Pereza

pereza 2

¿Cómo combatimos las perezas en nuestra vida? Observando de las hormigas:

• No esperar a que nos manden. Vr 7

• No hacer las cosas porque nos vigilan. Vr 7

• Pensar y prever el futuro. Vr 8

Quiero terminar con una pregunta para usted que me está leyendo, está en el versículo 9 del mismo capítulo 6 de proverbios. Ojalá los cuestione como lo ha hecho conmigo. Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño?.

Proverbios 6, 6-11

        Víctor cerró el librito que había encontrado en un taxi hacía un mes. Era el único libro que había leído en muchos años. Lo puso al lado del wáter y tardó en leer las catorce páginas un mes exactamente. Los libros le aburrían. En casa no tenía ninguno y en el trabajo tenía sólo una especie de agenda donde apuntaba cosas de los vecinos que tenía necesariamente que recordar. No tenía móvil, nunca estuvo dispuesto a aprender a usarlo.

        Víctor tenía 43 años y desde los 20 estaba trabajando como conserje en un edificio de lujo. Sin entrar en detalles, digamos que Víctor era pequeño de tamaño, 1,69 exactamente, lo que le daba el aspecto de un adolescente trasnochado.

     El trabajo fue una herencia de su madre, Doña Adela, que murió al bajar de la escalera que había puesto en la calle para limpiar el cristal del portal. Quiso el caprichoso azar que pisara una mierda blanda, resbalara, y se pegara un golpe determinante en la sien. Y, en agradecimiento, los vecinos decidieron otorgar el puesto vacante al hijo de Doña Adela per secula seculorum, una mujer que limpiando la mierda ajena no vio la propia.

      Los vecinos eran conscientes de la falta de entusiasmo de Víctor. Al principio lo achacaron a la depresión que alegó tras la muerte de su madre. Pero pasados los meses, Víctor no daba muestras de mejoría. Casi cada semana había que llamarle la atención por la desatención, tanto de sus obligaciones en el edificio como por su falta de higiene personal. Y es que Víctor era la pereza andante. Solía llevar una camiseta en la que se leía “PA´VERNOS MATAO. QUINTOS DEL 74”, un vaquero bastante roñoso y unas zapatillas que un día fueron blancas con rayas fluorescentes. Los vecinos le compraron una especie de chaleco azul cobalto que tapaba, en parte, el bochornoso espectáculo ofrecido. En cualquier otro sitio le hubieran despedido, pero Víctor tenía un contrato sellado debido a la doble moral y caridad cristiana de los vecinos de la urbanización de lujo Las Dunas 15º, un complejo de culpa que Víctor aprovechaba muy bien. No hay que confundir pereza con estupidez, antes bien al contrario, el vago saca beneficio con el mínimo esfuerzo, y eso requiere de inteligencia. VÍctor disponía de la confianza total de sus vecinos. Tenía llaves de todas las puertas y en muchas ocasiones era cómplice de idas y venidas secretas a cambio de una suculenta propina.

         En el edificio de Víctor había sólo tres puertas, una por planta. El tercer piso era el ático del desafortunado Sr. Marcos, que ahora estaba en venta. Los vecinos insistían en que no se alquilaría pronto, que un suicidio en una casa de alguien tan popular, acaba por atraer sólo a tarados, y que tendrían que pasar algunos años para que alguien la comprara.

        Con semejante panorama, no podía imaginar un trabajo extra más desagradecido que mostrar una casa a millonarios que le miraban con desprecio, cuando le miraban. Y mucho más ahora que no se acababa de encontrar bien. Hasta la fecha, la mayoría de sus males eran fingidos. Solía encadenar un justificante médico con otro que, aunque no le eximían de trabajar, le reducían las tareas de una forma considerable. A su habitual “polinosis”, que no era más que una alergia al polen que él alargaba seis meses, había que añadir un extraño mal que llevaba unas semanas mostrándose de una forma tímida pero incansable. Sus manos y sus pies no le respondían de forma habitual. Al principio sólo era al despertar, pero con los días sus manos estaban cada vez más torpes y los pies eran como bloques de hielo, tropezando una y otra vez. La forma en la que empezaban a paralizarse comenzaba a ser preocupante. Pero Víctor había aprendido que estar entre ricos es como estar entre muertos: sólo existes si eres como ellos. Así que, se ahorraba hablar que era una de las cosas que tampoco le gustaban. Digamos que nada que supusiera un esfuerzo era de su agrado. Ni siquiera olfateando una recompensa era capaz de esforzarse. Sabía de buena tinta que la mayoría de gente con pasta no había hecho nada por tenerla, sólo nacer. Las fortunas se heredan, sólo hay que mantenerlas. O se roban. Ningún empresario de los que conocía Víctor era trigo limpio. Y quizás por su apostura tan gentil, por su capacidad de camuflarse, por su increíble falta de coraje, Víctor era infravalorado, como suele pasar con este tipo de seres. Los ricos no son tan listos como parecen. Y cuando la pereza se viste de educación es capaz de disfrazarse de diligencia.

