos sobre el mundo clásico están totalmente libres de moral judeo-cristiana, y puede pues con naturalidad presentarnos hechos como el saqueo de las ciudades, la poligamia y otras lindezas como lo más natural del mundo. Como curiosidad, decir que tuvo un principio de vida muy aventurero (fue incluso herido durante la Primera Guerra Mundial), pero que se retiró pronto a Mallorca, donde se integró, y donde vivió hasta los 90 años, sin haber pisado nunca Magaluf, todo un mérito para un súbdito de Su Real Majestad.

Joseph Conrad sí que tuvo una existencia movida, en cambio. Nacido en 1857 en la actual Ucrania, entonces Polonia ocupada por Rusia, fugado a otra parte de Ucrania, ocupada a su vez por los austrohúngaros, escapado a Londres, navegante por todo el mundo, contrabandista de armas en España durante las guerras Carlistas, se nacionalizó inglés, y en este idioma desarrolló su obra literaria. Pero, a diferencia de los autores anteriores, Conrad utiliza los viajes como vehículo a otro viaje más intenso y siempre más peligroso: el viaje al espejo que nos muestra cómo somos. Obra cumbre es “El corazón de las tinieblas”, un alucinado periplo por lo peor del alma humana, que termina de la peor manera posible: frente a un espejo que nos muestra lo que somos: el horror.

 

Llamadme Ismael… Comienza así el relato de la más enloquecida travesía por todos los mares que se haya jamás contado: “Moby Dick”. Se ha escrito mucho sobre el significado de la obsesión del capitán Ahab por la ballena que le arrancó una pierna, tesis doctorales, bibliotecas enteras…, pero al final lo que me queda es la aventura. Me quedan los arponeros salvajes, las meditaciones en la cofa, las bromas blasfemas cara a cara con la muerte… Me queda el alegre fatalismo de todos los tripulantes del Pequod, sabedores todos de su destino, y encarándolo con ejemplar y absurdo empeño. Me quedo, en resumen, con el viaje y la aventura. Estoy convencido de que todos aquellos que lo hayan leído, reconocerán que, aún a sabiendas de lo que les esperaba, hubieran embarcado igualmente en el “Pequod”. La obra maestra de Herman Melville.

 

Me gustaría citar por último un libro que relata un viaje muy especial. Se trata de “La tregua”, escrito por el italiano Primo Levy.

El autor fue un químico judío italiano, deportado a Auschwitz durante un año, tras unirse a los partisanos y ser capturado. Su más conocida obra, “Si esto es un hombre”, narra de una manera absolutamente objetiva y lúcida, y por tanto, terrible, el año que pasó en el campo de exterminio.

Primo Levy
Primo Levy

“La tregua” relata el viaje que le llevó, a través de una Europa devastada, desde la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo hasta el regreso a su Turín natal. Lo destacable, además de ser un muy buen libro, es que no plantea el viaje como un recorrido que ha de llevarle al término de una etapa devastadora de su existencia, sino como una especie de limbo, de lapso que le ha sido concedido entre el infierno que ha conocido y la obligación de acarrear ese peso durante el resto de su vida: De levantarse cada mañana, asearse, desayunar, besar a su mujer, trabajar…, con el terrible peso de haber conocido el Mal y que lo perpetran seres humanos como nosotros.

Dedicó una gran parte de su vida a contar su experiencia a los estudiantes italianos y escribió otros libros de buen nivel. A destacar “La llave de estrella” y “La tabla periódica”. En 1987 no soportó más el peso y puso fin a su vida.

Ruso para principiantes (II)

PRINCIPIANTESIIRuso para principiantes (II)

Termina el siglo XIX y termina su mundo. A partir de 1914 todo cambiará, y, sin embargo, la esencia de lo humano, sus dudas, sus temores, sus esperanzas seguirán igual, a pesar de todo. O generándolo todo. En 1917, durante la más terrible de las guerras que el mundo haya conocido, estalla la Revolución de Octubre. ¡Todo se vuelve del revés y todo lo que parecía inamovible es dinamitado de la noche a la mañana! Obviamente, la literatura rusa del siglo XX se vio marcada por los hechos que determinaron la vida de la propia Rusia: la revolución del 17 y la subsiguiente guerra civil, Stalin y sus purgas, y la 2ª Guerra Mundial.

