Relaciones laborales

Relaciones laborales 1      RELACIONES LABORALES

     Hay quien piensa que es el dinero el motor del mundo. Otros, en cambio, apuestan por el ansia de conocimiento o la voluntad divina. Algunos se decantan por el amor, el deseo o el poder. Pues bien, mi encargado creía firmemente que son los gritos los que mueven el mundo, y que le bastaba plantarse a primera hora de la mañana en la sección de la fábrica donde trabajo y lanzar un par de berridos para que las tuercas se ajustasen, las correas se tensaran y las máquinas funcionasen a pleno rendimiento.

    Y es que mi encargado era todo un ejemplar: de origen rural, cincuentón, putero, cazador, cofrade de Semana Santa, facha y, por supuesto, un absoluto incompetente. El cómo había llegado aquel espécimen de eslabón perdido a dirigir una sección en una fábrica de la industria química tiene su explicación: un cuñado bien situado. No podía ser de otro modo. Y si hablo en pasado es por una razón elemental: ya no está entre nosotros. Desapareció un Domingo de Resurrección. Y solo yo sé cómo, y me propongo contarlo.

     Antes de nada, os pongo en situación: tengo cincuenta y muchos años y llevo media vida haciendo el mismo trabajo cansado y aburrido en la misma fábrica, y haciéndolo bien. No es que mi sección sea precisamente un acelerador de partículas, pero vaya, tiene su aquel. Trabajo tres de cada cuatro fines de semana, a turnos, noches incluidas. Si sumamos a esto que la crisis económica ha llevado las condiciones laborales a un nivel, digamos, decimonónico, y lo que es peor, eliminado las prejubilaciones, se podrá entender mejor de qué humor estaba yo aquella espléndida tarde de abril cuando apareció él, a escondidas y por la puerta trasera, con la poco loable intención de pillarme en falta.

     Lo que me dispongo a explicar ahora no es una excusa: es la simple exposición de unos hechos que condujeron a un final lógico y a mi entender, predecible. No juzgo: expongo. Poneos, pues, en situación: con todo lo que ya os he dicho que llevaba a cuestas, y mientras peleaba, llave inglesa en mano, con una pieza bloqueada, me aparece el elemento este, vestido con un chándal “Habibas” recién planchado, mocasines relucientes y el pelo engominado a conciencia, hábilmente distribuido para tapar el cartonaje, palillo móvil en la boca, y soltando eructos con retrogusto a JB.

     A ver, no pretendo justificar lo que hice, si no explicarlo. Lo que pasó fue algo absolutamente previsible y natural. Me explico. Imaginad un edificio mal diseñado y peor construido utilizando materiales de ínfima calidad, con un mantenimiento nulo, sometido a lluvias, huracanes y calorazos, utilizado a temporadas en exceso, y otras, abandonado. Si en este antro entrase un inconsciente y diese un martillazo en una viga maestra, ¿a quién aplastaría el consiguiente derrumbe? Exacto. Al cretino del martillo. Y en esas estábamos, yo, harto de todo, y aquel elemento, dándome la espalda, brazos en jarras y soltando a gritos una retahíla de frases rancias sobre Dios, los moros, Venezuela, el Madrid y las mujeres.

     Y entonces sucedió. Con el último tópico racista, dio el martillazo a la viga. Y cedió. Vaya si cedió. Creo haber dicho que tenía yo una llave inglesa en la mano. Veintidós pulgadas y cuatro kilos de acero al cromo-vanadio, una maravilla de la siderurgia nacional, equilibrada y fiable que llevaba doce años conmigo. Sólo tuve que flexionar muy ligeramente las piernas y girar la cintura con fuerza al tiempo que iba extendiendo el brazo, y por ende, la llave, un poco de abajo a arriba, concentrando en el cabezal toda la fuerza producida por el movimiento de mis muchos kilos de peso. Física pura. Le alcanzó en la base del cráneo, a la izquierda, a un par de centímetros de la oreja: un golpe sordo, un crujido seco, un hipo corto, y cayó de bruces. Mejor dicho, de morros.

