Libros de viajes y viajes de libro I

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Tenían los antiguos griegos un proverbio: «Vivir no es necesario; navegar, sí».

Es decir, viajar. Desplazarse, moverse, cambiar de aires. Viajar en busca de algo o de alguien, como perseguido o como perseguidor, por obligación o por simple espíritu aventurero, guiado por una determinación férrea o bien dando tumbos en manos del destino, esperando un feliz arribo o convencidos del trágico fin. Pero, viajar. Y, por supuesto, contarlo.

De los viajes, sea como excusa que como hilo conductor, han salido sin ningún género de dudas algunos de los mejores libros que se hayan escrito jamás. Un buen relato de viajes hace que, poco a poco se desdibujen las paredes de la habitación o desaparezcan los compañeros del vagón del metro de todos los días. Son uno de los mejores remedios conocidos para la monotonía y la rutina.

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Hay escritores que han hecho del relato de viajes una auténtica especialidad. No se puede empezar sin rendir un más que merecido homenaje a Julio Verne, responsable de la creación de tantos adictos a la lectura y, por supuesto, a los viajes. En mi caso, debo confesar que me enganché a ambos recorriendo Siberia a la grupa de Miguel Strogoff, huyendo de las hordas tártaras de Féofar Khan e intentando dar caza al pérfido traidor Iván Ogareff. Libros bellamente ingenuos, los de Verne, pero que permitían conocer todo el ancho mundo, el fondo del mar e incluso el cosmos antes del advenimiento del canal National Geographic. Puede que fuera la mejor manera de evadirse que encontrara aquel manso burgués que apenas salió de su casa, afectado como estaba por unas hemorroides gigantescas y muy dolorosas.

Otro fabuloso autor de libros de viajes fue el británico Robert Graves. No es que fuera muy prolífico, precisamente, pero es un narrador de historias extraordinario, vivaz, dinámico, descriptivo y, por encima de todo, asombrosamente erudito, sobre todo en lo que al mundo clásico respecta. Su mejor y más bella obra de viajes es, sin duda alguna, “El Vellocino de oro”, narración del mítico viaje de Jasón y sus compañeros en busca de la preciada reliquia.

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Robert Graves

Pero Graves no se limita a narrar el viaje. Comienza desde el propio inicio de la civilización griega, nos explica causas, consecuencias y orígenes de sus mitos, dioses y leyendas. Nos describe la vida, costumbres, vicios y virtudes de todos y cada uno de los que intervienen en la historia, ya sean dioses o héroes, reyes o espíritus, ninfas o centauros. Nos narra sus actos y sus consecuencias, nos dirige por las fabulosas naciones que pueblan las orillas del Mar Negro, y todo ello, con la habilidad para fascinar del mejor de los cuenta-cuentos o del más erudito de los profesores. Una auténtica delicia de novela y que, curiosamente, empieza y acaba en Mallorca.

Además, sus relatos sobre el mundo clásico están totalmente libres de moral judeo-cristiana, y puede pues con naturalidad presentarnos hechos como el saqueo de las ciudades, la poligamia y otras lindezas como lo más natural del mundo. Como curiosidad, decir que tuvo un principio de vida muy aventurero (fue incluso herido durante la Primera Guerra Mundial), pero que se retiró pronto a Mallorca, donde se integró, y donde vivió hasta los 90 años, sin haber pisado nunca Magaluf, todo un mérito para un súbdito de Su Real Majestad.

Joseph Conrad sí que tuvo una existencia movida, en cambio. Nacido en 1857 en la actual Ucrania, entonces Polonia ocupada por Rusia, fugado a otra parte de Ucrania, ocupada a su vez por los austrohúngaros, escapado a Londres, navegante por todo el mundo, contrabandista de armas en España durante las guerras Carlistas, se nacionalizó inglés, y en este idioma desarrolló su obra literaria. Pero, a diferencia de los autores anteriores, Conrad utiliza los viajes como vehículo a otro viaje más intenso y siempre más peligroso: el viaje al espejo que nos muestra cómo somos. Obra cumbre es “El corazón de las tinieblas”, un alucinado periplo por lo peor del alma humana, que termina de la peor manera posible: frente a un espejo que nos muestra lo que somos: el horror.

 

Llamadme Ismael… Comienza así el relato de la más enloquecida travesía por todos los mares que se haya jamás contado: “Moby Dick”. Se ha escrito mucho sobre el significado de la obsesión del capitán Ahab por la ballena que le arrancó una pierna, tesis doctorales, bibliotecas enteras…, pero al final lo que me queda es la aventura. Me quedan los arponeros salvajes, las meditaciones en la cofa, las bromas blasfemas cara a cara con la muerte… Me queda el alegre fatalismo de todos los tripulantes del Pequod, sabedores todos de su destino, y encarándolo con ejemplar y absurdo empeño. Me quedo, en resumen, con el viaje y la aventura. Estoy convencido de que todos aquellos que lo hayan leído, reconocerán que, aún a sabiendas de lo que les esperaba, hubieran embarcado igualmente en el “Pequod”. La obra maestra de Herman Melville.

 

Me gustaría citar por último un libro que relata un viaje muy especial. Se trata de “La tregua”, escrito por el italiano Primo Levy.

El autor fue un químico judío italiano, deportado a Auschwitz durante un año, tras unirse a los partisanos y ser capturado. Su más conocida obra, “Si esto es un hombre”, narra de una manera absolutamente objetiva y lúcida, y por tanto, terrible, el año que pasó en el campo de exterminio.

Primo Levy
Primo Levy

“La tregua” relata el viaje que le llevó, a través de una Europa devastada, desde la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo hasta el regreso a su Turín natal. Lo destacable, además de ser un muy buen libro, es que no plantea el viaje como un recorrido que ha de llevarle al término de una etapa devastadora de su existencia, sino como una especie de limbo, de lapso que le ha sido concedido entre el infierno que ha conocido y la obligación de acarrear ese peso durante el resto de su vida: De levantarse cada mañana, asearse, desayunar, besar a su mujer, trabajar…, con el terrible peso de haber conocido el Mal y que lo perpetran seres humanos como nosotros.

Dedicó una gran parte de su vida a contar su experiencia a los estudiantes italianos y escribió otros libros de buen nivel. A destacar “La llave de estrella” y “La tabla periódica”. En 1987 no soportó más el peso y puso fin a su vida.