Avaricia

AVARICIA     AVARICIA

    La semana que viene cumplo 50 años. Cincuenta años no es una edad para morir. Ni para esperar no hacerlo. No es el principio ni el final del camino. Cincuenta años puede sonar como un lastre  o como la cola de un cometa. Todo depende de lo que tengas. Únicamente de lo que hayas atesorado a lo largo de tu vida. Y yo he atesorado dinero.

  El día que nací yo, ¿qué planeta reinaría? Todos tenemos más probabilidades de no haber nacido que de haberlo hecho. Óvulos triunfadores fecundados por espermas invencibles  a lo largo de los siglos derivan en nuestra existencia. Mis padres, mis abuelos, los padres de mis abuelos y los padres de sus padres apostaron con voluntad o sin ella por mí,  y así me fueron dando forma desde hace siglos, esa forma de ángel caído que por dentro destila cianuro e impenitencia. ¡Cuántas veces habré deseado mi propia muerte acosada por un sufrimiento que es más doloroso que la vida y que sólo se extinguiría con ella!                                                 

    No tengo amigos ni familia. Nunca he amado lo suficiente como para arriesgarme a sufrir. No he pedido favores que nunca serán devueltos, ni siquiera a cambio de un abrazo. No necesito aduladores. Puedo pasar meses sin sentirme culpable por nada. Y si un atisbo de tristeza otea, pienso en todo lo ganado, en lo que tengo. Eso me reconforta.

    Sin embargo ahora que sé que voy a morir no temo al dolor físico, al menos, no de entrada. Lo que me está matando, aparte de una neoplasia en el pulmón con metástasis cerebral, es la impotencia y la desesperación. De siempre he sabido que acabaría muriendo por  sobredosis de austeridad. En mis últimos días una luz tenue me fue ofrecida: quizás en un hospital de otro país con medios mas avanzados podrían hacer algo por mí. Pero prefiero morir que gastar mi dinero en no hacerlo. Morir es mejor que pagar. Morir no duele tanto como ver cómo muero.

   He matado a dos personas en mi vida, y sólo ahora puedo confesarlo.  A los dieciocho años maté a mi padre sin querer. Hay errores que son un acierto. Simplemente me aparté cuando se abalanzó sobre mí con la intención de volver a tocarme. Venía ebrio de whisky y sexo. Y esa noche, en uno de sus enfurecidos lances, sólo tuve que empujarle para que la fuerza de la inercia le cavara su propia tumba. Siempre odié la mesa de hierro forjado que había en el salón, hasta que esa noche clavó una de sus esquinas en la nuca de mi padre.

   Podría haberme asustado. Al fin y al cabo mi padre era lo único que tenía, como ser humano me refiero. Pero no me asusté. No hice nada. Lo vi allí tumbado boca arriba con esa expresión de sardina en arenque  y podría decir que me gustó. “Y ahora, ¿qué?” – eso es todo lo que pensé. “Y ahora, ¿qué?”. No lloré.

     Al día siguiente me sorprendió la llamada urgente del banco. Me citaban en la sucursal lo antes posible. Allí supe que mi padre tenía una cuenta lo suficientemente abultada como para poder vivir sin trabajar. ¡El hijo de la gran puta!.  Y entonces sí que lloré.  Y comprendí que la muerte y el dinero, aliados de una manera morbosa, podían darme lo que no encontraba en ningún otro sitio: absoluto placer.

    Desde el mismo día en que me convertí en una heredera maldita, todo lo que fuera ajeno al dinero dejó de interesarme. Seguramente tuve la suerte de vivir en una época vacía de gadgets tecnológicos, y por ende, alejada del mundo del gasto rápido y sin sentido. Tantas páginas en internet vendiendo, tantos incautos comprando, tanta fruslería desbocada… Me cuesta creer que la gente dé su número de cuenta alegremente en cualquier web, en cualquier momento y en cualquier talla o color. Por eso no tengo ordenador, uso el de la biblioteca que es gratuito. Me cuesta relacionarme en un mundo virtual lleno de anuncios que reclaman mi atención, tratándome como una imbécil a cambio de dinero, riéndose de mí con sus ofertas. Siento calambres en el alma. Mi cuerpo se convierte en un saco infranqueable siquiera para el aire que respiro. Como una adicta a mi propia repulsión, necesito inocularme el veneno de los manirrotos una vez cada tantas. Entonces un sentimiento de impotencia y rabia me nublan. Rápidamente entro en shock. Suele empezar con un golpe seco en la garganta que me filtra el aire a la mitad. Un sudor frío se adueña de mis dedos  y tamborilea en mis sienes grabándome a golpe de martillo un odio de color negro azabache como los ojos un toro. Cuando siento la primera arcada tengo que parar. ¿Cómo puede la gente ser tan estúpida? ¿Cómo pueden gastar su dinero así? Odio a la gente que gasta sin pensar. Me repulsan. Los mataría sin parpadear.

    Me estoy fatigando, me cuesta escribir. Antes de acabarme, deseo confesar también mi otro crimen, este voluntario y  por encargo. Maté a un asno derrochador y enfermo de prepotencia. No me siento especialmente orgullosa, pero he de reconocer que lo maté y me quedé tan campante. Hace dos meses. Fui rápida y fulminante. En el momento en el que le empujé a las vías del tren, sentí que él pagaba por todos y cada uno de los seres abyectos que tiran el dinero sin darle importancia. Una llamada de la única amiga que tuve en la infancia, un encuentro en un bar, una conversación y una súplica desesperada.Y, sobre todo, mucho dinero encima de la mesa para vaciar su vida de pesar y la mía de odio. Eso fue todo.

    Sé que lo que me está matando es la impotencia y el miedo a perder lo mucho que tengo, que esto me ha provocado el cáncer. Sólo yo sé lo que poseo. Yo me lo he ganado. Y moriré sin darle nada a nadie, esa es mi voluntad. Mi último aliento. Ahora que mi muerte me está convirtiendo en un espectro de mí misma, por fin he podido hacer aquello que siempre quise y que desde los dieciocho años quedó en mí enquistado: matar el dispendio, asesinar el derroche, estrangular el despilfarro.