Mitin de Lenin

Mitin de Lenin

Hay que decir que el periodo comprendido entre la Revolución de Octubre y el inicio de las purgas estalinistas tuvo una enorme creatividad artística en Rusia. La pintura, la música, las letras, la arquitectura…, y de repente, la oscuridad. Excepto casos puntuales, como el de Mijail Shólojov, de fidelidad inquebrantable a Stalin, autor de algunos relatos de peloterío inmundo y de una de las más intensas y vigorosas novelas que haya jamás leído, “El Don apacible”, la vida de una familia de cosacos del Don, desde 1914 hasta el final de la guerra civil.

Fue Premio Nobel y tiene una de las más hermosas estatuas que se pueden ver en Moscú (y hay un montón, creedme).

Monumento a Sojolov

Monumento a Sojolov

Tras la muerte de Stalin, algunos autores volvieron a publicar, muy poco a poco y con problemas. Otros, como Boris Pasternak, autor de la fabulosa, dura y desgarradora “Doctor Zhivago”, ¡poco que ver con la pastelera película de David Lean!, lo hicieron en el extranjero, lo que en su caso le acarreó el tener que renunciar al Nobel, y a ser conocido en Occidente como novelista, cuando en realidad fue un poeta y de los más apreciados por los rusos. De hecho, su fama como poeta pudo ser lo que le salvara del Gulag… Y, por cierto, si alguna vez visitáis Moscú, no dejéis de ver los cuadros de su padre, Leónid Pasternak, tremendo retratista.

Boris Pasternak retratado por su padre, el pintor

Boris Pasternak retratado por su padre, el pintor Leónid Pasternak

Uno de los casos más dramáticos fue el de Isaak Babel, judío de Odessa que, de niño y joven, sufrió de manera terrible el tradicional antisemitismo ruso: su abuelo fue asesinado en un pogromo en 1905, a pesar de sus notas no fue admitido en la Universidad, los editores le cerraron las puertas. Hasta que conoció a Gorki, quien le introdujo en los círculos intelectuales de Petrogrado y, más tarde, se convirtió en su escudo frente a Stalin.

Portada de "Caballería Roja" de Isaak Babel

Portada de “Caballería Roja” de Isaak Babel

Revolucionario convencido, luchó en la guerra civil, y tuvo la ocurrencia de hacerlo en la caballería cosaca de Budionni. Los cosacos, siguiendo una de sus más arraigadas costumbres, aprovecharon, como siempre habían hecho en las guerras, para saquear a los judíos que encontraban a su paso. Sobre esta campaña escribió Babel un maravilloso libro de relatos, “Caballería roja”, de un gran lirismo, pero a juicio de su general, demasiado descriptivo. Por lo visto, lo que viene siendo una guerra, con sus pueblos arrasados, sus muertos de hambre, sus carnicerías y sus violaciones, no casaban muy bien con la gloria de la Revolución. Y, por si esto fuera poco, no se le ocurrió otra cosa que hacerse amante de la mujer del entonces jefe de la NKVD, más tarde conocida como KGB. Cuando murió Gorki, su protector, fue detenido, acusado de trotskista, y fusilado con una rapidez y una eficacia sorprendentes.

El siguiente caso es más curioso. Se trata de Mijail Bulgakov, nacido en Kiev, pero moscovita por vocación. Es el autor de la novela de Moscú por excelencia: “El Maestro y Margarita”.

Tumba de Bulgakov en el cementerio de Novodievychi, Moscú.

