Ira

IRA

       Ira

      Helena se encontraba absorta contemplando el compendio de objetos resultante del empeño obstinado de acabar con la vida de las amantes de su marido. Tenía ante sí una pistola, una caja cuyo contenido era veneno para ratas, una jeringuilla con su aguja y un papel algo arrugado del tamaño de la palma de la mano con algo escrito en su interior.

     Helena Terrón no tenía problemas para solventarse la papeleta. Llevaba años viviendo a costa del dinero de su marido y eso le daba cierto margen de maniobra a la hora de elegir qué comprar en sus dilatados días y qué maquinar en sus dilatadas noches. Helena no llegaba a los cuarenta y cinco años y, sin embargo, aparentaba cuarenta y dos. Las cremas de caviar, los lifting, los recortes corporales y las siliconas añadidas entre otras muchas cosas, hacían de ella una mujer patrón a la que cuando mirabas, creías conocer por ser idéntica a tantas otras ricas. Eso le hacía adquirir cierto grado de complicidad con extraños que siempre le vino bien a la hora de recaudar fondos para su parroquia. Helena Terrón era como un limón del Caribe, de un verde amarillento e hipnótico por fuera, pero de un ácido impermeable por dentro. Estaba tan acostumbrada a la doble moral, que confundía los pecados entre sí, y no se aclaraba del todo con la penitencia. Así Helena dejó de sentir remordimientos por sus deseos de venganza confundiendo la ira con el deber, el odio con la razón y la venganza con la limpieza.

       A Helena le gustaba escribir su nombre con hache porque le daba cierta distinción y empaque. E insistía mucho cuando la obviaban. A ella y a su hache. Pero como bien sabía Helena, no hay nada que el dinero no pueda comprar, excepto la salud, que esa es Dios quien la reparte. Por eso cuando se enteró de la primera infidelidad de su marido, su cólera duró lo que tardó en hacerse con un revólver. Como no entendía nada de armas más que lo que había visto en televisión, Helena se hizo con un portátil para obtener información sin levantar sospechas. Era Helena un ser obstinado que no cejaba nunca en sus empeños, ya fuera un abrigo de piel de zorro o una recaudación para pobres en cualquier rastrillo. No en vano su padre era juez y su madre procuradora, que de casta le viene al galgo, y Helena había terminado su carrera de Derecho aunque no ejerciera nunca. Conoció a su marido en la Facultad, un tuno con el cabello ensortijado y con laca, y supo desde el día que le dio su primer beso que sería el padre de sus hijos. Finalmente, sólo tuvieron una hija. El útero de Helena se negaba a albergar otra vida a pesar de los costosísimos tratamientos y de las oraciones vertidas. Y después de cuatro años de infructuosa desesperación, el marido de Helena empezó a cambiar. Helena lo achacó al disgusto de no poder procrear, ya que la familia de su marido era de una severa moral cristiana y el miembro que menos descendientes tenía contaba son seis vástagos. El marido de Helena no contemplaba el divorcio, pero sí muchas visitas y encuentros con mujeres de altas esferas que estaban cansadas de sus maridos y muy dispuestas a hacerle olvidar su fracaso paternal.

       Así, Helena, un poco por su complejo de culpa, un poco por hacerse la sueca, prefirió pensar que el trabajo de su marido le ocupaba más horas de lo previsto y que sus continuas ausencias eran fruto de su abnegada labor al frente de una empresa con más de mil empleados y que siempre daba cestas en Navidad.

     Descubrir que su marido le era infiel resultó aburrido de lo fácil. Y Helena, que se aburría a mares, se fue construyendo un muro de impotencia y rencor de tal tamaño, que fue imposible aplacarlo con más viajes, más lifting y más ropa. Un buen día, acostumbrada a la ignorancia ciega de su esposo y a la pusilanimería de su círculo de amistades, Helena decidió acabar con sus días de hastío. Se propuso asesinar a las amantes de su marido.

       La primera arpía que se lo tiraba era una ejecutiva de su empresa. Este romance duró tres años. No era especialmente guapa, pero tenía un alto poder de seducción y un carácter autoritario que le daba muchas ventajas en la cama. Helena acudía cada tarde a la salida del trabajo de su marido para ver con sus propios ojos como se metían juntos en el coche de él y desaparecían Gran Vía abajo. Su rabia era infinita, su odio imposible de describir. Pero nada podía reclamar una mujer seca por dentro, que tenía una vida envidiable, al hombre que se la proporcionaba. Así que en un ataque de ira se hizo con un arma. No le costó más que dos días de conversaciones con el guardia de seguridad de su urbanización.

       Helena la tuvo a tiro en cuatro ocasiones. La última fue en el parking de un centro comercial de lujo. Pero cuando estaba a punto de disparar, una mujer mayor que pasaba desparramó sus bolsas entre ella y su objetivo y la arpía que se follaba a su marido acudió tan solícita a ayudarla que Helena sin querer se apiadó. No pudo disparar.

