Blogavulario: Megustear

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    1. MEGUSTEAR

En las redes sociales, sobre todo en Facebook, se conjuga el verbo megustear que da gusto: Yo megusteo, tú megusteas, él/ella megustea, nosotros megusteamos, vosotros megusteáis, ellos megustean. En fin, todos megusteamos, así, a lo loco, como si no hubiera o hubiese un mañana. Como si quisiéramos romper Facebook al darle a todos los megusta que se te pongan por delante.

    Megustear (v. tr. En spanglish, likear): Dícese de la acción de expresar agrado o conformidad en las redes sociales, especialmente, en Facebook. En algunos casos, sirve para indicar que, solamente, has leído la publicación (como si del doble check azul del Whatsapp se tratase) o, simplemente, que te da pereza comentarla.

     Símbolos: Me gusta (Y), :), :D, <3

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   También están los contactos que suelen megustear con maldad los estados tristes o dramáticos de sus contactos o los que megustean páginas a modo de indirecta.

    Otra práctica muy extendida en Facebook es el hecho de megustearse a sí mismo, ya sea, la foto de perfil o las propias publicaciones, en general. Como el perro o el gato que se lamen sus propios genitales.

     Recuerda que siempre hay un tiempo para todo y las publicaciones no se megustean eternamente. Así que, no te desesperes si tras 20 minutos nadie te regala un like.

   Lo contrario de megustear no existe, de momento. Así que ahora puedes desmegustear lo ya megusteado, puedes no-megustear, comentar que no te gusta, o bien, poner una carita o dibujo de dislike: :(

    Pero, FB ya ha anunciado que pronto introducirá la opción “No me gusta” y eso, probablemente, conllevará a un nuevo verbo: nomegustear o dislikear.

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Aunque, ¡ojocuidado!, el botón de “No me gusta” no será como te imaginas, porque Zuckerberg no quiere que su plataforma se convierta en un antro de malrollismo y discusiones polarizadas. Así que solo se implementará para estados y noticias tristes. Que me expliquen cómo… 😛

Pues, al final, de “no me gusta”, nada, monada. FB ha introducido nuevos botones, en fase de prueba en España e Irlanda. Su nombre es Reacciones y permiten, a parte de megustear, indicar si lo publicado te encanta, te alegra, te divierte, te asombra, te entristece o te enfada.

Preparados, listos y… ¡A reaccionar!

        ¡Me gusta!

Lujuria

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“Hoy voy con el tiempo justo. Que no se me olvide apagar el fuego a menos veinte, que con esto, ya lo tengo todo hecho”

Recuerdo perfectamente haber dicho esto en voz alta. Pero, para ser sincera, tengo ciertas dudas de si lo dije o lo pensé. Déjeme recordar…

¿Cómo se me iba a olvidar? Soy una mujer responsable, madre amorosa y respetada tía de familia. Me he labrado un estatus profesional, digno de cualquier ministra del PP, todo apariencia; a pesar de ciertas lagunas intelectuales. Tengo ropa cara y dos pares de Louboutin. Suelo irme todos los años de vacaciones quince días con mis amigas, que son lo más las tres. No debo mi casa al banco y, por las noches, duermo a pierna suelta. Mis pastillitas ayudan, desde luego. Pero voy reduciendo la dosis y ya sólo tomo una por noche.

El único pero, si es que puedo definirlo así, es mi ex. Mi amado ex. Mi adorado ex. Mi indispensable ex. Hace seis años que nos divorciamos. Yo preferí divorciarme, porque lo de separarnos no me parece cool. Si una decide acabar de querer a alguien, debe hacerlo con todas las consecuencias, pero con un cuidado exquisito, pendiente siempre de cada una de las cláusulas del contrato.

Decía que era el único pero y el motivo es que, por su culpa, sufro una adicción incontrolable, irresistible e indispensable. Un vicio que no puedo revelar en público y casi ni en privado. La única cosa que hacía que deseara salir corriendo de cualquier reunión por muy divertida que fuera, de terminar cualquier cena con las amigas, por muy entretenida que estuviera, de despertarme en mitad de un sueño, por muy erótico que pareciera, era el rabo de mi ex. Perdón, quizás estoy siendo muy explícita. Quizás podría decir que su piel me contagiaba deseo, que sus labios eran los únicos que podían hacerme gritar, que su olor me nublaba el sentido. Podría decir todo esto, porque todo sería verdad. Pero lo que me llevó prácticamente a la locura fue su polla. Su forma, adaptada anatómicamente a mí; su tamaño, perfectamente diseñado para complacerme; su manera de crecer dentro de mi boca, casi de manera imperceptible, tan abrupta y desesperada al final. Ese aparato de mi ex me hizo entrar en un mundo de pasiones desmedidas, que me ha convertido en lo que soy.

Pero, disculpe, me estoy yendo por las ramas. Quiero centrarme. Debo centrarme.

