Blanco y negro, el alma del color

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Si hay una película triunfadora en el 2014, ésta es, sin duda, la polaca “Ida” de Pawel Pawlikowski. Lo ha ganado todo: desde el Félix a la Mejor Película Europea hasta el Óscar a la Mejor Película de habla no inglesa, pasando por el Goya a la Mejor Película Europea, además de decenas de premios por todo el mundo.

“Ida”, ambientada en la Polonia de 1960, cuenta la historia de una joven novicia huérfana que, antes de consagrarse como monja, descubre que tiene un pariente vivo: una hermana de su madre que no quiso hacerse cargo de ella cuando era una niña. Su tía, una jueza desencantada, promiscua y alcohólica, antigua fiscal del Estado, comunista y de pasado antifascista, que le descubre a su sobrina su origen judío y que su familia fue asesinada durante la ocupación nazi. Ambas inician un viaje en coche para tratar de conocer la verdad de lo sucedido.

CARTEL-IDA

Pawlikowski filma una historia triste y amarga, una historia de descubrimientos, de tenso antagonismo entre la fe y el materialismo. Una historia que penetra en los resquicios de la mala conciencia europea, en este caso del colaboracionismo católico polaco en el Holocausto, en las partes sórdidas que cualquier relato oficial pretende hurtar a la memoria.

KULEZSA Y TRZEBUCHOWSKA

Todo ello de la mano de dos actrices en estado de gracia, Agata Trzebuchowska (Anna/Ida) y Agata Kulezsa (Wanda), gigantesca en su papel de mujer atormentada.

Pero si hay algo excepcionalmente subyugante en esta película es su fotografía en blanco y negro. Casi cada uno de sus planos podría ser enmarcado como una fotografía, con toda suerte de composiciones, de las más clásicas a las más rupturistas. Los juegos de luces y sombras, el blanco absoluto de la nieve, le confieren una extraña pátina de misterio y tristeza a toda la cinta. Un acierto total.

Y de eso precisamente es de lo que quería hablar, de la pervivencia del cine en blanco y negro, de su vigencia en el actual mundo de la digitalización y del imperio de los efectos especiales. Más concretamente de los cineastas que eligieron, y eligen, mirar en blanco y negro tras el advenimiento del cine en color.

Si bien en la fotografía, tanto en su vertiente artística como en el fotoperiodismo, el B/N sigue siendo para muchos fotógrafos la mejor manera de expresarse, en el cine no deja de ser algo excepcional y, aparentemente, más propio de circuitos minoritarios, independientes. No en vano, desde hace algunos años, las televisiones sólo emiten cine en B/N, sea de la época que sea, en sesiones de madrugada o en “La 2”. No vaya a ser que no luzcan bien los saturados colorines digitales en las cada vez más grandes pantallas de alta definición.

Autor: Rafa Marco   Fotoperiodismo en blanco y negro.

Autor: Rafa Marco          Fotoperiodismo en blanco y negro.

Si bien desde sus inicios el cine mudo ya coloreaba de muchas formas, fue la llegada del technicolor lo que supuso el comienzo de la hegemonía del color en la gran pantalla. “La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp) (1935) de Robert Mamoulian es considerada la primera película en technicolor. Pese a que al principio las cámaras resultaran más pesadas y caras, y el revelado más costoso, pronto vinieron las grandes producciones en color como “Lo que el viento se llevó” o “El Mago de Oz” ambas de 1939 y ambas firmadas por Victor Fleming. Durante las décadas de 1940 y 1950 la convivencia entre el color y el B/N fue lo más habitual, tanto en el cine norteamericano como en el de otras latitudes. Bien es verdad que existe un género ligado indefectiblemente desde esas mismas décadas al B/N: el llamado “Cine Negro” o policíaco. El propio carácter oscuro de las tramas, el bajo presupuesto de muchos de sus clásicos, algunos productos de serie B, fijaron una preferencia por la ausencia de color en dicho género, que se mantendrá incluso en décadas posteriores, como la interesante “El hombre que nunca estuvo allí” (2001) de los Hermanos Coen.

“La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp) (1935)

Existían diversas razones por las que un cineasta optaba por correr el riesgo comercial, que no artístico, de filmar en B/N. Podían ser las razones económicas ya apuntadas. Por ejemplo, un joven Orson Wells, por espléndidas cartas de presentación que tuviera, era difícil que contara en 1941 con un gran presupuesto de la RKO para hacer en color su magistral opera prima “Ciudadano Kane”. Aunque parece que a Wells le gustó lo de rodar en B/N puesto que todas sus escasas y posteriores obras maestras fueron filmadas así hasta 1966.

El cine independiente, las vanguardias, lo que en los años 70 se vino a llamar en España “cine de arte y ensayo”, también tenía querencia por el B/N. A ello no es ajena la cuestión presupuestaria, al margen de otras consideraciones artísticas. Muchas de las mejores películas de la Nouvelle Vague fueron rodadas en B/N: “Los Cuatrocientos golpes” (1959) o “Jules et Jim” (1961) de François Truffaut, “Hiroshima mon amour” (1959) de Alain Resnais, “À bout de soufflé” (1960) de Jean-Luc Godard, entre otras. Más adelante Jim Jarmusch, uniendo al escaso presupuesto el aura del cine alejado de los “standars” de Hollywood, rodó monocromáticamente “Stranger in paradise” (1984) y “Down by Law” (1986).

Incluso en producciones de elevado presupuesto dentro del propio star system, algunos directores escogieron fotografiar sus películas en B/N, muchas veces por razones puramente estéticas como en “Rumble Fish”(1983) de Francis Ford Coppola, pero también para dotar de más realismo e historicidad a sus filmaciones. Sería el caso de “Senderos de Gloria” (1957) de Stanley Kubrick, de “Toro salvaje” (1980) de Martin Scorsese o de “La Lista de Schindler” de Steven Spielberg (1993), por citar algunos memorables ejemplos. En ésta última, como pasaba con los peces en la mencionada “Rumble Fish” de Coppola, Spielberg utiliza simbólicamente un solo elemento cromático, el rojo, para destacarlo de un fondo en grises.

Por unas razones u otras, el cine nunca ha abandonado el B/N desde que existe el color. Podría seguir hablando de una lista interminable de ejemplos destacables para recordar este cine: el neorrealismo italiano, las mejores películas de Berlanga o Buñuel, “Los Siete Samurais” (1954) de Kurosawa, “Manhattan” (1979) de Allen y otras de las mejores cintas posteriores del neoyorquino…Hasta un género tan vinculado al color como la animación tiene su propia joya en B/N: “Persépolis”(2007) de Satrapi y Parannaud que lleva con fidelidad la novela gráfica de la iraní al cine.

Win Wenders, quién también sucumbió al B/N “El Cielo sobre Berlín” en 1987, dijo: “Porque la vida ocurre en color, en cambio en blanco y negro las cosas tienen sus límites demarcados. Todo es más real”.

Celebremos, pues, a quienes como Pawlikowski, o Haneke, o Payne, nos cuentan, nos “dibujan” el mundo con luces y sombras. Porque, a la postre, el B/N parece que goza de más salud que otros inventos de feria que pasan con más pena que gloria en el Séptimo Arte.

Un pensamiento en “Blanco y negro, el alma del color

  1. Ilustrativo y pedagógico documental. Me ha gustado tanto que lo he leído (y visto los enlaces) varias veces. Enhorabuena!

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