   En breve moriré y todo lo que tengo quedará en esta tierra. El sólo pensamiento de que alguien pueda tocar lo que es mío acelera mi muerte, ya de por si ligera. Antes de morir dejo constancia en esta carta, escrita de mi puño y letra y sin notarios que me chupen un céntimo, que todo lo que poseo morirá conmigo. No tengo testigos más que mis propios ojos. Así que al escribir mis actos, confío en exculpar mi alma ante un Dios que desconozco, pues sólo he creído en “poderoso caballero Don Dinero”. Esta carta vendrá conmigo a la tumba.

   Y aquí viene lo importante: nada más conocer la noticia de mi propia muerte, me hice grabar en el cuerpo un mapa hecho de claves. Un tatuaje que dice lo que tengo y dónde está. Quizás fue un acto impulsivo, pero sólo el dolor de las agujas en mi piel dando fe de mi tesoro, pueden asemejarse al dolor de partir dejándolo todo sin mí.

    Y un 31 de mayo Eva murió sola y sin perro que le ladrara. Murió en su casa sin un mísero seguro de vida. Su cuerpo acabó en el tanatorio municipal. Como todos los finados, acabó en manos de un desconocido  que le dio el último toque de maquillaje y la desvisitió para ponerle una sábana encima.

   Para Álex era sólo un cadáver más. Procedió como de costumbre hasta el momento en el que le quitó la ropa desgastada y roída.  Fue entonces cuando vio la carta. Allí mismo la leyó. Y allí mismo manoseó el cuerpo desnudo de Eva con el ansia de un cazador ante una manada salvaje. Vio el tatuaje. Y vio su vida cambiar. Vio cómo por fin dejaría de ser un proyecto inacabado de forense para acabar convertido en un tanatopractor de tres al cuarto. No más disecciones frustradas. No más cadáveres. Nadie le iba a quitar su mapa.

   Durante unas horas Álex estuvo pensando cómo hacerlo, cómo archivar la información y evitar que fuera vista. Hizo fotos al cuerpo, pero no era suficiente. Sin darse apenas cuenta, vio cómo sus brazos se tornaban serpientes bailando al son de la flauta de su apetito. Se le hizo la boca agua. Cogió un bisturí y rebanó el tatuaje que contenía el pase a la final de su  vida. Y luego se lo comió. Nadie más lo vería. Saboreó la carne muerta de Eva como antes había saboreado cada manjar que pudiera ofrecerle la vida, con gula.

    Y allí quedó el cadáver inacabado de Eva hecho un puzzle en el estómago de Álex, mezclado con un litro de helado de vainilla, dos bolsas de palomitas y una palmera de chocolate.

     Definitivamente, empezaría la dieta el lunes, si eso

Lee el anterior relato de Rosa Clara: IRA 

Ira

IRA

       Ira

      Helena se encontraba absorta contemplando el compendio de objetos resultante del empeño obstinado de acabar con la vida de las amantes de su marido. Tenía ante sí una pistola, una caja cuyo contenido era veneno para ratas, una jeringuilla con su aguja y un papel algo arrugado del tamaño de la palma de la mano con algo escrito en su interior.

     Helena Terrón no tenía problemas para solventarse la papeleta. Llevaba años viviendo a costa del dinero de su marido y eso le daba cierto margen de maniobra a la hora de elegir qué comprar en sus dilatados días y qué maquinar en sus dilatadas noches. Helena no llegaba a los cuarenta y cinco años y, sin embargo, aparentaba cuarenta y dos. Las cremas de caviar, los lifting, los recortes corporales y las siliconas añadidas entre otras muchas cosas, hacían de ella una mujer patrón a la que cuando mirabas, creías conocer por ser idéntica a tantas otras ricas. Eso le hacía adquirir cierto grado de complicidad con extraños que siempre le vino bien a la hora de recaudar fondos para su parroquia. Helena Terrón era como un limón del Caribe, de un verde amarillento e hipnótico por fuera, pero de un ácido impermeable por dentro. Estaba tan acostumbrada a la doble moral, que confundía los pecados entre sí, y no se aclaraba del todo con la penitencia. Así Helena dejó de sentir remordimientos por sus deseos de venganza confundiendo la ira con el deber, el odio con la razón y la venganza con la limpieza.

       A Helena le gustaba escribir su nombre con hache porque le daba cierta distinción y empaque. E insistía mucho cuando la obviaban. A ella y a su hache. Pero como bien sabía Helena, no hay nada que el dinero no pueda comprar, excepto la salud, que esa es Dios quien la reparte. Por eso cuando se enteró de la primera infidelidad de su marido, su cólera duró lo que tardó en hacerse con un revólver. Como no entendía nada de armas más que lo que había visto en televisión, Helena se hizo con un portátil para obtener información sin levantar sospechas. Era Helena un ser obstinado que no cejaba nunca en sus empeños, ya fuera un abrigo de piel de zorro o una recaudación para pobres en cualquier rastrillo. No en vano su padre era juez y su madre procuradora, que de casta le viene al galgo, y Helena había terminado su carrera de Derecho aunque no ejerciera nunca. Conoció a su marido en la Facultad, un tuno con el cabello ensortijado y con laca, y supo desde el día que le dio su primer beso que sería el padre de sus hijos. Finalmente, sólo tuvieron una hija. El útero de Helena se negaba a albergar otra vida a pesar de los costosísimos tratamientos y de las oraciones vertidas. Y después de cuatro años de infructuosa desesperación, el marido de Helena empezó a cambiar. Helena lo achacó al disgusto de no poder procrear, ya que la familia de su marido era de una severa moral cristiana y el miembro que menos descendientes tenía contaba son seis vástagos. El marido de Helena no contemplaba el divorcio, pero sí muchas visitas y encuentros con mujeres de altas esferas que estaban cansadas de sus maridos y muy dispuestas a hacerle olvidar su fracaso paternal.

