Avaricia

AVARICIA     AVARICIA

    La semana que viene cumplo 50 años. Cincuenta años no es una edad para morir. Ni para esperar no hacerlo. No es el principio ni el final del camino. Cincuenta años puede sonar como un lastre  o como la cola de un cometa. Todo depende de lo que tengas. Únicamente de lo que hayas atesorado a lo largo de tu vida. Y yo he atesorado dinero.

  El día que nací yo, ¿qué planeta reinaría? Todos tenemos más probabilidades de no haber nacido que de haberlo hecho. Óvulos triunfadores fecundados por espermas invencibles  a lo largo de los siglos derivan en nuestra existencia. Mis padres, mis abuelos, los padres de mis abuelos y los padres de sus padres apostaron con voluntad o sin ella por mí,  y así me fueron dando forma desde hace siglos, esa forma de ángel caído que por dentro destila cianuro e impenitencia. ¡Cuántas veces habré deseado mi propia muerte acosada por un sufrimiento que es más doloroso que la vida y que sólo se extinguiría con ella!                                                 

    No tengo amigos ni familia. Nunca he amado lo suficiente como para arriesgarme a sufrir. No he pedido favores que nunca serán devueltos, ni siquiera a cambio de un abrazo. No necesito aduladores. Puedo pasar meses sin sentirme culpable por nada. Y si un atisbo de tristeza otea, pienso en todo lo ganado, en lo que tengo. Eso me reconforta.

    Sin embargo ahora que sé que voy a morir no temo al dolor físico, al menos, no de entrada. Lo que me está matando, aparte de una neoplasia en el pulmón con metástasis cerebral, es la impotencia y la desesperación. De siempre he sabido que acabaría muriendo por  sobredosis de austeridad. En mis últimos días una luz tenue me fue ofrecida: quizás en un hospital de otro país con medios mas avanzados podrían hacer algo por mí. Pero prefiero morir que gastar mi dinero en no hacerlo. Morir es mejor que pagar. Morir no duele tanto como ver cómo muero.

   He matado a dos personas en mi vida, y sólo ahora puedo confesarlo.  A los dieciocho años maté a mi padre sin querer. Hay errores que son un acierto. Simplemente me aparté cuando se abalanzó sobre mí con la intención de volver a tocarme. Venía ebrio de whisky y sexo. Y esa noche, en uno de sus enfurecidos lances, sólo tuve que empujarle para que la fuerza de la inercia le cavara su propia tumba. Siempre odié la mesa de hierro forjado que había en el salón, hasta que esa noche clavó una de sus esquinas en la nuca de mi padre.

   Podría haberme asustado. Al fin y al cabo mi padre era lo único que tenía, como ser humano me refiero. Pero no me asusté. No hice nada. Lo vi allí tumbado boca arriba con esa expresión de sardina en arenque  y podría decir que me gustó. “Y ahora, ¿qué?” – eso es todo lo que pensé. “Y ahora, ¿qué?”. No lloré.

     Al día siguiente me sorprendió la llamada urgente del banco. Me citaban en la sucursal lo antes posible. Allí supe que mi padre tenía una cuenta lo suficientemente abultada como para poder vivir sin trabajar. ¡El hijo de la gran puta!.  Y entonces sí que lloré.  Y comprendí que la muerte y el dinero, aliados de una manera morbosa, podían darme lo que no encontraba en ningún otro sitio: absoluto placer.

    Desde el mismo día en que me convertí en una heredera maldita, todo lo que fuera ajeno al dinero dejó de interesarme. Seguramente tuve la suerte de vivir en una época vacía de gadgets tecnológicos, y por ende, alejada del mundo del gasto rápido y sin sentido. Tantas páginas en internet vendiendo, tantos incautos comprando, tanta fruslería desbocada… Me cuesta creer que la gente dé su número de cuenta alegremente en cualquier web, en cualquier momento y en cualquier talla o color. Por eso no tengo ordenador, uso el de la biblioteca que es gratuito. Me cuesta relacionarme en un mundo virtual lleno de anuncios que reclaman mi atención, tratándome como una imbécil a cambio de dinero, riéndose de mí con sus ofertas. Siento calambres en el alma. Mi cuerpo se convierte en un saco infranqueable siquiera para el aire que respiro. Como una adicta a mi propia repulsión, necesito inocularme el veneno de los manirrotos una vez cada tantas. Entonces un sentimiento de impotencia y rabia me nublan. Rápidamente entro en shock. Suele empezar con un golpe seco en la garganta que me filtra el aire a la mitad. Un sudor frío se adueña de mis dedos  y tamborilea en mis sienes grabándome a golpe de martillo un odio de color negro azabache como los ojos un toro. Cuando siento la primera arcada tengo que parar. ¿Cómo puede la gente ser tan estúpida? ¿Cómo pueden gastar su dinero así? Odio a la gente que gasta sin pensar. Me repulsan. Los mataría sin parpadear.

