El lector adolescente

lector adolescente 10EL LECTOR ADOLESCENTE

     No guardo precisamente un buen recuerdo de la adolescencia. No es, como la infancia, un paraíso perdido de pureza y luz, ni una explosión de energía brillante, todo futuro, como la juventud, ni pausa, reflexión y saber jugar la carta de la experiencia, como la madurez. Al contrario, es una época caótica, de permanente inseguridad, con la razón anegada por el sentimiento; un tiempo de sufrimiento y duda, dominado por el miedo al rechazo y por una enorme melancolía. Este estado emocional hace de la adolescencia oro puro para la literatura, a mi entender. En primer lugar, por supuesto, del adolescente como protagonista, y valga el muy conocido y justamente admirado “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger como ejemplo y en segundo, pero casi más importante, como lector.

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      Pocos serán los adolescentes aficionados a leer, de acuerdo, pero a falta de formación o criterio, el lector, a esa edad, está dotado de una sensibilidad extrema que le permite conectar con el fondo de la obra mejor que los demás lectores, más receptivos quizás al continente que al contenido. Supongo que suena raro escuchar que Pío Baroja sea uno de los escritores que mejor conectan con la desorientación y la angustia adolescentes, pero sinceramente así lo creo.

       Su novela “La Busca” relata las andanzas de un adolescente que queda huérfano y solo, al poco de llegar al Madrid, a caballo entre dos siglos. Es una novela dura y lúcida como todo lo que escribió Baroja. La despiadada descripción de la España de finales del XIX es brillante y magistral, y es el escenario brutal donde Manuel, el protagonista, tiene que abrirse camino. Pero es también magistral como describe el estado anímico, las dudas y la angustia del protagonista, sus primeros amores, la confusión que le causan…            Lo leí con 15 años y, aún hoy, me maravilla cómo consigue que se identifiquen con tal claridad lector y protagonista, con un siglo de por medio.

          Aun siendo “La Busca” la única novela de Baroja protagonizada por un adolescente, siempre maravilla la sensibilidad con la que trata la adolescencia en sus relatos, aunque aparezca de modo fugaz. Valga como ejemplo la deliciosa “Las inquietudes de Shanti Andía”, y el relato de las penas de amor de un joven marino. Y de la España del XIX, a la América profunda de los 40.

lector adolescente 3John Kennedy Toole se hizo famoso a título póstumo con la absolutamente fabulosa y descacharrante “La conjura de los necios”, pero poca gente sabe que previamente había escrito una novela corta, que tampoco llegó a publicar: “La Biblia de neón”, que narra las vivencias de un chaval pobre en un pueblo profundo del sur, y como el pastor de la Iglesia y su núcleo de fieles más duros se empeñan en destruir todo lo que de bueno, sano y espontáneo hay en su vida, por pura maldad. Es un relato crudo, notable aunque no sea una obra maestra, pero estremecedor si pensamos que el autor tenía sólo 16 años cuando la escribió. A los 31 años, J.K. Toole se suicidó sin haber visto publicada ninguna de sus obras.

      “La soledad del corredor de fondo”, de Allan Sillitoe, es un relato bastante peculiar. El autor, al igual que la mayoría de los protagonistas de sus historias, nació y creció en una época y en un entorno duros: los barrios obreros de las ciudades industriales inglesas durante la posguerra. Es decir, paro, alcoholismo, violencia, miseria…Vamos, lo que pocos años después los punk adoptarían como lema: “No future”.

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      “La soledad del corredor de fondo” cuenta las andanzas de un joven delincuente, y cómo, después de su detención, ingresa en un reformatorio de ideas muy avanzadas para la época. El director, hombre de clase alta, descubre que es un óptimo corredor de fondo. Con el argumento de que el deporte puede hacer de él un hombre honrado, lo convence para entrenar, y le autoriza a salir todas las madrugadas a correr por el campo para preparar una importante carrera contra el equipo de un prestigioso colegio privado. En estos momentos de soledad, cuando el protagonista corre por senderos helados, antes de amanecer, cuando se siente a la vez como el primer y el último hombre sobre la tierra, reflexiona sobre su vida, su futuro y la honradez. Si gana la carrera, el mundo será suyo, según el director, pero él se siente como un caballo de carreras, mimado y cuidado sólo porque puede dar beneficios. Por fin llega el día. Va en cabeza, destacado. Va a ganar. Pero a la vista de la meta, sus reflexiones cuajan, y decide pararse. Por honradez. Por pura honestidad: es quien es, viene de donde viene, y no tiene, es más, no quiere tener nada que ver con el director y su mundo. Asume las consecuencias. Que, por supuesto, son muy duras.

      Puede que sea una opinión equivocada, pero creo que este libro debería ser texto de lectura obligatoria en los institutos. La honradez no tiene que ser necesariamente seguir las normas. No engañarse a uno mismo, admitir tu realidad y afrontarla a tu manera, con un par, y con una sonrisa en los labios, también puede ser una actitud modélica. Sin contar, por supuesto, con su altísima calidad literaria. A modo de curiosidad, hay una excelente película de Tony Richardson basada en este relato.