       Así, Helena, un poco por su complejo de culpa, un poco por hacerse la sueca, prefirió pensar que el trabajo de su marido le ocupaba más horas de lo previsto y que sus continuas ausencias eran fruto de su abnegada labor al frente de una empresa con más de mil empleados y que siempre daba cestas en Navidad.

     Descubrir que su marido le era infiel resultó aburrido de lo fácil. Y Helena, que se aburría a mares, se fue construyendo un muro de impotencia y rencor de tal tamaño, que fue imposible aplacarlo con más viajes, más lifting y más ropa. Un buen día, acostumbrada a la ignorancia ciega de su esposo y a la pusilanimería de su círculo de amistades, Helena decidió acabar con sus días de hastío. Se propuso asesinar a las amantes de su marido.

       La primera arpía que se lo tiraba era una ejecutiva de su empresa. Este romance duró tres años. No era especialmente guapa, pero tenía un alto poder de seducción y un carácter autoritario que le daba muchas ventajas en la cama. Helena acudía cada tarde a la salida del trabajo de su marido para ver con sus propios ojos como se metían juntos en el coche de él y desaparecían Gran Vía abajo. Su rabia era infinita, su odio imposible de describir. Pero nada podía reclamar una mujer seca por dentro, que tenía una vida envidiable, al hombre que se la proporcionaba. Así que en un ataque de ira se hizo con un arma. No le costó más que dos días de conversaciones con el guardia de seguridad de su urbanización.

       Helena la tuvo a tiro en cuatro ocasiones. La última fue en el parking de un centro comercial de lujo. Pero cuando estaba a punto de disparar, una mujer mayor que pasaba desparramó sus bolsas entre ella y su objetivo y la arpía que se follaba a su marido acudió tan solícita a ayudarla que Helena sin querer se apiadó. No pudo disparar.

      La segunda infidelidad de la que tuvo noticia fue por una zorra a la que su marido había dejado preñada. Era amiga de la familia, casada y con una reputación intachable, de las que le gustaban al marido de Helena. Este romance duró cinco años entre idas y venidas en los que Helena acumuló tanto odio que se puso enferma en varias ocasiones. Incluso le detectaron un tumor. Helena durante este tiempo se consumía, de tienda en tienda, gastando millonadas en detalles absurdos y bebiendo el mejor bourbon de importación. El día que acudió a comprar el veneno de ratas, fue cuando se enteró de que aquella furcia estaba embarazada y que iba a tener el niño.

       En una cena de Nochevieja que organizó la misma Helena, todo estaba preparado para verla morir. En el menú, aparte de montaditos de pan con foie y vinagreta de amapola y nécoras en salsa con arroz frito, iba a haber un plato especial espolvoreado con raticida que haría que aquella furcia muriera delante de todos sus amigos con un estertor de película americana, dejando caer su cabeza limpiamente sobre el postre. Pero Helena se compadeció de nuevo cuando en el brindis, aquella mujerzuela pidió por su madre enferma de Alzheimer. El veneno se quedó en un cajón.

       La tercera infidelidad fue la más dolorosa porque fue pública. Esta infidelidad duró siete años. Helena escupía bilis cada vez que su marido venía de sus múltiples viajes de negocios con la piel brillante, como hecha de purpurina. ¡La de veces que pidió a Dios que aquella degenerada muriera por sí misma y no tener que inyectarle aire en la yugular con la jeringuilla que tenía en la taquilla del vestuario del gimnasio! Este engendro de ser humano era una escenógrafa de renombre que se había alzado con el último y prestigioso premio “Creatividad Sin Límites”. El matrimonio la conoció en un evento absurdo y la escenógrafa se encargó de desabrochar los límites sexuales de la bragueta del marido de Helena.

       Un día, Helena planeó una tarde de relax en el spa con Miss Glamour. Se llevó la jeringuilla. Pero no planeó que la susodicha se desparramara en lágrimas contándole su miserable infancia llena de miedos y soledades. No pudo matarla y se fue a casa como había venido: ahogada en una pleamar de incertidumbre y cólera…

      Era el primer día de invierno, eso lo recuerda perfectamente Helena, y recuerda también que se estaba arreglando para salir a comer con sus amigas, ¿o era a comprar zapatos?, eso no lo recuerda. Lo que tiene nítido como si acabara de ocurrir es escuchar a lo lejos en la televisión el nombre de su marido, salir corriendo de su dormitorio, ir al salón, y verle, a él y la escenógrafa, sonrientes y felicísimos, en uno de esos programas del corazón que veían todas sus conocidas, en el palco de un teatro en el estreno de la obra de un personaje muy conocido.

       Helena había aguantado años de infidelidades y de lloros tántricos. Pero eso fue la gota que colmó el vaso. Que su marido la obviara públicamente y apareciera como la pareja oficial de aquella zorra, le llevó a un estado de semiinconsciencia y de debacle, imposible de controlar ni con todos los tranquilizantes que tomaba. Helena pegó un golpe a la megatele de plasma y se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Su cabeza ardía y comenzó a hiperventilar al compás del reloj de cuco. Su ira explotó como un orgasmo que tenía en la punta de la lengua y que siempre se le quedaba atravesado. Su rencor la amenazó con perturbarla. Su rabia le plantó cara para no marcharse jamás.

       Ahora Helena tenía todas las armas delante y estaba decidida a acabar con su esposo. No había en el mundo nada que le hiciera compadecerse de él. Sopesó por última vez cual sería el método elegido y acabó por coger el papel y marcar el teléfono que había escrito en él.

       Al otro lado de la línea una mujer respondió y Helena dijo unas palabras en clave. Todo muy de película de cine negro. Ellas nunca se verían. Solo tenían que acordar a quién, cuándo y cuánto. Cuando todo estuvo pactado, Helena sintió un alivio inconmensurable. Por fin podría dormir tranquila.

       Lo que no sabía Helena es que iba a ser chantajeada el resto de su existencia. Eva trabajaba así, a base de chantajes. Había matado a mucha gente y vivía de la memoria de sus muertos. Nunca tenía bastante, siempre quería más. Cuando lograba el dinero, quería un descapotable y cuando lo conseguía, quería un casoplón. Eva era así, avariciosa por naturaleza. Y la verdad era que le iba muy bien.