El jueves pasado llegué a casa con palpitaciones. A decir verdad, llevaba con palpitaciones varios días. Todo empezó a raíz de mi coqueteo con esas páginas de internet que anuncian el amor verdadero, la cita definitiva, el compañero ideal. Reconozco que, al principio, era un poco reacia a estas cosas. Pero después de unos años con tanta sequía sexual, me pareció un opción divertida y anónima. Por supuesto, no pensaba utilizar fotos reales, faltaría más. Tengo una reputación y antes muerta que desesperada.

Conozco el mundo intangible y tentador de la red, porque trabajo en él. Pero jamás pensé que pudiera llevarme a esta callejuela sin salida, a este tormento carnal y desbocado. Empecé tonteando algunas noches, contestando mensajes de hombres que estaban desesperados por follar. Estaba realmente horrorizada con tanto capullo, tanto feo, tanto inculto.

Al principio contestaba casi todos los mensajes. Con el tiempo empecé a filtrarlos. Primero por foto. Después por faltas de ortografía. Y, por último, por cómo se manejaban en la seducción. De esta manera me quedaba con muy pocas opciones. A ver, no es que yo sea Brigitte Bardot, pero un poco de amor propio aún tengo. Y no puedo con las fotos esas horrorosas de gente de mi edad que parece que tenga veinte años más. Ni con siete faltas de ortografía en la misma línea. El caso es que tuve que empezar a abrir la horquilla si quería encontrar a alguien con quién quedar alguna noche.
Un día me armé de valor y, después de varios días hablando con un señor de Murcia que parecía agradable y sólo tenía faltas de vez en cuando, me decidí a quedar con él. Honestamente, este señor me ponía muy cachonda de una forma nueva para mí, a través de las palabras y sin ningún contacto físico. Yo sabía que no iba a encontrar nada parecido a mi ex en la cama. O, al menos, eso creía.

La noche de autos fui sin demasiada esperanza al encuentro. La ausencia de sexo en mi vida después de tantos años de orgasmos interminables y placenteros, me estaba convirtiendo en una especie de mantis religiosa en la sombra. Odiaba secretamente a todas las parejas que quedaban el día de los enamorados y, en secreto, planeaba quitarles el novio a todas, demostrando así, que los hombres son lo que son y que yo había nacido para desenmascararles. Pero al llegar al bar de la cita, me encontré que el señor de Murcia era mucho más mono de lo que parecía en la foto. Olía muy bien, y, lo mejor de todo, mostraba un imponente paquete que se intuía majestuoso debajo del pantalón.

Duramos dos gin-tonic allí. Al empezar el tercero dejé de responder de mis actos. Me metió mano tan descaradamente que noté cómo se dilataban mis pupilas y mis genitales. Después del primer beso, todo se agolpaba en mi cabeza. Salir corriendo del bar, llegar a un hotel, arrancarnos la ropa y estar follando hasta que se hizo de día.

A partir de aquí, he entrado en una especie de bucle interminable de pollas y citas. Todas me parecen bien. He bajado tanto el nivel, que la única falta de ortografía que no tolero es Ola sin “h” en el hipotético caso de que no me estuvieran saludando y me estuvieran dando el parte meteorológico. Voy como un potro desbocado conectándome en cada rincón, desatiendo mi trabajo cuando recibo un Whatsapp, encerrándome en baños públicos para tocarme. El deseo se ha apoderado de mi voluntad y me ha engullido sin compasión. Me he hecho experta en mentir a mi familia y siempre encuentro excusas para desaparecer por las noches; volviendo, como una vampiresa, con la boca manchada de sangre y saciada, al cabo de unas horas.

Mis palpitaciones empezaron entonces. Cada cita era más breve y más intensa. Y con menos tiempo entre ellas. Iba como una yonqui enganchada a la red, buscando mensajes, buscando feos con pollas, buscando mi ración de sexo.

El jueves fingí un tremendo dolor de cabeza para poder marcharme del trabajo. De camino a casa, el clítoris me latía como si el corazón se hubiese desplazado allí. Estaba empezando dos historias que me tenían loca y, no aguantaba tanto ardor fuera de casa. Necesitaba desahogarme y, por eso, llegué antes de lo previsto, puse el cocido al fuego y me entregué al arte del sexo cibernético que era lo único que conseguía saciarme entre semana.

Lo demás ya lo sabe usted, doctor. Se me olvidó apagar el fuego, porque el mío era más intenso. Y quemé mi casa.

Venir a terapia puede ayudarme pero, lo que realmente me está descolocando ahora mismo, permítame que se lo diga, doctor, es que no le he visto tomar notas en toda la sesión. Espero no estar aburriéndole demasiado.

-¿Doctor?

El Dr. Muñoz levantó sus ojos del boli que había estado manoseando durante la hora que duró la consulta y, por un momento, miró fijamente hacia donde me encontraba. Juraría que sus ojos eran verdes, pero un destello los convirtió en negros de un plumazo. Me asusté.

– “Debemos seguir con la terapia”, fue lo único que me dijo.

Le pagué y me fui.

Al salir de la consulta, el doctor anotó en su libreta:

“Imposible seguir neutral. Necesito vivir esta nueva vida. Muero de envidia.”

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