     Hace ya algunos años, mi entonces muy joven hijo me pidió que le prestara algunos libros para acompañarle en un viaje largo. Él, amante de las pantallas y de la música punk, no había sido nunca lector. ¡Pero, menudo marrón! ¿Qué libros se le recomiendan a alguien de esos gustos y esa edad que le acerquen a la lectura? ¿No le parecerá pesado el relato que a su edad nos impactó de tal manera que todavía nos acompaña? ¿Algo provocativo, que le genere reacciones, dudas, preguntas? ¿Quizás poesía? La zozobra es inevitable. Vaya, al menos, para mí. Tenía clara una cosa: nada, pero nada en absoluto de literatura “para adolescentes”: ni vampiros melancólicos, ni best sellers de sectas secretas ni, con perdón, chorradas del género. Un adolescente no es tonto. No necesita que le demos nada masticado. Tiene que aprender a comer él solito, a escupir lo que no le guste, a paladear lo que le deleite y a pasar alguna que otra indigestión. Cada uno acabará escogiendo lo suyo, lo que le ayudará a convertirse en lo que de adulto haya de ser, para bien o para mal, en suma, en un ser humano único e irrepetible.

      Le dejé a mi hijo, al final, cuatro libros: “Cuentos”, de Baroja, una selección de relatos cortos de Chejov, “La soledad del corredor de fondo”, de Sillitoe, y, no sé por qué, las “Meditaciones”, compilación del pensamiento estoico del emperador romano Marco Aurelio. Si, ése, el que matan al principio de «Gladiator».

lector adolescente 6     Le gustaron, sobre todo, dos: el de Chejov, del cual comentamos cosas, pero hubo un libro que no me devolvió: las “Meditaciones”, de Marco Aurelio.

   Ya ves, uno rompiéndose la cabeza para encarrilarlo por el buen camino y, al final, escoge un tratado de filosofía con casi 20 siglos encima.

       Lo dicho: No hay mejor lector que un adolescente, aunque lea poco.

6 pensamientos en “El lector adolescente

  1. Muy bueno y ameno artículo, y no es amor de pareja, que también, pero es que me ha emocionado, máxime cuando habla de nuestro hijo.

  2. Echaba de menos otro artículo de Rafa Cebrián, al que no tengo el gusto de conocer, pero que me parece que tiene una prosa clara, directa y que destila sabiduría sin alardear de ello.

    De hecho me han dado ganas de leer dos de las novelas que recomienda: «La soledad del corredor de fondo» y «La Busca».

  3. Mil gracias, Honorato. Creo que «La soledad…» debería ser libro de lectura recomendada en los institutos: educar no es amaestrar.

  4. Querido Rafa;
    Mi hijo es un adolescente redomado. Pero un adolescente de los de ahora; enganchado a los juegos de ordenador y a los dibujos japoneses. Su mundo se reduce a su habitación y a algunos amigos. Ha tenido novia un año, por eso sé que siente y padece. Pero, por lo demás, podría inclinarme a pensar que es un ser anti social.
    Hace un mes o así me dijo: «Mami, me tienes que comprar un libro, El Buscón creo que se llama»
    – «¿El Buscón de Quevedo? – Pregunté petrificada.
    -» Sí, creo que sí».
    Rauda me lancé a las calles porque, aunque fuera lectura obligatoria en el Instituto y la tuviera que leer por obligación, pensé que algo le quedaría de Don Pablos y su picaresca y de las hazañas imposibles y denigrantes del pobre muchacho que intenta superarse a si mismo.
    Le traje una edición que siempre leía yo de joven (no voy a hacer publicidad. Sólo diré tapas negras). Cuando se lo di me dijo: » Jopé mami este tiene más páginas que el de mis amigos. Ya te vale».
    El libro ronda por su habitación. Lo he visto ya en, a saber, el suelo, la cama, el arcón y las estanterías. No creo que se lo haya leído. Aprobó el examen pero me da a mi que sacó la información de internet. Ahora se puede hacer.
    Mi hijo está desanimado y quiere dejar Bachiller. No hay manera de convencerle para que siga. Y yo mañana me voy a comprarle La soledad de un corredor de fondo. Porque, una de dos: o se hace una escalera con los libros que no ha ido leyendo, o entra en vereda y escribe uno titulado: La conjura de los videojuegos.
    No me doy por vencida.
    Gracias por las recomendaciones Rafa. Me falta por leer alguno a mi también.

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  6. Hola Rafa. Me ha gustado tu artículo porque me ha recordado mi adolescencia. Con quince años pasábamos el verano en un alquería aislada del mundo, lo que me convirtió en una devoradora de libros, más por aburrimiento que por otra cosa.
    Al leer tu artículo me he dado cuenta cuánto quedó en mí de aquellos días de lectura compulsiva. Recuerdo alternar novelas románticas del estilo de Corín Tellado con la Odisea, El lazarillo, todas las novelas de Julio Verne, la vida de Santa Teresa de Jesús, novelas de John Le Carre… Yo que sé. Todo lo que caía en mis manos. Mi amor por la lectura no decayó con los años aunque me hice más selectiva y la presbicia me hizo frenar poco. Te doy la razón, la adolescencia es una muy buena etapa para leer, aunque se lea poco. Gracias.

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