Lee anterior relato de Rosa Clara: PEREZA

Portadas de blog

portadas del blog 1PORTADAS DE BLOG

      Las portadas de blog son uno de los primeros reclamos al que se enfrenta el posible lector que transita por Internet. La capacidad de estas imágenes para atraer y convencer al público, para que dedique cinco minutos de lectura, está fuera de toda duda. Una buena portada en el blog allanará el camino y hará más fácil la elección del lector ocasional o del fiel amigo.

   Conscientes de esta realidad, semana tras semana intentamos transmitir, por medio de nuestras portadas, lo mejor de nosotros mismos y de lo que se encontrará el visitante cuando nos descubra. Una buena foto, un dibujo, un cuadro, un grafismo puede derivar la balanza en una visita a nuestra web o en un paso sin miradas.

      Éstas son algunas de las portadas que han desfilado por Los ojos de mirar. No están todas las que son, pero sí son todas las que están. Hoy os contamos algunas de las claves de estas portadas. ¡Que las disfrutéis!

Xavier Monsalvatje, artista outsider

      portadas del blog 2A mi querido compañero del colegio, donde compartimos pupitre durante años, lo cacé colgando un cuadro de grandes dimensiones. El cuadro sobre el que nos habla en la entrevista, tanto por escrito como en vídeo. La foto contiene todo lo que yo quería: Xavi, parapetado por su obra, en un momento de concentración activa, desmelenado, calculando las distancias, observante detrás de sus gafas. El artista se intuye, no se expone por completo, su obra marca la dirección de la foto.

      Pilar García Mata, mentalmente desnuda

portadas del blog 3 mentalmente desnuda 1      Quería cerrar por vacaciones de verano el blog. Pensé en un reportaje sobre playas o cremas, o de viajes veraniegos. Finalmente, pensé en dejar una guardiana en la portada, que a lo largo del verano, recibiera al visitante acalorado y le diese un poco de mimo y frescura. Pilar se prestó rápidamente: “si quieres me desnudo para la portada…”, más tarde me aclaró que se trataría de un desnudo mental. Nos fuimos a la playa del Saler para realizar las fotos, entre familias de domingueros, niños jugando con cubitos de arena de playa, sombrillas horteras y señores panzones. Logré evitar todo eso y concentrarme en Pilar. ¡Yo no sabía que una mujer podía tener tal cantidad de bikinis en su colección!

Love is in the web

portadas de blog 4 Love is in the web   Primer artículo de la colaboradora menorquetres en el blog y primera vez que me planteo combinar un cuadro de carácter clásico (Adán y Eva, de Rubens) con un grafismo radicalmente actual, el de las redes sociales. Creo que la portada logra relacionar las nuevas formas de la atracción entre personas en la web con una relación considerada la más antigua del mundo: Adán y Eva.

      Lujuria

portadas de blog 5 lujuria      La relación entre cuadros y grabados antiguos con modernos grafismos continúa. La búsqueda de una imagen adecuada para el tema me hace adentrarme en todo un mundo de sexo lujurioso en Internet. Dudo entre muchas imágenes hasta que encuentro ésta: portada de “The school of Venus”. Una vez la encuentro ya no dudo, lo tengo clarísimo desde el primer instante: es la portada. La imagen, pese a ser muy explícita, tiene un halo de inocencia, naturalidad y buen humor que me encanta. La señora que espera en la cola y se estira de los pelos ilusionada esperando que le toque me parece genial. Rosa Clara García tiene una potente portada con la que empezar la magnífica serie de relatos que, a día de hoy, está desarrollando.

 Borja Flors, aquí y ahora

portadas de blog 6      La foto de Borja la realizo, como tantas otras, en medio de la calzada, con el gustillo que da sentirse amenazado en cualquier momento por un vehículo o por un guardia. Esa sensación que nos mantiene despiertos, activos y nos obliga a solucionar rápidamente lo que nos llevamos entre manos, en este caso un retrato. Yo cuido del modelo y el modelo cuida de mí. Borja es un valiente inteligente, que está ahí y en ese momento, cerrando un capítulo de su vida y a punto de comenzar una nueva aventura. Me consta que en Australia se lo quieren quedar para ellos. ¡Devolvédnoslo, malditos antípodas! Su planta segura y su mirada lo dicen todo.

      El álbum familiar

 portadas de blog 7     La jovencísima fotógrafa Netele Martínez se incorpora al blog. Y lo hace con un artículo tan reflexivo y potente que parece escrito por una persona mucho mayor que ella. La foto de portada es también una aportación suya, y tiene la virtud de evocarnos una tarde mirando fotos con tan solo presentarnos una silla y una pared con un papel pintado.

Blanco y negro, el alma del color

 portadas de blog 8     Esta portada de blog es un ejercicio puro y duro de diseño gráfico. Un intento de aportar una respiración al magnífico artículo de Honorato J. Ruiz. En esta ocasión, no quiero despistar a los lectores con una imagen. El concepto es claro y simple, y así debe traspasarse en la portada.

      ¡Ah, no os lo he dicho! La letra que utilizo en las portadas para los títulos y nombres es la denominada Impact. La de la dirección del blog es Lato. Y en todas, todas las portadas del blog, aparece siempre nuestro pequeño logo, unos ojos mirones, que no son más que un círculo que contiene dos oes de tipo Harrington, con dos puntitos centrados sobre ellos.

Pereza

pereza 2

¿Cómo combatimos las perezas en nuestra vida? Observando de las hormigas:

• No esperar a que nos manden. Vr 7

• No hacer las cosas porque nos vigilan. Vr 7

• Pensar y prever el futuro. Vr 8

Quiero terminar con una pregunta para usted que me está leyendo, está en el versículo 9 del mismo capítulo 6 de proverbios. Ojalá los cuestione como lo ha hecho conmigo. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?.

