Envidia

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ENVIDIA

Conocí a Marcos hace algo más de un año. Acudió a mi consulta con un cuadro de ansiedad y depresión que, aunque no era grave, le imposibilitaba para concentrarse en sus tareas cotidianas y le dejaba inútil en el trabajo. Marcos era gerente de una empresa de exportación de vehículos de alta gama y su negocio destilaba glamour y riqueza. Había heredado el puesto de su padre y, por ende, también los contactos que iban desde jugadores millonarios de fútbol hasta empresarios corruptos y puteros. Su vida no se correspondía con la de un hombre de treinta y dos años. Cuando alcanzas tus objetivos tan joven, tienes que plantearte otros nuevos para no pudrirte. Y Marcos ya había alcanzado todo lo que un hombre de su estatus mental puede desear. Propietario de casas de lujo, coches y mucho dinero, se había casado y divorciado dos veces. No tenía hijos y eso le permitía seguir llevando una vida de adolescente entre la costa de Amalfi y sus múltiples posesiones en islas paradisíacas. Pero esto, usted ya lo sabe.

Como suele ocurrir en estos casos, Marcos se enamoró perdidamente de la mujer más hermosa que un bisturí haya modelado jamás. Y lo que Marcos solía comprar sin esfuerzo, dejó de ser alcanzable cuando conoció a Marie. Así es la vida, sufrimiento.

Fue en el verano de hace dos años. Marcos estaba pasando unos días en Cerdeña, atracado en su yate de lujo donde cada día era una orgía de champán y rosas y cada noche era una fiesta interminable que acababa cuando empezaba la siguiente orgía. Marcos no tenía que preocuparse ni de quién entraba ni de quién salía, ni de si quedaba comida o bebida, ni de tener ropa y zapatos nuevos, ni siquiera tenía que preocuparse por sonreír. Tenía una corte de pelotas que se ocupaban de agarrar la comisura de sus labios dibujando la sonrisa más lacónica e inmoral que pudiera describirse. Marcos estaba acostumbrado a eso, a negociar, a dejar un fajo de billetes en una mesa a cambio de unas horas de fingida felicidad. Y fue allí donde cayó fulminado por el amor no correspondido. No estaba acostumbrado a no tener lo que quería.

Aparte de todo lo descrito y para rematar la faena, Marcos tenía un físico imponente. Un pelo color dorado atusado como de forma despreocupada hacia atrás, lleno de inflexiones y veredas que daban al mar de su coronilla. Ojos siempre expectantes y risueños, de un verde doloroso y aunque nunca pude ver su torso desnudo, lo que dejaba a la vista era más que suficiente como para intuir una escultura hecha a base de horas de gimnasio privado y una dieta preparada por sus cocineros a base de pocas grasas y sabores exóticos bajos en calorías.

Marcos era perfecto para que yo le pudiera odiar. Un hombre que no se había hecho a sí mismo, sino que lo habían hecho a base de herencias y tejemanejes. Cuando apareció por mi consulta, destilaba una tristeza que olía a perfume caro y a desesperación. En el momento en que nuestros ojos se cruzaron, pude notar como la envidia regurgitaba desde mis entrañas a cada poro de mi piel. Recordé en una especie de flashback la primera vez que envidié conscientemente a mi hermana cuando era un crio y me levanté en las tinieblas de la noche a cortar su precioso pelo largo mientras dormía. Recordé cómo disfruté cuando me dijeron que mi compañero de facultad tenía un cáncer difícilmente operable. Por fin, ese tigre de bengala dejaría de pasearse con su preciosa novia delante de mí. Mis súplicas habían sido escuchadas y como nunca creí en el karma, ni en las fuerzas del universo, he estado deseando hiel podrida a cada triunfador que aparecía por mi vida. He ido adoptando la apariencia de un pez retorcido y abrumado, manejándome siempre en las sombras y deseando el mal a los extrovertidos, a los malditos capaces de pasar y ser vistos, de hablar y ser escuchados.

Durante los trece años que llevo ejerciendo como psicólogo he visto cientos de casos, algunos perdidos y otros por perder. Y siempre he deseado acompañar a los desesperados en su tránsito, en su paso a la libertad absoluta, elegida y plena.