Tumba de Bulgakov en el cementerio de Novodievychi, Moscú

Bulgakov nunca fue partidario de la Revolución y jamás lo ocultó ni en sus obras ni en su vida privada. Incluso luchó contra ella y fue herido y puede que esto le salvara la vida. No era zarista, ni menchevique, ni religioso, y como no era bolchevique, obviamente no podía ser un traidor. Eso sí, lo putearon todo lo que pudieron y algo más. Autor teatral, sus obras eran sistemáticamente retiradas de los escenarios uno o dos días después del estreno, y sufrió lo que no está escrito para ir publicando, a trancas y barrancas, sus novelas y relatos. Médico de profesión y morfinómano por prescripción propia de resultas de una herida de guerra. Al final, harto de trabas, escribió a Stalin para pedirle un empleo, a cambio se comprometía a no escribir nunca más. Stalin se lo concedió. Al poco tiempo moría.

Dice la leyenda que a Stalin le encantaban sus libros, y que por eso salió indemne de las grandes purgas. ¡Quién sabe! Más bien da la impresión de que se divirtiera jugando con él al gato y al ratón.

Estanque del Patriarca, Moscú

Estanque del Patriarca, Moscú

“El Maestro y Margarita”, su obra más conocida, relata los sucesos que se desencadenan cuando Satanás y su corte visitan Moscú en los años 20, en plena efervescencia revolucionaria. Es una obra satírica, fantástica, llena de lirismo y de amor por Moscú y los moscovitas y, eso sí, con una cierta mala leche. Combina a la perfección tres tramas superpuestas en el espacio y en el tiempo, que convergen al final en un crescendo apoteósico, salvaje y tierno a la vez. Imposible no amar a sus protagonistas, Satanás, entre ellos o sobre todos. Si alguna vez pasáis por Moscú, podéis visitar los lugares donde se desarrolla la acción. Es una buena manera de conocer una parte de la ciudad muy bonita, y a la que no llegan los autobuses de turistas.

A destacar dos novelas más: “La Guardia Blanca”, crónica de la vida de una familia en Kiev durante los días que median entre la salida de los alemanes y el triunfo de la Revolución, su obra menos fantástica. No exactamente autobiográfica, pero sí basada en hechos vividos y, en parte, protagonizados por él y por personas de su entorno. Es su obra más personal y, al menos para mí, la más hermosa.

Más conocida, quizás, “Corazón de perro”, la sátira más irreverente que escribió contra el nuevo sistema que se estaba implantando y, sobre todo, contra la burocracia. Sobre esta novela hay una película homónima bastante destacable, creo que nunca estrenada en España.

Últimamente ha habido un cierto repunte del interés por Bulgakov y se han reeditado muchas de sus obras. Incluso se han editado por primera vez en España algunos de sus relatos cortos. Es un autor a disfrutar. De los que no dan puntada sin hilo.

Descubrí a Vassili Grossman de una manera casual. Antonio Muñoz Molina citaba de pasada en una entrevista uno de sus libros: “Vida y Destino”. Me picó la curiosidad, lo busqué en la biblioteca, lo leí, y me conmocionó. Porque hay libros que te emocionan y hay otros que te conmocionan, que te sacuden, con los que hay un antes y un después. Y éste es uno de ellos, para mí, y para todos aquellos que conozco que lo han leído.

La trama se desarrolla durante la terrible Batalla de Stalingrado, y tiene como protagonistas a una familia cuyos miembros están desperdigados desde un campo de exterminio en Alemania hasta las estepas del Asia soviética. Soldados, investigadores, comisarios políticos, amantes, hijos, padres… Las vidas de todos, su dolor, sus pérdidas, sus pobres esperanzas, su confusión, su felicidad…, sus vidas enteras tratadas con una inmensa clarividencia y una enorme ternura y, a pesar de todo, de la terrible época que les ha tocado vivir, de las purgas, la guerra, las privaciones, con una absoluta fe en el ser humano.