Proverbios 6, 6-11

        Víctor cerró el librito que había encontrado en un taxi hacía un mes. Era el único libro que había leído en muchos años. Lo puso al lado del wáter y tardó en leer las catorce páginas un mes exactamente. Los libros le aburrían. En casa no tenía ninguno y en el trabajo tenía sólo una especie de agenda donde apuntaba cosas de los vecinos que tenía necesariamente que recordar. No tenía móvil, nunca estuvo dispuesto a aprender a usarlo.

        Víctor tenía 43 años y desde los 20 estaba trabajando como conserje en un edificio de lujo. Sin entrar en detalles, digamos que Víctor era pequeño de tamaño, 1,69 exactamente, lo que le daba el aspecto de un adolescente trasnochado.

     El trabajo fue una herencia de su madre, Doña Adela, que murió al bajar de la escalera que había puesto en la calle para limpiar el cristal del portal. Quiso el caprichoso azar que pisara una mierda blanda, resbalara, y se pegara un golpe determinante en la sien. Y, en agradecimiento, los vecinos decidieron otorgar el puesto vacante al hijo de Doña Adela per secula seculorum, una mujer que limpiando la mierda ajena no vio la propia.

      Los vecinos eran conscientes de la falta de entusiasmo de Víctor. Al principio lo achacaron a la depresión que alegó tras la muerte de su madre. Pero pasados los meses, Víctor no daba muestras de mejoría. Casi cada semana había que llamarle la atención por la desatención, tanto de sus obligaciones en el edificio como por su falta de higiene personal. Y es que Víctor era la pereza andante. Solía llevar una camiseta en la que se leía “PA´VERNOS MATAO. QUINTOS DEL 74”, un vaquero bastante roñoso y unas zapatillas que un día fueron blancas con rayas fluorescentes. Los vecinos le compraron una especie de chaleco azul cobalto que tapaba, en parte, el bochornoso espectáculo ofrecido. En cualquier otro sitio le hubieran despedido, pero Víctor tenía un contrato sellado debido a la doble moral y caridad cristiana de los vecinos de la urbanización de lujo Las Dunas 15º, un complejo de culpa que Víctor aprovechaba muy bien. No hay que confundir pereza con estupidez, antes bien al contrario, el vago saca beneficio con el mínimo esfuerzo, y eso requiere de inteligencia. VÍctor disponía de la confianza total de sus vecinos. Tenía llaves de todas las puertas y en muchas ocasiones era cómplice de idas y venidas secretas a cambio de una suculenta propina.

         En el edificio de Víctor había sólo tres puertas, una por planta. El tercer piso era el ático del desafortunado Sr. Marcos, que ahora estaba en venta. Los vecinos insistían en que no se alquilaría pronto, que un suicidio en una casa de alguien tan popular, acaba por atraer sólo a tarados, y que tendrían que pasar algunos años para que alguien la comprara.

        Con semejante panorama, no podía imaginar un trabajo extra más desagradecido que mostrar una casa a millonarios que le miraban con desprecio, cuando le miraban. Y mucho más ahora que no se acababa de encontrar bien. Hasta la fecha, la mayoría de sus males eran fingidos. Solía encadenar un justificante médico con otro que, aunque no le eximían de trabajar, le reducían las tareas de una forma considerable. A su habitual “polinosis”, que no era más que una alergia al polen que él alargaba seis meses, había que añadir un extraño mal que llevaba unas semanas mostrándose de una forma tímida pero incansable. Sus manos y sus pies no le respondían de forma habitual. Al principio sólo era al despertar, pero con los días sus manos estaban cada vez más torpes y los pies eran como bloques de hielo, tropezando una y otra vez. La forma en la que empezaban a paralizarse comenzaba a ser preocupante. Pero Víctor había aprendido que estar entre ricos es como estar entre muertos: sólo existes si eres como ellos. Así que, se ahorraba hablar que era una de las cosas que tampoco le gustaban. Digamos que nada que supusiera un esfuerzo era de su agrado. Ni siquiera olfateando una recompensa era capaz de esforzarse. Sabía de buena tinta que la mayoría de gente con pasta no había hecho nada por tenerla, sólo nacer. Las fortunas se heredan, sólo hay que mantenerlas. O se roban. Ningún empresario de los que conocía Víctor era trigo limpio. Y quizás por su apostura tan gentil, por su capacidad de camuflarse, por su increíble falta de coraje, Víctor era infravalorado, como suele pasar con este tipo de seres. Los ricos no son tan listos como parecen. Y cuando la pereza se viste de educación es capaz de disfrazarse de diligencia.

        Una mañana de mayo Víctor se despertó con más dolores de lo habitual. Al mirarse al espejo notó unos pequeños bultitos en su cabeza. Algunos de ellos incluso parecían apéndices de otros más grandes. Eso, unido a la ya casi imposible movilidad de sus brazos y piernas, y al tacto como de corcho que estaba adquiriendo su cuerpo, le llevó en un taxi a urgencias. Obvio decir que esperar le causaba pereza y el hospital estaba de bote en bote, y se fue.

        Al día siguiente Víctor se dirigió como cada mañana a su trabajo. Nada le podía hacer sospechar que iba a ser el mejor día de su vida. O el peor según se mire.

        Al llegar al portal vio un papel junto con lo que parecía un paquete con arena. Era una nota de Doña Helena, vecina del 1º, a la que Víctor había hecho partícipe de sus dolores. La nota decía:

      “Víctor, como sabes, estuvimos en Tierra Santa hace unos días. Me acordé de tus dolores en las piernas y brazos. Te he traído tierra de allí, que es santa, y dicen que si la mezclas con agua y haces una especie de arcilla, te la puedes aplicar en las zonas doloridas y es mano de Santo. Espero que te alivie. Todo sea por la memoria de tu santa madre que Dios la tenga en su Gloria”.