      La segunda infidelidad de la que tuvo noticia fue por una zorra a la que su marido había dejado preñada. Era amiga de la familia, casada y con una reputación intachable, de las que le gustaban al marido de Helena. Este romance duró cinco años entre idas y venidas en los que Helena acumuló tanto odio que se puso enferma en varias ocasiones. Incluso le detectaron un tumor. Helena durante este tiempo se consumía, de tienda en tienda, gastando millonadas en detalles absurdos y bebiendo el mejor bourbon de importación. El día que acudió a comprar el veneno de ratas, fue cuando se enteró de que aquella furcia estaba embarazada y que iba a tener el niño.

       En una cena de Nochevieja que organizó la misma Helena, todo estaba preparado para verla morir. En el menú, aparte de montaditos de pan con foie y vinagreta de amapola y nécoras en salsa con arroz frito, iba a haber un plato especial espolvoreado con raticida que haría que aquella furcia muriera delante de todos sus amigos con un estertor de película americana, dejando caer su cabeza limpiamente sobre el postre. Pero Helena se compadeció de nuevo cuando en el brindis, aquella mujerzuela pidió por su madre enferma de Alzheimer. El veneno se quedó en un cajón.

       La tercera infidelidad fue la más dolorosa porque fue pública. Esta infidelidad duró siete años. Helena escupía bilis cada vez que su marido venía de sus múltiples viajes de negocios con la piel brillante, como hecha de purpurina. ¡La de veces que pidió a Dios que aquella degenerada muriera por sí misma y no tener que inyectarle aire en la yugular con la jeringuilla que tenía en la taquilla del vestuario del gimnasio! Este engendro de ser humano era una escenógrafa de renombre que se había alzado con el último y prestigioso premio “Creatividad Sin Límites”. El matrimonio la conoció en un evento absurdo y la escenógrafa se encargó de desabrochar los límites sexuales de la bragueta del marido de Helena.

       Un día, Helena planeó una tarde de relax en el spa con Miss Glamour. Se llevó la jeringuilla. Pero no planeó que la susodicha se desparramara en lágrimas contándole su miserable infancia llena de miedos y soledades. No pudo matarla y se fue a casa como había venido: ahogada en una pleamar de incertidumbre y cólera…

      Era el primer día de invierno, eso lo recuerda perfectamente Helena, y recuerda también que se estaba arreglando para salir a comer con sus amigas, ¿o era a comprar zapatos?, eso no lo recuerda. Lo que tiene nítido como si acabara de ocurrir es escuchar a lo lejos en la televisión el nombre de su marido, salir corriendo de su dormitorio, ir al salón, y verle, a él y la escenógrafa, sonrientes y felicísimos, en uno de esos programas del corazón que veían todas sus conocidas, en el palco de un teatro en el estreno de la obra de un personaje muy conocido.

       Helena había aguantado años de infidelidades y de lloros tántricos. Pero eso fue la gota que colmó el vaso. Que su marido la obviara públicamente y apareciera como la pareja oficial de aquella zorra, le llevó a un estado de semiinconsciencia y de debacle, imposible de controlar ni con todos los tranquilizantes que tomaba. Helena pegó un golpe a la megatele de plasma y se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Su cabeza ardía y comenzó a hiperventilar al compás del reloj de cuco. Su ira explotó como un orgasmo que tenía en la punta de la lengua y que siempre se le quedaba atravesado. Su rencor la amenazó con perturbarla. Su rabia le plantó cara para no marcharse jamás.

       Ahora Helena tenía todas las armas delante y estaba decidida a acabar con su esposo. No había en el mundo nada que le hiciera compadecerse de él. Sopesó por última vez cual sería el método elegido y acabó por coger el papel y marcar el teléfono que había escrito en él.

       Al otro lado de la línea una mujer respondió y Helena dijo unas palabras en clave. Todo muy de película de cine negro. Ellas nunca se verían. Solo tenían que acordar a quién, cuándo y cuánto. Cuando todo estuvo pactado, Helena sintió un alivio inconmensurable. Por fin podría dormir tranquila.

       Lo que no sabía Helena es que iba a ser chantajeada el resto de su existencia. Eva trabajaba así, a base de chantajes. Había matado a mucha gente y vivía de la memoria de sus muertos. Nunca tenía bastante, siempre quería más. Cuando lograba el dinero, quería un descapotable y cuando lo conseguía, quería un casoplón. Eva era así, avariciosa por naturaleza. Y la verdad era que le iba muy bien.

Lee anterior relato de Rosa Clara: PEREZA

11 pensamientos en “Ira

  1. Debo confesar, Rosa Clara, que desde que lei LUJURIA quedé atrapado por la lectura de todos tus relatos. Asi que ya me tienes en lista de espera impaciente por tu nueva publicación. Hasta pronto

  2. Gracias Paco. Yo también estoy enganchada a tus fotos. Así que estamos condenados a leernos. Vamos a ver que me inspira la avaricia. Espero estar a tu altura.

  3. Me están gustando mucho los relatos encadenados de los pecados capitales… de Rosa Clara García. Muy amenos y con un toque especialmente irónico que llaman la atención. Sigue Rosa, sigue.

  4. Me encantan!!! En cada una de las caras de este prisma se reflejan realidades. Esta chica tiene mucho que contar!!!

  5. Esta chica es un torbellino de ideas, un volcán de sensibilidad, es aire fresco, locura en la pluma y luz en la sombra.

  6. Pingback: Avaricia - LOS OJOS DE MIRARLOS OJOS DE MIRAR

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