Libro enorme donde los haya, a mi pobre entender, al nivel de “Guerra y Paz”, “Ulises” o “Moby Dick”. Es, además, un enorme referente ético.

Vasili Grossman

Vasili Grossman

De Vassili Grossman quiero destacar -es más, recomiendo de todo corazón- un libro, en apariencia menor: “Eterno reposo y otras narraciones”. Fabuloso libro de relatos cortos absolutamente fascinante, que contiene entre otros, “Tiertgarden”, el mejor relato sobre animales y hombres que jamás haya leído, y una de las mejores obras literarias que haya tenido la fortuna de conocer.

El argumento es simplísimo: en abril de 1945, las tropas soviéticas se acercan y Berlín está a punto de caer. ¿Cómo viven los animales del zoo, desde la pureza de su instinto, este hecho?

Grossman fue corresponsal durante la guerra. Le cupo el dudoso honor de ser uno de los primeros periodistas en conocer los campos de exterminio. De hecho, sus crónicas sirvieron como prueba en los juicios de Núremberg.

Batalla de Stalingrado

Batalla de Stalingrado

Aunque fue un periodista muy apreciado, no pudo ver sus novelas publicadas en vida. La propia lectura explica este hecho por sí mismo. Nadie tan reflexivo puede ser visto nunca con buenos ojos por el poder, y más en su país y su época.

Y con esto concluyo. Tan sólo un par de reflexiones: algo debe de tener la literatura rusa para que, pase el tiempo que pase, siempre seamos legión los que la seguimos y nos admiremos con ella. Puede que sea la ternura y la credibilidad de sus personajes o la universalidad de sus temas: la vida, la culpa, el destino…
Y hay muchos más autores que me ha sido imposible desarrollar aquí: Gogol, Lermontov, Turgueneyev, Ajmatova, Doblatov, Tolstay, etc. No sé, tal vez sea lo que le oí decir a una rusa en una ocasión: «En aquellos tiempos, en invierno, con sus noches interminables sin poder salir de casa, o follaban todo el tiempo o reflexionaban mucho». Pero el caso es que ahí están, con sus barbas, sus estrellas rojas, su vodka, esperándonos para discutir sobre todo lo que de verdad importa. No les hagamos esperar, que no nos defraudarán.

Ruso para principiantes (I)

PRINCIPIANTESIRuso para principiantes (I)

Acercarse a los clásicos rusos impone. Hay que reconocerlo. Uno, cuando piensa en ellos, se imagina imponentes y barbudos señores decimonónicos, de pensamiento extenso y profundo.

Y no va muy desencaminado. Tolstói, sin ir más lejos, era un bigardo de casi dos metros, enjuto y fuerte, duro como el acero, que cada mañana se levantaba, invierno y verano, a las 5, y dedicaba dos horas, ¡antes de desayunar!, a hacer deporte. Se dice que podía levantar 80 Kg con una sola mano.

Y Dostoievski, ni te cuento: ludópata, revolucionario, condenado a muerte e indultado (y desterrado a Siberia) cuando ya estaba ante el pelotón de ejecución. Y de sus libros, ¡para qué hablar!: tochos largos, densos, descripciones minuciosas, relatos épicos, profundísimas y exhaustivas reflexiones, sobre todo, lo que concierne al ser humano…¡Como para pensárselo!

Y, sin embargo, somos legión los amantes de la literatura rusa. Y es, pues, mi propósito hoy el facilitar el acercamiento a este mundo, porque ni Tolstói escribió sólo “Guerra y Paz” o “Anna Karenina”, ni Dostoievski se limitó a “Crimen y castigo” o “Los hermanos Karamazov”. Hay modos más ligeros de acercarse a ellos y, por supuesto, existen otros escritores rusos, más modernos, y mucho menos conocidos, incluso, curiosamente, en Rusia. Algunos, como Grossman o Pasternak, prácticamente no pudieron publicar durante el periodo soviético o, incluso, fueron ejecutados por el KGB, como Babel.