       Preparar la arcilla parecía un proceso costoso para Víctor. Así que se puso el chaleco, cogió la palangana que tenía para las goteras del cuartito del que disponía para los aperos de limpieza, volcó todo el saco de tierra y echó agua. Movió un poco con la mano, cada vez más inútil, y quedó una pasta de barro. Víctor pensó que sería agradable sentarse en su mostrador de conserje con los pies en remojo en esa arcilla santa mientras veía volar las moscas. Así que se sentó en su taburete alto con sus pies en la palangana llena de arcilla, de tal manera que sólo se le veía de cintura para arriba sin nada que hiciera intuir que sus pies pisaban Tierra Santa.

        Y en esa posición se quedó Víctor para siempre. Cuando empezó a notar que sus brazos quedaban completamente rígidos y horizontales, que sus pies parecían anclarse en el barro y que de su cabeza brotaba el cabello más grueso que jamás hubiera imaginado, Víctor apenas tuvo tiempo para ponerse de pie. De esa forma vio por última vez su cuerpo, ahora convertido en tronco, sus brazos en ramas y su cabello en frondosas hojas que vio de soslayo. Imposible moverse, sus pies habían echado raíces. A Víctor apenas le dio tiempo a sonreir, por última vez, imaginando su nueva y maravillosa vida. Y luego todo fue paz. Víctor se convirtió en un árbol.

        Cuando Doña Helena entró al portal buscó a Víctor, pero no lo encontró. Apartó aquel horrible árbol que, sin duda, Víctor debía haber puesto allí y miró detrás del mostrador, por si hubiera dejado una nota. Pero Doña Helena sólo encontró las llaves de su marido, que reconoció por el llavero, junto a una nota que decía:

        “Doña Helena se va el miércoles de esta semana. Avisar amiga Sr. Aguirre.”

        La agitación se apoderó de Doña Helena, pero ni un solo gesto la delató. Se mordió la lengua tan fuerte que la sangre le inundó la imaginación. Se aferró a su medalla de la Virgen del Carmen pensando: “Aplaca tu ira. Dios está contigo”. Pegó una patada al árbol que se tambaleó por un momento y sólo el dolor que sintió al estrujar las llaves en su mano con todas sus fuerzas, la devolvió al mundanal ruido. Se atusó el pelo y volvió al ascensor.

        Y allí quedo el árbol y un olor rancio de ira frustrada paseando por la portería de la Urbanización de lujo Las Dunas 15º.

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Envidia

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ENVIDIA

Conocí a Marcos hace algo más de un año. Acudió a mi consulta con un cuadro de ansiedad y depresión que, aunque no era grave, le imposibilitaba para concentrarse en sus tareas cotidianas y le dejaba inútil en el trabajo. Marcos era gerente de una empresa de exportación de vehículos de alta gama y su negocio destilaba glamour y riqueza. Había heredado el puesto de su padre y, por ende, también los contactos que iban desde jugadores millonarios de fútbol hasta empresarios corruptos y puteros. Su vida no se correspondía con la de un hombre de treinta y dos años. Cuando alcanzas tus objetivos tan joven, tienes que plantearte otros nuevos para no pudrirte. Y Marcos ya había alcanzado todo lo que un hombre de su estatus mental puede desear. Propietario de casas de lujo, coches y mucho dinero, se había casado y divorciado dos veces. No tenía hijos y eso le permitía seguir llevando una vida de adolescente entre la costa de Amalfi y sus múltiples posesiones en islas paradisíacas. Pero esto, usted ya lo sabe.

Como suele ocurrir en estos casos, Marcos se enamoró perdidamente de la mujer más hermosa que un bisturí haya modelado jamás. Y lo que Marcos solía comprar sin esfuerzo, dejó de ser alcanzable cuando conoció a Marie. Así es la vida, sufrimiento.

Fue en el verano de hace dos años. Marcos estaba pasando unos días en Cerdeña, atracado en su yate de lujo donde cada día era una orgía de champán y rosas y cada noche era una fiesta interminable que acababa cuando empezaba la siguiente orgía. Marcos no tenía que preocuparse ni de quién entraba ni de quién salía, ni de si quedaba comida o bebida, ni de tener ropa y zapatos nuevos, ni siquiera tenía que preocuparse por sonreír. Tenía una corte de pelotas que se ocupaban de agarrar la comisura de sus labios dibujando la sonrisa más lacónica e inmoral que pudiera describirse. Marcos estaba acostumbrado a eso, a negociar, a dejar un fajo de billetes en una mesa a cambio de unas horas de fingida felicidad. Y fue allí donde cayó fulminado por el amor no correspondido. No estaba acostumbrado a no tener lo que quería.

Aparte de todo lo descrito y para rematar la faena, Marcos tenía un físico imponente. Un pelo color dorado atusado como de forma despreocupada hacia atrás, lleno de inflexiones y veredas que daban al mar de su coronilla. Ojos siempre expectantes y risueños, de un verde doloroso y aunque nunca pude ver su torso desnudo, lo que dejaba a la vista era más que suficiente como para intuir una escultura hecha a base de horas de gimnasio privado y una dieta preparada por sus cocineros a base de pocas grasas y sabores exóticos bajos en calorías.

Marcos era perfecto para que yo le pudiera odiar. Un hombre que no se había hecho a sí mismo, sino que lo habían hecho a base de herencias y tejemanejes. Cuando apareció por mi consulta, destilaba una tristeza que olía a perfume caro y a desesperación. En el momento en que nuestros ojos se cruzaron, pude notar como la envidia regurgitaba desde mis entrañas a cada poro de mi piel. Recordé en una especie de flashback la primera vez que envidié conscientemente a mi hermana cuando era un crio y me levanté en las tinieblas de la noche a cortar su precioso pelo largo mientras dormía. Recordé cómo disfruté cuando me dijeron que mi compañero de facultad tenía un cáncer difícilmente operable. Por fin, ese tigre de bengala dejaría de pasearse con su preciosa novia delante de mí. Mis súplicas habían sido escuchadas y como nunca creí en el karma, ni en las fuerzas del universo, he estado deseando hiel podrida a cada triunfador que aparecía por mi vida. He ido adoptando la apariencia de un pez retorcido y abrumado, manejándome siempre en las sombras y deseando el mal a los extrovertidos, a los malditos capaces de pasar y ser vistos, de hablar y ser escuchados.