Cuando un paciente se despoja del disfraz que lo acompaña y me muestra su esqueleto, sus ruinas viscerales, su miseria en plena ebullición, lo agarro de la mano y lo dirijo a su destino para que deje de sufrir. Tantas vidas pasando por mis manos han hecho de mí un artesano de la moral. Mi ávido y retorcido instinto se ha mantenido calmado durante años. Pero un día mi sufrimiento dejó paso a la acción. No sé exactamente si lo decidí yo o fue una ráfaga de envidia disparándome al pecho. Tomar el control remoto de millones de neuronas me han convertido en un semi-dios discreto, pero catatónico y voraz.

Con Marcos no fue diferente. En mi consulta consigo monocromatizar los destellos individuales. Aquí rigen mis leyes y nadie destaca por encima del otro más que en su destino final.

Antes de que monte en cólera quiero que sepa que la palabra “suicidio” nunca fue pronunciada durante todo el tiempo que estuve viendo a su hijo. Lo único que hice fue limpiar el sendero de matojos para que él mismo encontrase el camino. No hay nada más placentero para un envidioso que mirar a los ojos al ser envidiado y recibir un destello de su súplica.

Por eso y porque Marcos ha despertado en mí la envidia en estado puro, sin aditivos, me he tomado la libertad de hacerle partícipe del espectáculo final. No me gustan los espectadores, pero en su caso, me he tomado la molestia de invitarle al gran día que ocurrirá en el día, lugar y hora que le marco al final de la carta.

Al otro lado de la cuidad, Don Ramón llamó a su chófer sin poder hablar apenas y con el trote de su corazón a galope entre sus sienes y su boca, los ojos desbocados, su cabello mágicamente encrespado, a pesar de tantos años de tratamientos de belleza.

No cogió su chaqueta Don Ramón. Salió empujando la puerta acristalada de su despacho en la que se leía RIMBAU E HIJO S.L, voló al asiento trasero de su coche de lujo y le gritó al chófer: «¡A casa de mi hijo Marcos, deprisa. No respete los semáforos, no pare en ninguna esquina!»

En la carta ponía a las 20.00 p.m. y eran las 19.24 en su IPhone 6 Plus.

Cuando Don Ramón llegó al ático que le había regalado a su hijo Marcos por su veinticinco cumpleaños, no encontró la manera de entrar. Sin llave y desesperado, volvió a bajar al portal y entre gritos, el conserje pareció entender, según la declaración de la policía, que Don Ramón le ordenaba que le abriera, que le abriera, que le abriera la maldita puerta, que le abriera.

Esos cuatro minutos perdidos fueron cruciales. Quién sabe si Don Ramón hubiera podido evitar la visión del cuerpo de su hijo Marcos casualmente iluminada por un sol de cuadro de Sorolla, balanceándose, colgado por el cuello al compás de las campanadas de la iglesia de la esquina.

Don Ramón cayó fulminado y nada pudo hacer para que Marcos dejara de existir. Por un momento el silencio profundo e hiriente del ático de lujo reinó más allá de todas las fiestas, de todos los contratos, de todos los tejemanejes y chanchullos.

Se procedió como se procede en estos casos: policía, ambulancia, declaraciones. Al final de la partida, todas las piezas del ajedrez vuelven a la misma caja.

El conserje quedó encargado de arreglar el ático una vez hechas todas las comprobaciones. Pero el conserje no tenía muchas ganas de limpiar, ni de arreglar, ni de dejar las cosas como si no hubiera pasado nada. Justamente ese día, justo ese, no había sido un buen día tampoco para él. Así que cuando todo el mundo se marchó, se sentó en el sofá blanco de piel en el que tantas veces Marcos le había encargado una botella de champán y pensó: «Mañana me pongo con esto. Hoy tengo pereza.»

Y no hubiera pasado nada si no fuera porque el conserje y su pereza consiguieron dejar la ventana del ático abierta. Y esa noche llovió. Y la lluvia entró. Y borró la única prueba que inculpaba al psicólogo: la carta que le cayó a Don Ramón en el alféizar cuando con la mirada perdida, se acercó y gritó: “Noooooooooooooo”.

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