    Me estoy fatigando, me cuesta escribir. Antes de acabarme, deseo confesar también mi otro crimen, este voluntario y  por encargo. Maté a un asno derrochador y enfermo de prepotencia. No me siento especialmente orgullosa, pero he de reconocer que lo maté y me quedé tan campante. Hace dos meses. Fui rápida y fulminante. En el momento en el que le empujé a las vías del tren, sentí que él pagaba por todos y cada uno de los seres abyectos que tiran el dinero sin darle importancia. Una llamada de la única amiga que tuve en la infancia, un encuentro en un bar, una conversación y una súplica desesperada.Y, sobre todo, mucho dinero encima de la mesa para vaciar su vida de pesar y la mía de odio. Eso fue todo.

    Sé que lo que me está matando es la impotencia y el miedo a perder lo mucho que tengo, que esto me ha provocado el cáncer. Sólo yo sé lo que poseo. Yo me lo he ganado. Y moriré sin darle nada a nadie, esa es mi voluntad. Mi último aliento. Ahora que mi muerte me está convirtiendo en un espectro de mí misma, por fin he podido hacer aquello que siempre quise y que desde los dieciocho años quedó en mí enquistado: matar el dispendio, asesinar el derroche, estrangular el despilfarro.

   En breve moriré y todo lo que tengo quedará en esta tierra. El sólo pensamiento de que alguien pueda tocar lo que es mío acelera mi muerte, ya de por si ligera. Antes de morir dejo constancia en esta carta, escrita de mi puño y letra y sin notarios que me chupen un céntimo, que todo lo que poseo morirá conmigo. No tengo testigos más que mis propios ojos. Así que al escribir mis actos, confío en exculpar mi alma ante un Dios que desconozco, pues sólo he creído en “poderoso caballero Don Dinero”. Esta carta vendrá conmigo a la tumba.

   Y aquí viene lo importante: nada más conocer la noticia de mi propia muerte, me hice grabar en el cuerpo un mapa hecho de claves. Un tatuaje que dice lo que tengo y dónde está. Quizás fue un acto impulsivo, pero sólo el dolor de las agujas en mi piel dando fe de mi tesoro, pueden asemejarse al dolor de partir dejándolo todo sin mí.

    Y un 31 de mayo Eva murió sola y sin perro que le ladrara. Murió en su casa sin un mísero seguro de vida. Su cuerpo acabó en el tanatorio municipal. Como todos los finados, acabó en manos de un desconocido  que le dio el último toque de maquillaje y la desvisitió para ponerle una sábana encima.

   Para Álex era sólo un cadáver más. Procedió como de costumbre hasta el momento en el que le quitó la ropa desgastada y roída.  Fue entonces cuando vio la carta. Allí mismo la leyó. Y allí mismo manoseó el cuerpo desnudo de Eva con el ansia de un cazador ante una manada salvaje. Vio el tatuaje. Y vio su vida cambiar. Vio cómo por fin dejaría de ser un proyecto inacabado de forense para acabar convertido en un tanatopractor de tres al cuarto. No más disecciones frustradas. No más cadáveres. Nadie le iba a quitar su mapa.

   Durante unas horas Álex estuvo pensando cómo hacerlo, cómo archivar la información y evitar que fuera vista. Hizo fotos al cuerpo, pero no era suficiente. Sin darse apenas cuenta, vio cómo sus brazos se tornaban serpientes bailando al son de la flauta de su apetito. Se le hizo la boca agua. Cogió un bisturí y rebanó el tatuaje que contenía el pase a la final de su  vida. Y luego se lo comió. Nadie más lo vería. Saboreó la carne muerta de Eva como antes había saboreado cada manjar que pudiera ofrecerle la vida, con gula.

    Y allí quedó el cadáver inacabado de Eva hecho un puzzle en el estómago de Álex, mezclado con un litro de helado de vainilla, dos bolsas de palomitas y una palmera de chocolate.

     Definitivamente, empezaría la dieta el lunes, si eso

Lee el anterior relato de Rosa Clara: IRA 

5 pensamientos en “Avaricia

  1. Gracias querida/o Anónimo. La Avaricia no es fácil de halagar pero agradezco tu comentario un potosí.

  2. Espero que estés escribiendo una novela, o un ensayo, o poesía. O que te lo estés planteando en serio. Magnifico relato

  3. ¡Gracias Benilde! Me quedan aún GULA y SOBERBIA. Cuando acabe con la serie de los pecados capitales, cualquier cosa puede suceder.

  4. Sino te venerara, diria que eres una diosa, pero la vida no es asi, aun con todo esto pienso que estas tocada con una varita.
    Siempre asi,.
    Un beso, o quizas dos.

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