Durante los trece años que llevo ejerciendo como psicólogo he visto cientos de casos, algunos perdidos y otros por perder. Y siempre he deseado acompañar a los desesperados en su tránsito, en su paso a la libertad absoluta, elegida y plena.

Cuando un paciente se despoja del disfraz que lo acompaña y me muestra su esqueleto, sus ruinas viscerales, su miseria en plena ebullición, lo agarro de la mano y lo dirijo a su destino para que deje de sufrir. Tantas vidas pasando por mis manos han hecho de mí un artesano de la moral. Mi ávido y retorcido instinto se ha mantenido calmado durante años. Pero un día mi sufrimiento dejó paso a la acción. No sé exactamente si lo decidí yo o fue una ráfaga de envidia disparándome al pecho. Tomar el control remoto de millones de neuronas me han convertido en un semi-dios discreto, pero catatónico y voraz.

Con Marcos no fue diferente. En mi consulta consigo monocromatizar los destellos individuales. Aquí rigen mis leyes y nadie destaca por encima del otro más que en su destino final.

Antes de que monte en cólera quiero que sepa que la palabra “suicidio” nunca fue pronunciada durante todo el tiempo que estuve viendo a su hijo. Lo único que hice fue limpiar el sendero de matojos para que él mismo encontrase el camino. No hay nada más placentero para un envidioso que mirar a los ojos al ser envidiado y recibir un destello de su súplica.

Por eso y porque Marcos ha despertado en mí la envidia en estado puro, sin aditivos, me he tomado la libertad de hacerle partícipe del espectáculo final. No me gustan los espectadores, pero en su caso, me he tomado la molestia de invitarle al gran día que ocurrirá en el día, lugar y hora que le marco al final de la carta.

Al otro lado de la cuidad, Don Ramón llamó a su chófer sin poder hablar apenas y con el trote de su corazón a galope entre sus sienes y su boca, los ojos desbocados, su cabello mágicamente encrespado, a pesar de tantos años de tratamientos de belleza.

No cogió su chaqueta Don Ramón. Salió empujando la puerta acristalada de su despacho en la que se leía RIMBAU E HIJO S.L, voló al asiento trasero de su coche de lujo y le gritó al chófer: “¡A casa de mi hijo Marcos, deprisa. No respete los semáforos, no pare en ninguna esquina!”

En la carta ponía a las 20.00 p.m. y eran las 19.24 en su IPhone 6 Plus.

Cuando Don Ramón llegó al ático que le había regalado a su hijo Marcos por su veinticinco cumpleaños, no encontró la manera de entrar. Sin llave y desesperado, volvió a bajar al portal y entre gritos, el conserje pareció entender, según la declaración de la policía, que Don Ramón le ordenaba que le abriera, que le abriera, que le abriera la maldita puerta, que le abriera.

Esos cuatro minutos perdidos fueron cruciales. Quién sabe si Don Ramón hubiera podido evitar la visión del cuerpo de su hijo Marcos casualmente iluminada por un sol de cuadro de Sorolla, balanceándose, colgado por el cuello al compás de las campanadas de la iglesia de la esquina.

Don Ramón cayó fulminado y nada pudo hacer para que Marcos dejara de existir. Por un momento el silencio profundo e hiriente del ático de lujo reinó más allá de todas las fiestas, de todos los contratos, de todos los tejemanejes y chanchullos.

Se procedió como se procede en estos casos: policía, ambulancia, declaraciones. Al final de la partida, todas las piezas del ajedrez vuelven a la misma caja.

El conserje quedó encargado de arreglar el ático una vez hechas todas las comprobaciones. Pero el conserje no tenía muchas ganas de limpiar, ni de arreglar, ni de dejar las cosas como si no hubiera pasado nada. Justamente ese día, justo ese, no había sido un buen día tampoco para él. Así que cuando todo el mundo se marchó, se sentó en el sofá blanco de piel en el que tantas veces Marcos le había encargado una botella de champán y pensó: “Mañana me pongo con esto. Hoy tengo pereza.”

Y no hubiera pasado nada si no fuera porque el conserje y su pereza consiguieron dejar la ventana del ático abierta. Y esa noche llovió. Y la lluvia entró. Y borró la única prueba que inculpaba al psicólogo: la carta que le cayó a Don Ramón en el alféizar cuando con la mirada perdida, se acercó y gritó: “Noooooooooooooo”.

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Lujuria

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“Hoy voy con el tiempo justo. Que no se me olvide apagar el fuego a menos veinte, que con esto, ya lo tengo todo hecho”

Recuerdo perfectamente haber dicho esto en voz alta. Pero, para ser sincera, tengo ciertas dudas de si lo dije o lo pensé. Déjeme recordar…

¿Cómo se me iba a olvidar? Soy una mujer responsable, madre amorosa y respetada tía de familia. Me he labrado un estatus profesional, digno de cualquier ministra del PP, todo apariencia; a pesar de ciertas lagunas intelectuales. Tengo ropa cara y dos pares de Louboutin. Suelo irme todos los años de vacaciones quince días con mis amigas, que son lo más las tres. No debo mi casa al banco y, por las noches, duermo a pierna suelta. Mis pastillitas ayudan, desde luego. Pero voy reduciendo la dosis y ya sólo tomo una por noche.

El único pero, si es que puedo definirlo así, es mi ex. Mi amado ex. Mi adorado ex. Mi indispensable ex. Hace seis años que nos divorciamos. Yo preferí divorciarme, porque lo de separarnos no me parece cool. Si una decide acabar de querer a alguien, debe hacerlo con todas las consecuencias, pero con un cuidado exquisito, pendiente siempre de cada una de las cláusulas del contrato.