Empecemos, pues, con esta “iniciación”. Pero, una advertencia: la literatura rusa puede ser muy adictiva. Avisados estáis, que yo luego no quiero líos.

Dostoievski

Dostoievski

Dos sugerencias para acercarse a Dostoievski: en primer lugar, y sin dudarlo, “El Jugador”. Una crónica despiadada del descenso a los abismos de la mediocridad más absoluta de una familia de nobles rusos y los parásitos que los rodean, arruinados y estancados en una ciudad-balneario centroeuropea con casinos, esperando la muerte inminente de una anciana princesa, para salir del atolladero con la herencia. De repente, la moribunda se presenta en la ciudad, hace una entrada apoteósica…, y el resto hay que leerlo.

El libro es corto, pero de una enorme intensidad y de una lucidez cruel a la hora de describir a los protagonistas y el mundo que los rodea. Impresionante…, y corta, o sea, que no asusta, vamos.

Dostoievski escribió también muchos relatos cortos, casi todos ellos ambientados en el lado oscuro de la brillante San Petersburgo de la época. De entre todos, os recomendaría “Noches blancas”, una hermosa y triste historia de amor y desesperanza, que narra el encuentro casual de dos personas solas durante las noches del solsticio de verano, cuando el sol no llega a ponerse. (La podréis encontrar en cualquier recopilación de relatos del autor, en la biblioteca pública más cercana).

Leo Tolstoy e n1887

Leo Tolstoy en 1887

De su experiencia como oficial en las campañas del Cáucaso nacieron algunas de las mejores (y menos conocidas) obras de Tólstoi: dos novelas cortas, “Los cosacos” y “Hadji Murat”, y una serie de cuentos, “Relatos del Cáucaso”. La primera obra muestra la fascinación que ejercen sobre un joven oficial ruso, procedente de la nobleza moscovita, las costumbres, la fuerza y la sencillez de los cosacos. Tres personajes, Lukachka, un joven cosaco, Marianka, su novia, una mujer fuerte, segura y hermosa, a años luz de las damas de Moscú, y sobre todo, el inmenso Tío Erochka, un viejo cosaco cazador, ladrón, borracho y sabio, muy sabio, que le fascina con su relación con la naturaleza y su concepto de Dios. Por lo demás, la guerra, siempre presente en Chechenia, ayer como hoy, con la misma carga de dolor.

Los relatos cortos, utilizando la guerra como un marco más en el que vivir, se centran en las vivencias de los soldados, que pasan por la batalla como antes pasaron por los trabajos del campo: con sencillez, honestidad y sufrimiento.

“Hadji Murat” cuenta las andanzas de un jefe checheno perseguido por los rusos y por caudillos rivales. Es un hermoso relato de aventuras, desde el punto de vista de su “enemigo”, y, en cierto modo, y a pesar de los 150 años pasados desde entonces, todavía nos ayuda a entender por qué las cosas son como son en esa parte del mundo.

En resumidas cuentas, obras hermosas, sabias, que miran donde importa: en el fondo del alma de los hombres simples, víctimas y protagonistas de la historia.

Y, una vez superado el escollo de los “monstruos sagrados”, cambiamos de siglo y de autores. Y sí, sé que no he hablado de Chejov, pero es que no hay nada más fácil que amar sus cuentos.

Anton Chejov

Anton Chejov

Basta leer “La dama del perrito”, “Mujiks”, “La boda”, o cualquier otro, y ya tenemos la faena hecha. Pocas veces nos sentiremos mejor comprendidos en lo más hondo de nuestro sufriente corazón.

Dostoievski muere en 1891, Chejov en 1904, y Tolstoi, en 1910. En las obras de los tres se intuye que el mundo, tal y como lo conocían, estaba por terminar. Intuían que algo grande estaba fermentando. Hacia dónde, no lo dicen.

Tumba de Tolstoi

Tumba de Tolstoi

(Continuará)