Palabros y palabrotas

palabros y palabrotas

   Palabros y palabrotas

      Uno de los principales argumentos esgrimidos por los detractores de la presencia de las Humanidades en nuestro sistema educativo es su falta de utilidad práctica. Pudiera ser, no lo voy a discutir ahora, pero quisiera romper una lanza en favor de, al menos, dos de estas cada vez más relegadas materias: la Gramática y la Literatura, y quisiera hacerlo desde un punto de vista absolutamente utilitarista, porque son excelentes armas de autodefensa. Intentaré explicarme con varios ejemplos prácticos y, desgraciadamente, absolutamente reales, extraídos de mi propia experiencia.

     Hace ya unos años, escuchaba en la radio una entrevista al delegado de Educación de la ciudad en donde habito. Se le preguntaba por la endémica falta de centros escolares de Primaria y Secundaria para atender a la población de varios barrios periféricos. Por aquel entonces quedó vacío un antiguo cuartel militar, y en una rueda de prensa, el susodicho delegado comunicó, palabra más, palabra menos, que “en las antiguas instalaciones del Ministerio de Defensa iba a procederse a la ubicación de un centro funcional de enseñanza para cubrir las necesidades de las áreas de población afectadas”. Un periodista preguntó que qué era exactamente un “centro funcional de enseñanza”, a lo que el preboste, ya mayor y de procedencia rural, respondió en mal tono. “¡Pues eso, collons, que funcionará hasta que encontremos algo mejor!”. Es decir, que si nadie pregunta, y las directivas de las AMPAS no están versadas en Gramática y Literatura, se la meten doblada, con perdón.

    Y es que las palabras complicadas, las frases enrevesadas y las expresiones de nuevo cuño pueden ocultar, en muchos casos, los peores significados. Puede, por ejemplo, confundir mucho, e incluso infundir esperanzas de mejora, el que, en medio de una crisis terrible, el gerente de una fábrica convoque a los representantes de los trabajadores para comunicarles, con tono dinámico y animado, como el que ha descubierto el camino de la salvación, que “la empresa ha decidido, al objeto de ser más competitiva, optimizar la productividad de los recursos humanos fomentando la multitarea y la polifuncionalidad de los operarios, así como la eliminación de los tiempo no productivos a lo largo de la jornada”. Suena de la hostia. Ya estamos al nivel de las fábricas suecas o alemanas. ¡Nuestro es el futuro! Pero no. En realidad está diciendo, más o menos, lo siguiente: “os voy a explotar hasta que lloréis sangre, y de jubilarse, ni hablar: ¡moriréis en vuestro puesto de trabajo!”. Y claro, si no lo sabes traducir, te vas a la cama lleno de fe y esperanza en un nuevo futuro. En cambio, si lo entiendes, te pasas la noche repasando una y otra vez la legislación laboral buscando resquicios para defenderte.

     En realidad, pocos términos de nuevo cuño hay que rechinen más a mi modesto entender que “recursos humanos”. Supone poner por escrito y negro sobre blanco, valga la redundancia, que a los trabajadores se les pone al mismo nivel en una empresa que a la maquinaria, las materias primas, el gas o la administración. Y no es lo mismo. Cuando se “optimiza” una máquina hasta el límite, se repara y listo.

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“Recurso humano” paseando a su perro

     Pero cuando se “optimiza un recurso humano”, el susodicho no puede estar como es debido al tanto de las notas de su hijo adolescente, ni disfrutar de un paseo con su familia, ni leer el tiempo que le gusta. Un “recurso humano” tiene que levantarse a atender a su hijo recién nacido por la noche, acompañar al médico a sus padres, pasear al perro y, en la medida de lo posible, disfrutar de ello. Un “recurso humano” tiene rupturas sentimentales, pérdidas, accidentes…Y os puedo asegurar que todo eso no le pasa a una materia prima, a las fotocopiadoras o a las herramientas del taller. En definitiva, hablar de recursos humanos en lugar de hacerlo de seres humanos denota, para mí, una muy peculiar manera de entender las relaciones laborales.

      No quiero entrar en el campo de la política, porque sería un no parar: ¡esa “movilidad exterior”, Sra. Báñez!, y ¡esos “finiquitos en diferido”, Mari Loli!

      En definitiva: Hay que estudiar y hay que leer mucho. Las palabras no son inocentes. Según cómo y quién las utilice, pueden hacer mucho daño, y hay que conocerlas bien para poder defenderse. Yo, por experiencia, cada vez que escucho a alguien con mando, ya sea primer ministro o encargadillo de sección, decir con sonrisa ufana y pecho henchido aquello de “¡vamos a generar sinergias!”, huyo, rápido y lejos, no sea que me quieran convertir en sujeto pasivo de una relación meramente anal. O sea, que me den, pero bien.

3 pensamientos en “Palabros y palabrotas

  1. ¡Muchas gracias, Gloria!. En mi modesta opinión, el sentido del humor es, en estos tiempos, pura supervivencia.

  2. Pingback: Relaciones laborales - LOS OJOS DE MIRARLOS OJOS DE MIRAR

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