        Una mañana de mayo Víctor se despertó con más dolores de lo habitual. Al mirarse al espejo notó unos pequeños bultitos en su cabeza. Algunos de ellos incluso parecían apéndices de otros más grandes. Eso, unido a la ya casi imposible movilidad de sus brazos y piernas, y al tacto como de corcho que estaba adquiriendo su cuerpo, le llevó en un taxi a urgencias. Obvio decir que esperar le causaba pereza y el hospital estaba de bote en bote, y se fue.

        Al día siguiente Víctor se dirigió como cada mañana a su trabajo. Nada le podía hacer sospechar que iba a ser el mejor día de su vida. O el peor según se mire.

        Al llegar al portal vio un papel junto con lo que parecía un paquete con arena. Era una nota de Doña Helena, vecina del 1º, a la que Víctor había hecho partícipe de sus dolores. La nota decía:

      “Víctor, como sabes, estuvimos en Tierra Santa hace unos días. Me acordé de tus dolores en las piernas y brazos. Te he traído tierra de allí, que es santa, y dicen que si la mezclas con agua y haces una especie de arcilla, te la puedes aplicar en las zonas doloridas y es mano de Santo. Espero que te alivie. Todo sea por la memoria de tu santa madre que Dios la tenga en su Gloria”.

       Preparar la arcilla parecía un proceso costoso para Víctor. Así que se puso el chaleco, cogió la palangana que tenía para las goteras del cuartito del que disponía para los aperos de limpieza, volcó todo el saco de tierra y echó agua. Movió un poco con la mano, cada vez más inútil, y quedó una pasta de barro. Víctor pensó que sería agradable sentarse en su mostrador de conserje con los pies en remojo en esa arcilla santa mientras veía volar las moscas. Así que se sentó en su taburete alto con sus pies en la palangana llena de arcilla, de tal manera que sólo se le veía de cintura para arriba sin nada que hiciera intuir que sus pies pisaban Tierra Santa.

        Y en esa posición se quedó Víctor para siempre. Cuando empezó a notar que sus brazos quedaban completamente rígidos y horizontales, que sus pies parecían anclarse en el barro y que de su cabeza brotaba el cabello más grueso que jamás hubiera imaginado, Víctor apenas tuvo tiempo para ponerse de pie. De esa forma vio por última vez su cuerpo, ahora convertido en tronco, sus brazos en ramas y su cabello en frondosas hojas que vio de soslayo. Imposible moverse, sus pies habían echado raíces. A Víctor apenas le dio tiempo a sonreir, por última vez, imaginando su nueva y maravillosa vida. Y luego todo fue paz. Víctor se convirtió en un árbol.

        Cuando Doña Helena entró al portal buscó a Víctor, pero no lo encontró. Apartó aquel horrible árbol que, sin duda, Víctor debía haber puesto allí y miró detrás del mostrador, por si hubiera dejado una nota. Pero Doña Helena sólo encontró las llaves de su marido, que reconoció por el llavero, junto a una nota que decía:

        “Doña Helena se va el miércoles de esta semana. Avisar amiga Sr. Aguirre.”

        La agitación se apoderó de Doña Helena, pero ni un solo gesto la delató. Se mordió la lengua tan fuerte que la sangre le inundó la imaginación. Se aferró a su medalla de la Virgen del Carmen pensando: “Aplaca tu ira. Dios está contigo”. Pegó una patada al árbol que se tambaleó por un momento y sólo el dolor que sintió al estrujar las llaves en su mano con todas sus fuerzas, la devolvió al mundanal ruido. Se atusó el pelo y volvió al ascensor.

        Y allí quedo el árbol y un olor rancio de ira frustrada paseando por la portería de la Urbanización de lujo Las Dunas 15º.

Lee el anterior relato de Rosa Clara: ENVIDIA

Lee el siguiente relato de Rosa Clara: IRA

9 pensamientos en “Pereza

  1. Gracias Paco Alberola. A partir de ahora cuidadoso con las piedras y los árboles, no vaya a ser que nos entiendan…

  2. Excelente relato, y excelente reflexión. Me confieso perezoso, y lo disfruto. La lentitud, la contemplación, la reflexión…me parecen virtudes excelentes.
    Espero el próximo relato con impaciencia.

  3. Querido Rafa Cebrian, gracias por tus palabras. Todos somos perezosos en lo profundo, eso es así. El siguiente será Ira, ya estoy en ello. Besos.

  4. Abandona tu Pereza Carlos, sal del ensimismamiento. Cualquiera diría que tienes otras cosas que hacer 😉

  5. Pingback: Ira - LOS OJOS DE MIRARLOS OJOS DE MIRAR

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