     Quiero dejar claro que no fue un arrebato. No perdí el control ni me obnubilé, ni nada por el estilo. Aunque no fuera necesario más de un segundo para consumar el hecho, fui plenamente consciente de lo que hacía y controlé minuciosamente mis movimientos para no fallar. Una vez el cuerpo en el suelo, estuve a punto de perder el control. Ojo, que me asustaban las consecuencias, no el acto en si. Y ante una situación de este calibre, un hombre tiene dos opciones: dar la cara, reconocer los hechos y asumir sus consecuencias, o bien esconder el marrón y escaquearse de un merecido castigo. Ni que decir tiene que opté por la segunda. Y a ello me puse. Primero, control de tiempo: cinco horas hasta el relevo, suficientes para un buen operario, experto en el uso de las herramientas y medios de que dispone. Y es que, creedme, no hay nada como la industria química para deshacerse de un cadáver. La industria cárnica -digamos- lo transforma, pero quedan restos y, al menos durante un tiempo, aunque procesado, el difunto sigue de cuerpo presente en congeladores, expositores de supermercados y sacos de pienso para perros. En la construcción, un clásico, un cuerpo no desaparece. Queda escondido, habitualmente, bajo toneladas de hormigón, pero sigue ahí y al cabo de las semanas o los siglos, aparece. En cambio, aquí, desaparece. Os explicare cómo: en primer lugar y con la ayuda de una carretilla elevadora, desplacé el cuerpo hasta un desagüe, y dándole la inclinación adecuada, con la ayuda de una sierra radial, procedí, por así decirlo, a cortar los conductos de circulación de líquidos al objeto de, digamos, vaciarlo de los mismos sin montar una escandalera. Acto seguido le despojé de cualquier objeto metálico (anillos, hebillas, etc.) y los deposité en un recipiente con ácido clorhídrico, para borrar el ADN y volverlos irreconocibles. Después, con la misma bendita radial y buscando cortar por articulaciones y partes blandas, transformé noventaitantos kilos de gañán en media docena de manejables paquetes envueltos en resistentes sacos de plástico para residuos. Contigua a mi sección está la nave de los hornos. Son hornos de fusión para fabricar esmaltes y trabajan a temperaturas que oscilan entre los 1.450º y los 1.800º. Cualquier cosa no mineral o metálica que se introduzca en ellos desaparece literalmente. Se vaporiza. Controlando los movimientos del hornero de guardia no me fue difícil introducir uno a uno los paquetes en los hornos y verlos desaparecer en un instante. Sólo restaba rematar bien la faena: con un bidón de ácido limpié a fondo la zona de trabajo, y un buen caudal de agua se llevó a la depuradora lo que pudiera haber quedado. La sosa cáustica haría el resto. Ni el mismísimo Grissom hubiera podido encontrar ni rastro de ADN. Limpié a fondo (¡bendito ácido!) la llave y los discos de la radial y tiré al contenedor de chatarra el grumo oxidado en que se habían convertido sus pertenencias metálicas.

     Todo listo, y sin desatender mis obligaciones. El deber siempre antes que el placer. Al salir del trabajo busqué su coche por los alrededores, sin éxito. Eso me preocupó un par de días hasta que leí en la prensa que había aparecido desvalijado en una zona de prostitución low cost controlada por veteranos de guerra serbios. La Guardia Civil, que se pasó sin demasiado interés por la fábrica, era del parecer de que uno de estos simpáticos muchachos había tenido un desencuentro con mi ya ex-encargado, y lo había enviado a descansar al fondo de algún pozo.

     Hoy, cuando ha pasado ya un cierto tiempo y las aguas se han asentado, es el momento de recapitular y sacar conclusiones. Por una parte, la viuda cobró un seguro de vida sustancioso, vendió las tierras y se vino a la ciudad a pasear su luto por El Corte Inglés y el bingo del Centro Aragonés. A nosotros nos han puesto un encargado nuevo, un chaval joven y espabilado, capaz de distinguir lo que funciona y lo que no, y que sabe muy bien qué callos no tiene que pisar. Y en cuanto a mí, sigo igual: cansado y con ganas de jubilarme. Pero, mientras llega ese momento, nadie me grita ni me toca las narices más de lo estrictamente necesario, lo cual es muy, pero que muy de agradecer.

Relaciones laborales 2

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5 pensamientos en “Relaciones laborales

  1. ¡Gracias, Judith!. Ése, y desahogarme un pelin, eran los objetivos. Ahora voy a por mis yernos.

  2. Jajajajaja. Me parto. Tu lo has escrito como ficción, pero seguro que hay más.de uno por ahí que ha acabado así.

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