Decía que era el único pero y el motivo es que, por su culpa, sufro una adicción incontrolable, irresistible e indispensable. Un vicio que no puedo revelar en público y casi ni en privado. La única cosa que hacía que deseara salir corriendo de cualquier reunión por muy divertida que fuera, de terminar cualquier cena con las amigas, por muy entretenida que estuviera, de despertarme en mitad de un sueño, por muy erótico que pareciera, era el rabo de mi ex. Perdón, quizás estoy siendo muy explícita. Quizás podría decir que su piel me contagiaba deseo, que sus labios eran los únicos que podían hacerme gritar, que su olor me nublaba el sentido. Podría decir todo esto, porque todo sería verdad. Pero lo que me llevó prácticamente a la locura fue su polla. Su forma, adaptada anatómicamente a mí; su tamaño, perfectamente diseñado para complacerme; su manera de crecer dentro de mi boca, casi de manera imperceptible, tan abrupta y desesperada al final. Ese aparato de mi ex me hizo entrar en un mundo de pasiones desmedidas, que me ha convertido en lo que soy.

Pero, disculpe, me estoy yendo por las ramas. Quiero centrarme. Debo centrarme.

El jueves pasado llegué a casa con palpitaciones. A decir verdad, llevaba con palpitaciones varios días. Todo empezó a raíz de mi coqueteo con esas páginas de internet que anuncian el amor verdadero, la cita definitiva, el compañero ideal. Reconozco que, al principio, era un poco reacia a estas cosas. Pero después de unos años con tanta sequía sexual, me pareció un opción divertida y anónima. Por supuesto, no pensaba utilizar fotos reales, faltaría más. Tengo una reputación y antes muerta que desesperada.

Conozco el mundo intangible y tentador de la red, porque trabajo en él. Pero jamás pensé que pudiera llevarme a esta callejuela sin salida, a este tormento carnal y desbocado. Empecé tonteando algunas noches, contestando mensajes de hombres que estaban desesperados por follar. Estaba realmente horrorizada con tanto capullo, tanto feo, tanto inculto.

Al principio contestaba casi todos los mensajes. Con el tiempo empecé a filtrarlos. Primero por foto. Después por faltas de ortografía. Y, por último, por cómo se manejaban en la seducción. De esta manera me quedaba con muy pocas opciones. A ver, no es que yo sea Brigitte Bardot, pero un poco de amor propio aún tengo. Y no puedo con las fotos esas horrorosas de gente de mi edad que parece que tenga veinte años más. Ni con siete faltas de ortografía en la misma línea. El caso es que tuve que empezar a abrir la horquilla si quería encontrar a alguien con quién quedar alguna noche.
Un día me armé de valor y, después de varios días hablando con un señor de Murcia que parecía agradable y sólo tenía faltas de vez en cuando, me decidí a quedar con él. Honestamente, este señor me ponía muy cachonda de una forma nueva para mí, a través de las palabras y sin ningún contacto físico. Yo sabía que no iba a encontrar nada parecido a mi ex en la cama. O, al menos, eso creía.

La noche de autos fui sin demasiada esperanza al encuentro. La ausencia de sexo en mi vida después de tantos años de orgasmos interminables y placenteros, me estaba convirtiendo en una especie de mantis religiosa en la sombra. Odiaba secretamente a todas las parejas que quedaban el día de los enamorados y, en secreto, planeaba quitarles el novio a todas, demostrando así, que los hombres son lo que son y que yo había nacido para desenmascararles. Pero al llegar al bar de la cita, me encontré que el señor de Murcia era mucho más mono de lo que parecía en la foto. Olía muy bien, y, lo mejor de todo, mostraba un imponente paquete que se intuía majestuoso debajo del pantalón.

Duramos dos gin-tonic allí. Al empezar el tercero dejé de responder de mis actos. Me metió mano tan descaradamente que noté cómo se dilataban mis pupilas y mis genitales. Después del primer beso, todo se agolpaba en mi cabeza. Salir corriendo del bar, llegar a un hotel, arrancarnos la ropa y estar follando hasta que se hizo de día.

A partir de aquí, he entrado en una especie de bucle interminable de pollas y citas. Todas me parecen bien. He bajado tanto el nivel, que la única falta de ortografía que no tolero es Ola sin “h” en el hipotético caso de que no me estuvieran saludando y me estuvieran dando el parte meteorológico. Voy como un potro desbocado conectándome en cada rincón, desatiendo mi trabajo cuando recibo un Whatsapp, encerrándome en baños públicos para tocarme. El deseo se ha apoderado de mi voluntad y me ha engullido sin compasión. Me he hecho experta en mentir a mi familia y siempre encuentro excusas para desaparecer por las noches; volviendo, como una vampiresa, con la boca manchada de sangre y saciada, al cabo de unas horas.

Mis palpitaciones empezaron entonces. Cada cita era más breve y más intensa. Y con menos tiempo entre ellas. Iba como una yonqui enganchada a la red, buscando mensajes, buscando feos con pollas, buscando mi ración de sexo.

El jueves fingí un tremendo dolor de cabeza para poder marcharme del trabajo. De camino a casa, el clítoris me latía como si el corazón se hubiese desplazado allí. Estaba empezando dos historias que me tenían loca y, no aguantaba tanto ardor fuera de casa. Necesitaba desahogarme y, por eso, llegué antes de lo previsto, puse el cocido al fuego y me entregué al arte del sexo cibernético que era lo único que conseguía saciarme entre semana.

Lo demás ya lo sabe usted, doctor. Se me olvidó apagar el fuego, porque el mío era más intenso. Y quemé mi casa.

Venir a terapia puede ayudarme pero, lo que realmente me está descolocando ahora mismo, permítame que se lo diga, doctor, es que no le he visto tomar notas en toda la sesión. Espero no estar aburriéndole demasiado.

-¿Doctor?

El Dr. Muñoz levantó sus ojos del boli que había estado manoseando durante la hora que duró la consulta y, por un momento, miró fijamente hacia donde me encontraba. Juraría que sus ojos eran verdes, pero un destello los convirtió en negros de un plumazo. Me asusté.

– “Debemos seguir con la terapia”, fue lo único que me dijo.

Le pagué y me fui.

Al salir de la consulta, el doctor anotó en su libreta:

“Imposible seguir neutral. Necesito vivir esta nueva vida. Muero de envidia.”

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